viernes, junio 11, 2004

MELÓMANO (un relato de Francisco J. Lauriño)



Así como el tiempo se nutre de nosotros, así mismo, nosotros podríamos nutrirnos de él. Oíd, si no, la historia de mi amigo.

Mariano Muñoz era un apasionado de la música. Sus dos ídolos eran Bdrich Smetana y Jean Sibelius. Los nacionalismos musicales, Falla y Saint Saëns incluidos, estaban para él muy por encima de los nacionalismos políticos; le interesaba la emoción, la vibración, no el contenido en sí. Los cuartetos de cuerda de Smetana eran la quintaesencia de la música de aquel checo divino a quien la sífilis desterró para siempre de este mundo. Pero el gran complemento, sin el que no serían nada, porque todo lo que es lo es precisamente por ser susceptible de comparación e interrelación, ese gran complemento eran los poemas sinfónicos de Sibelius, en especial “El Cisne de Tuonela” y la suite “Finlandia”.

Su pasión era tal que, centrada la atención en estas pocas piezas, se pasaba días enteros -incluidas sus noches, en que se valía de un par de auriculares- escuchándolas. Hubo un momento en que su “vicio” le hizo pedir la excedencia en el trabajo. Comenzó a tener problemas en casa y, nosotros, sus amigos, le fuimos dando la espalda. La afición se había trocado en obsesión y su personalidad se transformaba con el paso de los días y de las noches.

Dejé de verle y todo el contacto se perdió. Era una clase de locura tal que huimos de él sin saber muy bien el porqué. Pero muchos años después, en una visita que hice a mi ciudad natal, quiso el destino que me encontrase con mi antiguo amigo “melómano” en la plaza de La Salve. Estaba esperando un autobús para ir a la capital, “al médico”, me dijo después.

Al reconocernos, más canas entre el pelo, los hombros un poco más caídos y la piel más arrugada y reseca, nos saludamos calurosamente. Yo no quería tocar el tema que, pensaba, fuera en otro tiempo la desdicha de Mariano. Pero fue él quien comenzó:

- Aquellos mágicos compases me arrebataban. No sabía el porqué. Poco a poco fui descubriendo que la música es la expresión material del tiempo, que trata de inundarnos con su armonía. Si nos dejamos atrapar manifiesta claramente toda su crueldad. Y ese tiempo manifestado acaba tratando de devorarnos. Eso fue lo que me ocurrió. Lo que os podría ocurrir a cualquiera de vosotros. Pero yo he sido más sagaz que el tiempo. Y le he devorado a él.

Medité mucho sobre aquellas palabras, que me inquietaron, y traté de comprobar que nada de malo puede haber en los sonidos que llamamos música.

Pero, a veces, por las noches, cuando enciendo el compact disc para escuchar a Smetana y a Sibelius -algunas veces a Falla o a Saint Saëns-, siento que hay algo que me arrastra a la perdición, y ahora sé que tengo que acabar con ellos -que son la materia en que se manifiesta el tiempo- para que éste no se nutra también de mí. He de devorarle, pero no alcanzo al éter en que las notas se disuelven y del que vuelven después con fuerza para atormentarme, cada vez con más pasión, hasta el fin de mis días.



Francisco J. Lauriño (c) 1996