martes, junio 15, 2004

LA RABIA (una ficción social por Francisco J. Lauriño)



Nunca leí a Cernuda. Pero esta rabia que siento, nadie mejor que él la supo expresar, bien que motivada por una chispa distinta.

A la humanidad le sobra la cabeza que no tiene; ése es el deseo que lleva a querer cortársela. Vil cucaracha, merece que la aplasten por consentir, como un todo, tanto mal que nos ahoga. Se me ha echado encima todo el aparato, todo el sistema. Ayer me quedé en la calle, casi casi con lo puesto. Cuarenta y pico años, trabajador, mendigo de labor con que mantener a los míos. Ayer el mundo se me vino encima. Nunca sospeché que iba a ser así. Ni toda la humillación. Ni la rabia. Y si no les entendía era porque hay cosas que solo se llegan a saber “después”.

Vendo mis fuerzas al mejor postor. Durante toda mi vida soy mano de obra, de sus obras. Ahora sé que no soy nada para ellos. Y que, si me muero, siempre habrá otros. Más todavía: ahora incluso les he sobrado.

Esto que me resbala por la mejilla izquierda debe de ser una lágrima. Tengo que enjuagármela -no es pena, ni temor tampoco: es rabia, mucha rabia-; debo secármela y aparentar que todo va a seguir bien y que conservo la calma. Hay que razonar. Desencajarse solo serviría para ponerles sobre aviso.

Sin embargo estas cosas que me pasan por la cabeza no las reconozco. Nunca deseé matar a nadie -quizás habré sido cándido-. Siempre me conformé con aquello que me daban. Para mí todo estuvo bien hecho. Y si unas veces perdía algo mío, me sacrificaba un poco más y, sin rechistar, acudía al tajo, incluso cuando los compañeros decían que estaba mal visto, y me insultaban, algunos, por ello.

Pero ahora, ahora es distinto. Ahora lo perdido es todo, o poco menos que todo. Habría que castigarles no votando (¡no!, ¿qué digo?: eso sería muy poco; he de buscar más allá). ¿A dónde me llevará, entonces, esta rabia que padezco?

Tampoco leí nunca a Marx. Ni me suena de nada el nombre de Lenin, ni el de Antonio Gramsci. El nombre de intelectuales inconformistas, como Pasolini, me es desconocido: ni de las carteleras del cine de hace algunos años lo recuerdo (nunca me fijaba en el nombre de los directores, tan solo en los dibujos y en las fotos).

Pero la consecuencia medida de esta rabia que siento nadie mejor que ellos la ha sabido expresar. E, incluso, buscarle soluciones. La solución de la chispa.

No sé qué significa “movimiento obrero”. “Lucha de clases” es para mí algo que oí una vez en un coloquio entre canal y canal.

A la humanidad (debería hablar de clases, humanidad no es el término adecuado) le falta el coraje que necesita. ¿Ya no hay “vanguardias obreras” -¿eso: qué es?-? El aparato, el sistema, tienen que ser perecederos. ¿Es que acaso no lo soy yo mismo?

Nuestro motor ha de ser nuestro triunfo. Permitidme una pequeña confesión: quiero dejar de estar tan solo. Haré todo lo que esté en mi mano. ¿Sabéis? Es que, ahora de verdad, sí que no me queda nada, nada, qué perder.


Francisco J. Lauriño (C) 1996