lunes, mayo 10, 2004

SU CRIMEN (Un relato de Francisco J. Lauriño)


Catalina subió la persiana y miró al mar. Las olas se rompían en espuma y la playa estaba vacía, pero llena de luz. Una claridad amarilla y azulada conformaba el horizonte. Respiró con fuerza, como queriendo absorber la mañana en sus pulmones, y se rascó el sobaco derecho bostezando después. Aquel hombre que reposaba en la cama estaba muerto y, probablemente, ella no podría justificarse, ni justificarle. Se había pasado toda la noche al pie del cadáver, conjeturando qué hacer, pensando en la zozobra del siguiente día, que ahora mismo comenzaba. Ni antes ni ahora tenía ideas claras, aunque sí sabía que era una situación temporal que habría de resolverse sin dilación.

Catalina ejercía la prostitución en un bar de carretera. El sexo no le producía escrúpulos, pero no la ejercía por eso. Había que tener dinero porque las mujeres como ella, de buen ver y saber discreto, necesitan alimento físico y alimento para la vanidad personal.

El septuagenario había llegado al bar hacia las nueve de la noche, escapado quién sabe de qué manos autoritarias. Él solo quería un poco de juventud. Sus arrugas y su carga de años no le harían olvidar la pulcritud de sus sueños más antiguos. Y si entonces hubiera llegado a conocer las circunstancias de su cercana muerte se habría alegrado enormemente. Los diez minutos que pudo yacer con Catalina fueron para él la evidencia de su ya arraigada poquedumbre. Se notó caduco, falto de todo. Y también constató que esa juventud era imposible de retener y que volaba cada vez más lejos de sus huesos quemados, de sus músculos marchitos.

Ciego de pasión e impotente con su vejez a cuestas, fue precisamente el músculo más vital el que más marchito se vino a manifestar, y cuando su pene, poco a poco blandamente hinchado, se introdujo por fin en la vellosa vagina de la dama de pago, falló y la fibrilación ventricular se transformó en el paro cardíaco que le costó la vida.

Catalina se sacó de los pliegues de la vulva aquel órgano rosado y viejo que ya no iba a palpitar jamás y no supo qué hacer. Se lavó, como para quitarse del cuerpo el miasma de difunto, fumó muchos cigarrillos y se bebió media botella de whisky, pero no se atrevió a abrir la puerta del cuarto y bajar a la salita oscura y llena de humo que hacía las veces de bar.

Ella sabía que su presencia en aquella muerte era, por necesidad, fortuita, pero un más allá de las cosas y un alter ego poco conocido querían hacerla medianamente culpable. Habían pasado ya muchos hombres por su cama de pago. Y muchos también serían los que, a diario, pasaban por camas como aquella, en compañía de las que ejercían su misma profesión. Pero tocarle a ella la china, ¡joder, qué dificultad! Se había quedado sin uñas a fuerza de morder. Y cuando miraba a la cara del hombre se le ponía un escalofrío veloz espina dorsal arriba. Parecía dormido, pero los labios estaban demasiado apretados y un poco lívidos. Después de salir el sol decidió taparle el rostro y ponerse a tararear una canción. Era cosa de minutos, de horas quizás, que Manolo, el camarero, subiese a ver si todo había ido bien, después de una sesión tan prolongada. Temía ese instante y lo ansiaba a la vez. Pero sus manos no podían dejar de moverse y estaba empezando a sudar.

*** *** ***

El juez los condenó, a ella, al propietario y al camarero, a cuatro años de cárcel por ejercer la prostitución. Su abogado iba a recurrir. Pero para ella, que nunca había habido justicia, ni tampoco oportunidades para dedicarse a otra cosa, para ella que solo quería vivir y dejar vivir a los demás, para ella, carne espumosa de hombres sedientos a las tantas de la noche, lejana de formalismos, para ella la sociedad y sus leyes habían diseñado el fatídico sueño que habría de venir después.

Al salir de la Audiencia se preguntó qué había hecho, cuál era su crimen y porqué no condenaban al muerto que, al fin y al cabo, era el culpable de todo.

Y, pensando así, se dejó llevar calle abajo, y quiso morir, pero tampoco fue capaz.

FRANCISCO J. LAURIÑO