sábado, enero 22, 2005

El izquierdismo político de Gustavo Bueno


Marcelino Javier Suárez Ardura
Intervención en el acto de presentación de El mito de la Izquierda
en Pola de Laviana el 20 de junio de 2003
[El presente escrito responde a la petición de Francisco Villar, presidente de la asociación cultural «Cauce del Nalón» (Langreo, Asturias, España), para que introdujese al profesor Gustavo Bueno en la presentación en la cuenca minera del libro El mito de la Izquierda. Tal acto tuvo lugar el día 20 de junio de 2003 en la Casa de la Cultura de Pola de Laviana (antigua cárcel), y en él Gustavo Bueno ofreció una conferencia sobre el tema de su último libro, que fue seguida por un animado coloquio. Se inició la sesión con una introducción a cargo de Francisco José Lauriño, miembro de «Cauce del Nalón», y la lectura del siguiente texto:]
Buenas tardes. Es un privilegio para todos nosotros tener hoy aquí al filósofo Gustavo Bueno. Sin duda un privilegio también porque el marco en el que va a tener lugar su disertación es, en cierta manera, un marco filosófico. Laviana es el relato o correlato de una reliquia histórica que dio lugar a su propio nombre, la vía Flavia, lo cual nos remite a Roma y a su programa civilizatorio. Pero además la vía flavianense habría de dar lugar durante el Medievo a la constitución de una puebla itineraria a la que en la actualidad llamamos Pola de Laviana, junto a otras pueblas, en otros lugares de España. Consiguientemente, nada de «aldea perdida» con todo lo que esto significa desde el punto de vista antropológico para la sociedad política española del siglo XXI. He aquí la plataforma en y desde la cual cristaliza el pensamiento del profesor Gustavo Bueno.
Ustedes saben que este filósofo es el sistematizador de un complejo programa, conocido con el nombre de Materialismo Filosófico, entre cuyas cumbres más conspicuas sobresalen su teoría de la ciencia –La Teoría del Cierre Categorial–, su teoría de la cultura –El Mito de la Cultura– y la teoría de la religión expresada en El animal divino. Podríamos enumerar una lista casi interminable de artículos, conferencias e intervenciones de la más variada temática cuya característica común consiste en que todos ellos caen bajo un mismo discurso en su acepción material, de referencia a la verdad; un sentido muy preciso del término que nada tiene que ver con los sentidos formales del mismo desconectados de los referentes de la realidad.
En los últimos dos años Gustavo Bueno, bien por sus declaraciones, ya por sus publicaciones, ha estado en el punto de mira de ensayistas de fina pluma, «cogidos de la mente», que han aguzado su ingenio para acusarle de traiciones, giros, vueltas y revueltas. En el año 2000 se publicaba Televisión: apariencia y verdad, un ensayo sobre la televisión en el que se pusieron en marcha modos de operar utilizados en otras obras con una fertilidad excepcional: así la teoría de las apariencias nos recuerda y completa la idea de creencia de las Cuestiones cuodlibetales, y su teoría de teorías sobre la relación entre las apariencias y verdades televisivas ponen en marcha la teoría de teorías de la ciencia del Cierre Categorial. Andrés Padilla lo había anunciado en un artículo publicado en el suplemento Babelia de El País en el que analizaba las novedades bibliográficas «de no ficción» (sic) y sentenciaba al libro como poco feroz sin ofrecer ningún tipo de justificación. Aventuramos que su experiencia de lector no le permitía alcanzar la sistematización y crítica de los idola theatri que giran en torno a la televisión
Simultáneamente, Gustavo Bueno intervenía en televisión y en la prensa escrita (revista Interviú) analizando el programa Gran Hermano. Acaso este hecho motivara el escándalo que, en todo caso, estaba originado por el ruido que hacían quienes se escandalizaban. Recuerdo haber leído en La Nueva España al columnista Luis Arias Argüelles-Meres titulando un bajo articulillo bajo el epígrafe «Hermano Bueno» , carente de todo tipo de argumentación fundamentada. A propósito de Gran Hermano, Manuel Rodríguez Rivero publicaba en el número 42 de la Revista de Libros un artículo titulado «El infierno son los otros o '¡te quiero, hostia!'» en el que tildaba de ingenua la interpretación del profesor Bueno en la que éste afirmaba que el seguimiento del público al citado programa radicaba no en «la morbosidad del espectáculo [...] sino en su dramatismo». Pero Rodríguez Rivero soslayaba el significado del término o le atribuía un significado de «alta costura» porque, en efecto, «dramatismo», derivado del griego dráo, se ajustaba punto por punto a lo que pasaba en la casa de Gran Hermano. Por lo que no se puede decir, como decía Rivero, que los habitantes de la casa no eran «ellos mismos». Digámoslo con una pregunta agresiva: ¿por qué no eran «ellos mismos»?, ¿quiénes eran entonces? Pero aquí habría que comenzar a poner las cartas boca arriba, lo que significa fundamentar y esto no se hace.
Y, pese a todas estas críticas, Televisión: apariencia y realidad es tenida en cuenta por los teóricos de las ciencias de la información como un libro de referencia. Conocemos las recensiones que de él ha hecho Felicísimo Valbuena, pero también la utilización que la profesora de la Facultad de las Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, Charo Lacalle, lleva a cabo en su libro sobre los concursos televisivos y los talk-show, titulado El espectador televisivo. Los programas de entretenimiento (Gedisa, Barcelona 2001), aunque producto de una lectura somera.
Hace ya un año largo llegó a las librerías Telebasura y democracia. Este libro complementa al anterior y desarrolla una idea de basura televisiva que viene a recorrer un campo hasta ahora nada transitado. Con la publicación de esta obra Gustavo Bueno demuestra que el materialismo filosófico no desprecia «ni las cosas más humildes» y que, cuando existe un sistema, se puede ofrecer una teoría rigurosa. Quizás con este libro se estuviera respondiendo, de paso, a quienes pedían más ferocidad o a quienes no comprendían que hubiera quien aprehendiese los resortes y la tramoya que movían Gran Hermano. Telebasura y democracia analiza la efectividad –incluyendo la intención como una forma de efectividad desvelada– con que se utiliza el concepto «televisión basura». Telebasura y democracia es la prueba de fuego de una filosofía viva, incardinada en la realidad, constituyéndose incesantemente como lo demuestra el hecho de que en él aparecen conceptos nuevos cuya potencia crítica desborda el propio marco de la televisión.
En 1985 José Hierro S. Pescador escribía en su manual, Principios de Filosofía del Lenguaje, unas breves líneas en las que se asomaba una crítica a El papel de la filosofía en el conjunto del saber. En efecto, comentaba que cabía imaginarse algún contexto en el que tuviera un sentido analizar ideas como la de suciedad o la de pelo, pero que siempre estaba presente el peligro de la trivialidad y la pérdida de la intensión en favor de la extensión. Pues bien, Telebasura y democracia constituye, por sí mismo, la crítica de la crítica, el ejercicio mismo de la refutación.
El concepto borroso de telebasura –si no hemos leído mal– pertenece a un género de conceptos similar al que en el ámbito de la Sociología de la Educación le corresponde al bautizado con el nombre de «currículum oculto» porque su genericidad esconde, porque distorsiona, más cosas de las que muestra. Pero en Telebasura y democracia, y en esto hay que dar la razón al profesor Alberto Hidalgo Tuñón, lo más interesante es el capítulo donde se pone de manifiesto las conexiones entre el ente televisivo y el régimen político, ya que desvela las paradojas de la sociedad democrática: sus caprichos, sus disparates, sus desastres. Para avanzar algo que señalaremos después, hemos de decir ahora que vemos aquí la función izquierda desenvolviendo su racionalismo constitutivo.
Ahora bien, la notoriedad de Gustavo Bueno por estos pagos es, desde antiguo, en tanto que filósofo de izquierdas; tal parece ser el daimon que le acompaña. Pero el izquierdismo político –permítasenos esta expresión– de Gustavo Bueno no es, y esto es importante recalcarlo, el «izquierdismo cósmico» que le atribuía Haro Tecglen en el suplemento Babelia de El País el 19 de abril de 1997, cuando apareció El Mito de la Cultura, ni tampoco el «izquierdismo biográfico» de quienes cimentan sus adscripciones ideológicas en las de sus antepasados, como si estos asuntos fuesen bienes heredables, acaso olvidados parafernales. Pero en modo alguno es un izquierdismo amorfo, indefinido, fundado en la dialéctica de las clases sociales, que no tenga en cuenta la codeterminación conjugada de clases y Estados.
Hemos podido ver cómo en sus obras, de una manera explícita o implícita, se han ido definiendo las líneas del izquierdismo político. En septiembre de 1972 los Ensayos Materialistas incluían una conclusión al primer ensayo en la que se establecía la relación entre materialismo y socialismo; y en octubre de ese mismo año, en el Ensayo sobre las categorías de la economía política se incluía un capítulo entero sobre dialéctica filosófica y socialismo. Pero es sobre todo en el Primer Ensayo sobre las categorías de las «Ciencias Políticas», de abril de 1991, donde se muestran articulados los conceptos principales de su filosofía política. En efecto, aquí aparecen, por ejemplo, los conceptos de «eutaxia» o de «sociedad natural» –advirtamos que con ello está acometiendo la crítica y el ajuste de uno de los conceptos nucleares de la producción ideológica de la izquierda marxista como es el de «comunismo primitivo»–, pero también la crítica y reconstrucción de la teoría de la división de los poderes como parte de la capa conjuntiva de la sociedad política o la crítica al concepto de «sociedad civil» o al concepto de «totalitarismo».
Y, sin embargo, a Gustavo Bueno, obviando la profundidad y envergadura de estas obras y la trayectoria que ellas han descrito, se lo ha acusado de un giro a la derecha, a raíz, principalmente, de la publicación en 1999 de España frente a Europa. Claro está que habiendo de hacer una superficial lectura de la idea de ortograma que ya había sido elaborada en las Cuestiones cuodlibetales en 1989. Pero quienes han arrojado la primera piedra la han lanzado contra ellos mismos, ya que han confundido la intencionalidad con la efectividad al atribuir al profesor Bueno un izquierdismo que era el suyo propio y, ante la crítica de Gustavo Bueno a ciertos sustancialismos, han querido ver un giro sin reparar, por su propio inmovilismo, en que quienes habían girado eran ellos mismos.
El izquierdismo político ha sido formulado explícitamente en el artículo titulado «La ética desde la izquierda», publicado en El Basilisco, número 17, en 1994; y, recientemente, en marzo de 2001, ha sido reformulado en el artículo «En torno al concepto de 'izquierda política'», en El Basilisco, número 29. El izquierdismo político se presenta como un concepto funcional, articulado a través de dos componentes: un trenzado de racionalismo y universalismo a la escala de los sujetos corpóreos operatorios, una urdimbre cuyo constituirse ejerce la negación de todo principio revelado, distanciándose, a la vez, de la racionalidad a la manera cartesiana, del intuicionismo y del particularismo constitutivos de la «función derecha».
Pero es en El mito de la Izquierda, aparecido en marzo de este año, donde Gustavo Bueno acaba estableciendo las líneas que definen ese racionalismo constitutivo de la función izquierda. Para ello, ha tenido que vérselas con una maraña de concepciones sobre el significado, ejercido o representado, del término «izquierda» como las de Raymond Aron, Habermas, Norberto Bobbio, Tierno Galván, Ernest Mandel, Leszesk Kolakovski, Robert Spaemann, Thomas Molnar, Richard Rorty o los mismos Lenin y Stalin, ordenándolos en un sistema taxonómico que nos permite aproximarnos con un mayor nivel de comprensión a la complejidad del tema. Una vez cubierto este trámite de desbroce, Gustavo Bueno establece, entonces, el fundamento de la racionalidad izquierdista a partir de la idea de holización. Una idea cuya dialéctica, en este contexto, está vinculada de manera indeleble a la sociedad política, es decir al Estado.
Pero dejemos al propio autor que aplique el escalpelo. Muchas gracias.
Pola de Laviana, 20 de junio de 2003.
Publicado en El Catoblepas Revista Crítica del Presente Nº 17. Julio 2003. Página 17