miércoles, junio 30, 2004

ARS POETICA 1993 DE FRANCISCO J. LAURIÑO



Me encontraba yo ante el folio en blanco cuando se me ocurrió -ahora que está tan poco de moda- tomar de la estantería que me contempla frente al escritorio un libro de Lenin -editado en Cuba, además-. Allí, y sin proponérmelo, me encontré con una metáfora y con una apostilla por el uso de esa metáfora. Lo que se desprenda de las declaraciones de literatura dirigida preconizada por Lenin es harina de otro costal y no es momento éste para tratar del tema.

La metáfora: “La literatura debe ser (…) ‘rueda y tornillo’ de un solo y gran mecanismo (…), puesto en movimiento por la vanguardia consciente de toda la clase obrera”.

La apostilla: “’Toda comparación cojea’, dice un proverbio alemán. También cojea mi comparación de la literatura con un tornillo y de un movimiento vivo con un mecanismo. Hasta saldrán por ahí, tal vez, intelectuales histéricos que armen alboroto a propósito de esta comparación, de la cual dirán que degrada, entorpece y ‘burocratiza’ la libre lucha ideológica, la libertad de crítica, la libertad de creación literaria, etc., etc. (…) Sin duda, la labor literaria es la que menos se presta a la igualación mecánica, a la nivelación, al dominio de la mayoría sobre la minoría. Sin duda, en esta labor es absolutamente necesario asegurar mayor campo a la iniciativa personal, a las inclinaciones individuales, al pensamiento y a la imaginación, a la forma y al contenido. Todo esto es indudable, pero sólo demuestra que la función literaria del Partido del proletariado no puede ser identificada mecánicamente con sus demás funciones.”

Hasta aquí Lenin. Lo que a mí me interesa (a pesar de que reconozco la extensión de la cita) es la forma -o la manera, que no quiero abundar en tecnicismos-, la forma en sí, tanto de la metáfora como de la apostilla. “Rueda y tornillo”, engranaje. Mecanismo. Labor humana, artificio humano, con una técnica y con unos desarrollos, con una fuerza impulsora que podría ser la creatividad. Y, desde luego, y siempre, con unos resultados.

Cuando un escritor se muestra ante los demás, ante la realidad, sus desnudeces -que suelen ser múltiples- lo dejan desvalido y en ese desvalimiento es, precisamente, en el que nosotros aparecemos, integrando movimientos, actos, congresos, charlas, revistas, asociaciones, suplementos de periódicos… Que son, a la vez, una salida, un ponerse a tiro de los demás, de los que no son escritores, de los que contemplan la realidad no como susceptible de ser novelada, poetizada, literaturizada, sino como el devenir de lo cotidiano hasta el fin de los días, sin más.

Hace tiempo, cuando las Casas de la Cultura de Sama y de La Felguera no olían a pintura recién echada también hacíamos “actos literarios” (muy entretenidos). También éramos acólitos de nuestra preciada religión. Porque entre las personas siempre ha habido quienes se exponen o exponen sus productos -artísticos- ante los demás, con ese afán exhibicionista que debe caracterizar a todo buen artista.

Y seguramente que esta actividad no cesará cuando nos hayamos hecho viejos. Y todavía después de nuestra muerte habrá quien siga haciendo lo propio a costa, ya entonces como empieza a ocurrirnos ahora, de que le tilden de atrasado por no usar demasiado el cerebro electrónico. Pero es que la realidad, es decir, esos “los demás” de los que vengo hablando, casi siempre han sido la dulce traba que se nos opone. Sin ellos, sin ella, no existiríamos, no obstante su crueldad y el que castiguen a quien abunda en excentricidades, en visiones de las cosas que se salen de lo corriente. Toda literatura, incluida la realista, estará siempre basada en la “personalidad inalienable del artista que crea”, idea que tomo de Juan Luis Alborg en su “Introducción” al tomo I de la Historia de la Literatura Española.

Si Vds. escriben y no están demasiado encerrados en sí mismos, en sus cenáculos literarios, si conocen personas y tienen amigos dentro de esa dulce y cruel realidad, distinta a las tertulias, a los congresos, a las facultades de letras y a los libros, incluso si conocen a personas que no leen, sabrán perfectamente lo que es que le tilden a uno de loco o incluso de inútil y de vago. La última vez que hablé con un adolescente, que no lee -salvo periódicos deportivos-, haciendo alusión a mi condición profesional de funcionario, pero sobre todo, a mi pose de autor de líneas escritas, me llamó “parásito”. ¿No les suena? ¿No se lo han llamado a Vds. alguna vez? Coexistamos con ellos, pero no perdamos la línea conductora -Vds. tómenlo como gusten, pero a mí me lo quiero aplicar decididamente- de la agudeza vital, de la revolución literaria. Si el concepto de vanguardia todavía no ha perdido su vigencia -y yo creo que no, porque es el movimiento por excelencia del siglo que nos ha tocado en suerte- seamos entonces vanguardistas, seamos revolucionarios.

Y pensemos que, pese a quien pese, la realidad también, y sobre todo, es nuestra; que la literatura es la actividad más entretenida en esta caduca sociedad televisual de monos de poco pelo.



(C) FRANCISCO J. LAURIÑO, 1993.

1 Comments:

At 9:44 p. m., Blogger Roberto Iza Valdes said...

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