jueves, junio 17, 2004

"PISTOLERO"



“Yo le maté. Soy un asesino, pero nunca me condenarán, estoy seguro. Los jueces son para mí mansas palabras que deshacen mi delito, que lo restringen hasta, en palabras también, hacerlo desaparecer por completo. Si yo maté lo hice para asombrar al mundo con la violencia canora de mi valor para traer lo que desde muy antiguo está reservado a los dioses exclusivamente. Mi yo forma parte del engranaje de esta estúpida máquina, soy consciente de ello; pero mis defensas naturales son directamente proporcionales al arrojo instintivo -asesino- que yo demuestre para con algunos de mis iguales a quienes odio. Precisamente porque son piezas también, pero piezas cuyo funcionar obstaculiza el mío. Me han reprochado algunos que mi lucha debería de ser contra la máquina, para así cambiar, arreglar las cosas y poder seguir siendo. Son unos ingenuos. No me sirven sus teorías, sus igualdades metafísicas y materiales. Yo sé que mi poder reside tan solo en la destrucción, en la capacidad que yo demuestre para destruirles. Y eso nadie lo remediará jamás. Hasta tal punto que he podido engañar a mis jueces. O quizás han sido ellos quienes se han engañado a sí mismos. A mí me es igual. Porque lo realmente importante es que la libertad -la Libertad, o sea, Mi libertad- sale triunfante. Así yo soy quien triunfa también, mi yo, mi ego, mis pensamientos, y quienes piensan como yo. Yo -que a la vez soy mis propiedades- valgo más que todo, estoy por encima de la vida, de la muerte, de los dioses, de mí mismo, incluso. Lo contrario sería negar la evidencia. Quienes crean que soy un probo ciudadano, un buen hombre que se dedica a sus cosas, a sus rutinarios quehaceres de cada día, se equivocan de parte a parte. Porque ese es mi disfraz. Es muy cierto. Es nuestro disfraz.

“Hay quienes, dentro de esa evidencia, lo han apreciado claramente. Esos son los que me odian, los que piden mi pena, mi padecimiento. Lo cierto es que tienen razón, lo que no significa que las cosas vayan a cambiar. Todo el mundo sabe que solo triunfan -triunfamos- los fuertes, los duros, los valientes…

“Recuerdo ciertas historias que me hicieron, siendo yo muy joven, ver la realidad mucho más claramente, que me ayudaron mucho. Eran, generalmente, la ley de la pistola, la ley del más fuerte. El arma y el paraíso. Ese sería, desde entonces, mi dios. No me dolió nada comprobarlo y, más adelante, lo agradecí sin limitaciones. Hubo quien al exponerle mis ideas se sonrojó de vergüenza o de ira y me dijo cosas insultantes (igual que ahora los que han comprendido quien soy yo de veras), pero eso me dio más coraje, más fuerza, más valor. Esos serían mis senderos futuros, mi vida, mis ilusiones. Puesto que yo nunca he tenido una imaginación muy fértil tenía que recurrir a la imaginación de los demás para saber lo que podría sucederme. Les preguntaba y el que más, el que menos, todos me decían algo, subrayando siempre sus alocuciones con la frase hecha, tópico repetido, ‘tú estás loco’, benévolamente, por supuesto. Pero no, yo no estoy loco. La prueba es que no soy yo quien escribe estos secretos. Yo nunca escribiría estas cosas, porque ni sé ni puedo ni debo. Alguien que me ha descubierto lo ha hecho por mí. Y si yo mismo lo hubiera hecho no desbarraría sobre fríos y absurdos arrepentimientos porque eso no va conmigo.

“Es muy probable que nunca más vuelva a repetirse un hecho semejante al que he dado forma con mi sublime capacidad -el asesinato-. Que la máquina no me permita volver a hacer algo así. Lo sé. Y eso me acongoja ciertamente porque toda mi teoría se queda en pobre cerebralismo roto que ni yo mismo he plasmado en el papel. Esto mismo es lo que me ha dado orgullo ante lo hecho, fe en mí mismo, saber estar en todos los momentos. Nadie podrá jamás tacharme de cobarde, porque yo soy, sobre todas las cosas de este mundo, un valiente. ¿Quién como yo se atrevería a matar así, con tanto heroísmo? Trasciendo del Todo y de la Nada, y lo sé; trasciendo de la simple provocación. Yo no soy un provocador. Mis motivaciones y mis actitudes llevan otros caminos. Yo soy un soldado, el único soldado del ejército de mi personal integridad moral y de la física de mis bienes materiales. Llamarme provocador, por eso mismo, resulta, cuando menos, vulgar. Lo mío es cimero, es de cumbre, es majestuoso. Estoy por encima de convencionalismos absurdos. Mi yo no los toleraría porque sería dejarse atrapar. Y a mí la vida no puede atraparme. Es así. Ni los hombres tampoco. Tan sólo mi firmeza en lo que pienso.

“Unos me acusaban -justamente, porque todas las acusaciones eran ciertas-, otros me defendían, otros me miraban con lo que ellos mismos llaman ‘imparcialidad’, ‘objetividad’ -jueces-. Al final los imparciales dieron mi solución: la Mía, la que a los ojos de la objetividad resultaría, si la objetividad lo fuese de veras, falsa, más falsa que Judas. He dicho que todas las acusaciones eran ciertas. La cuestión es que ellos, los acusadores, las enjuiciaban como negativas, y yo como positivas. Naturalmente que esto nunca lo he dicho ni lo diré jamás. Ya he advertido que ni siquiera este texto me pertenece por más que la primera persona así parezca demostrarlo. Más aún, no sólo no me pertenece: lo más probable es que ni siquiera exista. Porque si existiera sería insultante y yo hasta podría demandar al autor. Ya digo que siempre negaré, negaré y negaré. No necesito arrepentirme, ni confesar tampoco. Estoy más allá del bien y del mal. Más allá del infinito, de la existencia, de la materia y de la forma. De la virtud; de la culpa, del pecado.

“Un Smith And Wesson del especial es poca cosa. Se lleva bien y se maneja mejor. Cabe en cualquier parte. Me gustaría que todos los que son como yo llevaran uno encima. No se arrepentirían jamás. Llevarían hasta el fin su instinto de matar. Se realizarían como personas, como animales. Verían abrirse la rosa de su placer ante la mirada atónita del dolor ajeno. Asistirían a un baile de máscaras, de fiebre, de sangre, de penas y de rabia de aquellos a quienes más odian en este mundo. Harían, en suma, lo que yo, y después se sentirían, podrían sentirse por fin, hombres, hombres de verdad y no marionetas afeminadas. Un revólver da la vida a quien lo porta a costa de las lágrimas o de la muerte en el prójimo impuro. Y no es defensa, es algo más, un cosquilleo que sube por la espina dorsal y que desemboca en el cerebro, esa rápida y maravillosa sensación orgásmica de quitarle la vida a un indeseable que ha tratado de hacer frente a los valores que tu privada propiedad representa. Sí, fue como un gigantesco orgasmo que se prolongó durante todo el juicio y que todavía ahora me hace entornar los ojos por el placer que siento. Y todo gracias a mi Smith And Wesson del especial. ¡Qué feliz soy!

“Y no se me puede acusar de nada malo. Las calles de la ciudad son tan mías como antes. Y vivo. Yo soy supremo. Tengo facultad para engrandecer el infierno con almas impías de destructores de la propiedad de quienes poseemos. Todavía, no obstante, habría quien no entendiera mis razones. Eso me parece una tontería. Soy muy claro. Muy racional. Muy lógico. Llevarme la contraria sería como tratar de andar por las paredes. Ahora mismo cientos, miles de hombres me darían la razón. Lo que sucede es que, por respeto a la forma, no lo harán. A mí no me importa. Ni siquiera me importa que se me comprenda o no. Yo lo que quiero es que todo esto acabe cuanto antes. Al fin y al cabo quiero que los chicos de la prensa me dejen en paz. Que no me retraten los fotógrafos. Que no me llamen, aunque sea cierto, asesino por la calle. Que los ciudadanos honrados no sufran por mí. Yo lo que quiero es que se acate la sentencia. Yo lo que quiero es sentir el roce de mi Smith And Wesson del especial y vivir en el recuerdo de mi orgasmo objetivado por los jueces.”

(A la memoria de Raúl Losa,
asesinado en la calle.)



FRANCISCO J. LAURIÑO
(C) 1990