viernes, mayo 14, 2004

CARNE DE GALLINERO (Una fábula compuesta por Francisco J. Lauriño en un instante de lucidez)

CARNE DE GALLINERO (Una fábula compuesta por Francisco J. Lauriño en un instante de lucidez)


Llegaron los jíbaros y desataron la tontería. Era casi imposible que no nos diéramos cuenta, porque, entre otras cosas, alguien se dedicaba a freír sardinas salonas y el olor inconfundible se extendía por toda la calle. A los jíbaros siempre les habían gustado las sardinas salonas y ninguno de ellos habría renunciado jamás a su manjar favorito. Más aún, no habrían consentido que nadie se las arrebatara.

Pero no eran los jíbaros quienes nos importaban. Sabíamos que por propia definición no podrían con nosotros, ni lo iban a intentar siquiera. La preocupación mayor nos la ofrecían el Gran Devorador de Pollos de Corral y sus Secuaces Matineros; se dedicaban a deglutir tantos pollos como podían y luego le hacían sacrificios al dios de las tabernas sorbiendo ingentes cantidades de alcohol. Casi todos los días acababa sorprendiéndolos la madrugada y terminaban en casa del Gran Devorador desplumando y fagocitando alguna patosa ave de gallinero. Así que, como no queríamos caernos con todo el equipo, nosotros, avezados a una gastronomía mucho más completa, decidimos ignorarlos.

Sin embargo, Pitita, que tenía el día malo, decidió irse con ellos. Yo le advertí que podía caer en las redes del Gran Devorador y que corría el peligro de verse convertida en comedora de pollos a su vez. Pero no me hizo ningún caso. Puede que estuviera harta de mí. Y, además, ya no le gustaba mi fabada. Así que se fue y nosotros nos quedamos boquiabiertos cuando la descubrimos, al llegar la madrugada, sentada en una banqueta, acodada en la barra, bebiendo café y observando atentamente al Gran Devorador de Pollos. Cuando los dos se fueron a su casa ya lo di todo por perdido. Se estaba condenando, a menos que rebobinara y se diera cuenta.

Pasaron las semanas y ninguno de los dos salía del piso. El suministro de pollos para nuestra localidad menguaba de manera ostensible porque casi todos iban a parar a la morada de aquel elemento que, en vez de pelo -yo le vi un día asomado a la ventana-, estaba empezando a cosechar una estupenda capa plumífera. Incluso, al observarle con interés, se me había ocurrido pensar que le estaba creciendo una horrorosa, ridícula y escarlata cresta encima de la frente, justo entre las cejas.

Después de un par de meses de orgía polleril se recibió una llamada en el cuartel de los bomberos. Un vecino del Gran Devorador los alertaba de que el portal estaba lleno de plumas, de la vivienda salían plumas por todas las ventanas y el olor empezaba a ser insoportable. Incluso alguien los denunció por practicar ritos extraños en la tarde con aquellos animales que ningún daño les habían hecho.

Cuando los bomberos echaron la puerta abajo se encontraron con un panorama desolador. El Gran Devorador yacía en el suelo, con una enorme cresta colgándole sobre las narices, semiconsciente y cacareando. Pitita lloraba en un rincón y repetía sin cesar que no era culpa suya y que había intentado reanimarle, pero sin resultado. Un bombero le hizo la respiración artificial y se lo llevaron al hospital en una ambulancia.

A Pitita la admitimos de nuevo en el grupo, pero ella seguía sosteniendo que aunque no estaba del todo bien comer tanto pollo, había sido una experiencia maravillosa.

De los jíbaros nunca más se supo.



FRANCISCO J. LAURIÑO

1 Comments:

At 8:48 p. m., Blogger Casimiro said...

Creo que debes cambiar el final por algo parecido a esto:"A Pitita la volvimos a admitir en el grupo, porque ella sostenía que estaba muy bien comer tanta polla,y que había sido una experiencia maravillosa."

 

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