miércoles, junio 02, 2004

UN CUENTO RESTAURADO (por Francisco J. Lauriño)



GRIS

A Jesús Hernández,
primer profesor de literatura.



Escandaloso romper de las gotas contra el paraguas. Día negro, encapotado, triste, cegada la luz por un cielo apagado plúmbeamente. Toda luminosidad se ha fundido en difusas ráfagas de rala claridad trémula, vacilante, ingenua. Arrecia la lluvia. Vandálicamente discurre, argentina, entre tibios reflejos de suelo. Noto que mi espíritu se mantiene gris, como el día; su sol se cubre con las nubes del desasosiego: lluvia, llanto del cielo de luto, inquietante compañera de la desazón y la ansiedad.

La ciudad, en otra edad tan mía, hoy se me hace insoportablemente extraña. Ya casi no la recuerdo. Piso los adoquines con poca certeza, con un visceral terror a equivocar el lugar del paso. Entre cortina y cortina, de agua, de tiempo, de olvido, recuerdo los años idos, los años que se extinguieron como mi felicidad se ha extinguido. Recuerdo cuánto llegué a detestar estas calles, cómo mi vida se fue tornando ronca y sin sentido en el continuo deambular. Hoy ya no me parecen las mismas. Rememoro las risas, sus risas, las de los que su júbilo expresaban ante mi dolor agrio y agudo, cómo mi aturdido ser se encrespaba al oír las palabras tantas veces dirigidas a mi persona: el enamorado, el enamorado. Todos se deshacían en risas. Caras anchas, redondas, alargadas, tersas o arrugadas; caras desfilando a mi lado, caras de risa, risas en desfile demoníaco, las malditas risas resonando como un eco trepidante sobre losas, jardines y edificios; las calles, los seres, todo deformado por las risas, antojadizamente deformado, irreal, fantásticamente perverso. Toda la ciudad en contra mía. El orbe entero en mi contra. La humanidad, enemiga, arrojando su pez hirviente sobre mí.

Por fin llego al portal, boca del edificio, gigantesca gárgola del dolor. Entre tejas discurre el agua, desagua en un canalón truncado por la mitad; el líquido se precipita a empellones sobre la acera. La puerta está cerrada, precintada, hermética. Parece desafiarme. Recuerdo en unos instantes toda mi historia. Está aquí, sumida en la sombra que será el interior de este edificio. Extraigo la llave. Un tintineo de alegría. Han sido años de encierro y desea salir, encontrarse de nuevo presa de su propia cerradura. Un escalofrío me recorre, recorre todo mi cuerpo. Gélida la llave desafía al polvo que los años depositaron en el agujero. Chirría, dice crack y cede la puerta a la presión de mi mano. Doy un paso. Oscuridad polvorienta, el premio que los años transcurridos me han legado. Olor a humedad. Podredumbre. Silencio fugitivo y eventual. Aspiro en profundidad, pero el aroma de antaño, mudable por ser de la vida, se ha transformado en este otro de la muerte. Y continúo. Adelante. Y tropiezo. Un escalón. Inevitable. Tantas veces repetido en la memoria. Inevitable. Cierro la puerta detrás de mí. Extraigo del bolsillo rala y amarillenta luz interina. Apunto al suelo. Salvo, por fin, mi escalón. La casa está vacía.

Recorro, uno a uno, sus aposentos. No encuentro solidez que me ampare, exceptuando unos muros que, de puro viejos, amenazan con venirse abajo. Telarañas compañeras, insectos, polvo, suciedad. Olor a antiguo, a olvidado. Alzo la luz al techo de la sala principal esperando encontrar la gran lámpara; en vano. Solamente, desde el cielo artificial, me sonríe desdentado el hueco que su soporte ha dejado. Mi corazón palpita con intensidad. Mi ser se estremece. No puedo ver en su esplendor lo que otrora fue mi vida entera. Mas estoy aquí, en el centro de ella. Recorro con lentitud, chorro de luz que mana de mi linterna, las paredes. Descubro, de pronto, algo que ni los años ni los expoliadores de la casa han podido llevarse. Un cuadro, un retrato, la efigie. ¡Sí!, la efigie, ella. Sus cabellos de oro, su rostro siempre puro, sus hombros, su cuello, ella. Ella, sin aditamentos. Me siento como embrujado: ¡aquellos ojos negros! Aquellos negros ojos que, desde el óleo, tantas veces me han mirado. Estos ojos negros que también ahora me miran.

Y siento. Y siento, otra vez, la misma complicación de ánimo, el mismo fluir nervioso y plácido que ella despertara en mí la vez primera. El mismo estremecimiento, la misma templada sensación, el mismo contento manar del alma, el mismo sonreír del cielo. ¡Porque es ella, plena! Mi idealizada, el objeto de mi todo, de mi yo, la dicha de mi pena, el espíritu de mi material existencia. Cierro los ojos un instante y los mantengo sellados. Siento el cálido e inconfundible discurrir de una lágrima. Siento. Siento deshacerse en lágrimas mis dos ojos mientras besan mis labios sin tregua un retrato apolillado.

La recuerdo. La recuerdo, es lo importante. La recuerdo y siento, siento que la lluvia, trasladada por un silencio a ratos fugitivo, me sigue acompañando, me persigue también. Camino, incierto, el lírico sendero; la vereda, florilegio de actitudes tan mías, que un día fueran mi perdición. Beso al recuerdo. Lo beso. Recuerdo los besos que le daba. Lo recuerdo. Y sello labios y ojos. Sello mente, cerebro que duerme, sumido en sopores inevitables. Sopores inevitables que se aprestan a llegar detrás de una gasa insalvable que el tiempo ha ido tejiendo ante mi vista. Etéreo todo. El todo. Mi todo. Quizás.

Pongo el cuadro en su lugar. Salgo. Dejo la casa, mi casa. No puedo aguantar más. Es el peso de todo lo que mi mente ha querido olvidar en tantos años. Me ha llegado ahora, todo de golpe. ¡Ah! La calle. De nuevo la calle. Benevolencia del agua. Cunetas. Llanto. Cielo y mojadura. Vago observando gotas, adoquines, piedra. Pero no me abandona, el recuerdo no me abandona. Quizás nunca debí haber vuelto.

Ahora ya es muy tarde. Porque me atrae. Endemoniadamente me atrae. De nada sirve decir que no, porque diga lo que diga yo sé que ciertamente volveré al húmedo y oscuro portal, a las estancias desoladas, al retrato y su polilla. Porque su conjunto singular es lo que queda de mi vida. Sí, sonrío; melancólico, sonrío; amargado, sonrío. Y de nuevo me propongo regresar a lo que representa un ayer, un santuario, un escalofrío, una eternidad.

Escucho risas otra vez. Todos me habían creído loco al descubrirse la verdad. Pero ellos no habían amado nunca. No sabían. No podían. Jamás lo habrían podido desear. Mi amor había existido porque sí, como una sencilla flor silvestre que brota entre la hierba, como un dolor intenso que sin búsqueda posible, frenéticamente, ataca al decidido músculo del pecho. Era puro. Y siempre en mis oídos resonarán aquellas carcajadas primeras. Las que ella disparó ante mi vista. Nunca podré olvidar aquella bestial reacción de azotar con el látigo de la burla la pobre espalda de un espíritu. Nunca podré olvidar cómo las carcajadas se fueron extinguiendo paulatinamente, hasta enmudecer, convirtiéndose en risilla nerviosa, en seriedad, en temor, en súplica, en llanto, en grito, en alarido, cuando mi cuchillo destrozó su malvado corazón, cuando la sangre afloró a su pecho como la amapola entre los campos, cuando su cuerpo se hundió en la alfombra bordada, cuando su rostro devino albo. Y ahora lo recuerdo. Y recuerdo el calor. El sofoco. Me llevaron. Me trasladaron. La policía se ocupó de mí. La cárcel fue depósito de mis huesos. Y allí no pude olvidar del todo.

Pero aún en el día de hoy no me he arrepentido de lo que otros consideraron un crimen. Aún cuarenta años después, cuando la vejez me ha llegado, cuando la muerte se encuentra cerca y el juicio final se me hace a la vuelta de la esquina, aún hoy no me arrepiento de aquella muerte. Porque todavía recuerdo, como detrás de grisácea cortina lluviosa, sus carcajadas crueles, cuando le dije que me había enamorado perdidamente no de ella, sino de su retrato.


FRANCISCO J. LAURIÑO