miércoles, junio 30, 2004

TURÓN BAJO EL TERROR DE LOS ZOMBIES (Argumento para un cortometraje, por Severino García Fernández)





No solo son mías las sensaciones. También he consultado con el teléfono de Rappel y con el de Aramís Fuster. -¿Tendrá algo que ver con los mosqueteros?-). Vivo en tensión, están demasiado cerca. Porque son zombies. No pueden ser otra cosa. Los cadáveres de Turón son zombies.

No cabe pensar que a algún empleado del cementerio se le haya ocurrido, por puro entretenimiento, trasladar los cadáveres a un vertedero de basuras porque no sabían que hacer con ellos. Tampoco había en ellos líquido sexual alguno ni señales de magia de ningún tipo. No, no es cosa de aficionados.

Piensan los periodistas que es una cuestión política (¿que otra cosa podrían pensar los periodistas?). También podrían plantear un criadero de buitres, como extensión del parque temático de Lena, sostenido con los cadáveres de poco alquiler de nicho.

Los muertos se revuelven en sus tumbas y salen incitados por la magia vieja que me ha marcado. Salen de sus tumbas guiados por el olfato, por eso aparecen en el vertedero cuando sus escasas fuerzas se terminan al amanecer. Por eso no les ve nadie. Sólo me buscan a mí.

Eliseo es el otro portador de la maldición. Pero Eliseo está fuera; estoy solo. Cuando me hicieron la magia me dijeron lo de la marca de los pies, lo del olor. Admito que los pies me huelen mal, pero decir que es una pestilencia sobrenatural me parece excesivo.

Había sido un juego de magia con un desconocido, en alguno de tantos viajes a la costa. Nos dijo que nos podría conceder un deseo, pero que, tras unos años de disfrutarlo, vendrían a cobrar el alma en efectivo, es decir con cuerpo y todo. Al parecer tenían un cierto mosqueo en el infierno con los que se arrepentían a última hora. Nos dijo que nos dejaría una señal en los pies y que por ella nos encontrarían para saldar la deuda. También podrían habernos pintado una raya, pero lo cierto es que desde entonces a mí los pies me huelen bastante y los de Eliseo apestan como si se le hubieran muerto los dedos hace meses.

Ya me había dicho Severo, el guardia civil, que lo mío no era normal, pero no me había preocupado hasta ahora. Yo, que entonces era de Camilo Sesto más que de cualquier otra cosa, deseé la mujer de mi vida y una familia... Pero no los he disfrutado nada; el contrato decía que tendría tiempo a disfrutar el deseo.

Sólo me queda comprobar si los zombies se sienten atraídos por mí. Si veo que se me acercan intentaré escapar y sabré que tengo que ir muy lejos... por eso escribo estas notas desde Turón, con mi condena exudando a través de los carapijos.

Creo que antes de emprender la aventura olvidaré esta agenda sobre la mesa de la cafetería.


(Último documento conocido de F.J. Lauriño antes de su desaparición en Turón el 31 de Octubre de 1998.)