martes, mayo 11, 2004

EL BAR (Una escena incompleta, por Francisco J. Lauriño)


A Pablo Antón Marín Estrada

Eran las siete de la tarde. Hacía algo de frío y ya no estaba el tiempo para pasear. Había que inventarse algo para pasar el resto de la tarde. Pocos inventos cabían en aquellos tiempos grises e indeterminados. Estaba empezando a oscurecer y no procedían remilgos extraños. Estaba obligado a ver fenecer la tarde en cualquier bar.

Así que entré. Empujé la vieja puerta y entré. El bar era alargado. Parecía una galería, un corredor largo, estrecho y lleno de botellas. La barra lo recorría todo y daba la sensación de no acabarse nunca. El camarero era bajete y gordo. Tenía la cara comida por la viruela y gastaba gafas gruesas y verdosas. Tenía los ojos pequeños y barba de dos días. No daba confianza. Me entró cierto respeto.

A la derecha del corredor estaba la barra. A la izquierda una línea insegura de vetustas mesas no invitaba a sentarse en el frío que se sentía.

Dije “amén” entredientes y, pese a todo, me senté donde nadie me había invitado. El feo camarero gordo y gafudo se acercó a mí.

Al principio pensé que era homosexual. Y que quería invitarme al sexo, hacérselo conmigo. Pero creo que me equivoqué. No sé si sería homosexual, pero estaba claro que, aunque lo fuese, no quería hacérselo conmigo.

- ¿Qué va ser?

- Chupito “Ballentines” con una piedra yelo.

- ¿En vaso tubo?

- En vaso tubo.

Me lo trajo enseguida y le di un buen trago después de agitarlo un poquitín para que el yelo se derritiese. Estaba bueno el “Ballentines”. Escocés que se puede beber. No me desagrada. Había estado tentado de pedir coñá, pero me dio corte. Es cosa de paisanos, no de melenudos como yo.

Encendí un “Lucky” y le pegué una buena calada. La máquina marcaba 260 y le había metido 300. Me dio el paquete y me devolvió 25. Es decir, me había cobrado 275, luego era una mentirosa. La odié.

No había nadie, al entrar, en el bar.

A los pocos minutos entraron cuatro tíos fornidos y feos como ellos solos. Eran morenos y conocían al gordo de la barra. Parecían no tener perjuicios ni prejuicios. Y yo, casi, ni me fijé en ellos.

Pasaron los minutos y mi whisky se acababa.

Pedí el segundo y el gordito de la barra me lo sirvió con una sonrisa burlona. ¿Qué coño le pasaría? No acertaría a darme cuenta hasta mucho después.

Bebí con gusto. El escocés entraba bien y se dejaba beber, fresco, con aquella piedra de yelo que, en realidad, era mucho mayor de lo que yo habría deseado.

Luego entraron unos con aspecto de macarras.

Pidieron fuego para encender los tres puros que llevaban. El de la barra se lo facilitó de inmediato. Se puso serio. Eran clientes habituales, y le dominaban bastante.

Los minutos iban pasando. Cada vez había más gente, una gente extraña, que parecía de un mundo extraño, de un mundo que no era el mío. De un tiempo por venir, de un futuro imperfecto, quizás de subjuntivo.
Haría un par de horas que había llegado y ya me abstraía en mi cuarto o quinto whisky. Hasta que me di cuenta.

Tenían sus vasos de tubo mediados, llenos, semivacíos. Se relamían al gusto del brebaje. Les gustaba, estaba claro.

Pero había algo que no encajaba bien:

Todos los vasos estaban llenos de agua. De agua mineral. Con gas.


FRANCISCO J. LAURIÑO