sábado, diciembre 10, 2005

Premios II Concurso de MICRORRELATOS MINEROS "Manuel Nevado Madrid" 2005



Primer premio: Gregorio Andrés Echeverría Vidal: Marionetas
Accésit asturiano: Vicente García Oliva: Carta de Cuba
Accésit testimonio histórico: Andrea D´Atri: A ver si se saca el sombrero, señor...
Accésit joven: Irma Fernández Vázquez: Tu niña valiente
Menciones especiales (castellano): Roberto Rodríguez Gutiérrez: Mineras, Jesús Manzano Cano: La sirena.
Mención especial (asturiano):
 Elisabet Felgueroso López: Na playa.
Mención especial (testimonio histórico): María Begoña Herrero Pérez: Carta abierta a un minero.
Menciones especiales (joven):Jara Gil Fernández: Cuéntame..., Antonio Bazarra Maneiro: Volframio

***

PRIMER PREMIO
Gregorio Andrés Echeverría Vidal: Marionetas
La vida cuelga de unos cordones bien delgados, guaje. Desde que la comadrona te tironea de los hombros y te hace un lazo en el ombligo. De poco valen esas cuerdas de cáñamo del grosor de tu brazo ni los cables que apuntalan el tranvía ni los cabos que amarran la panza de las barcazas a los norays del muelle. Hagas lo que hagas la huesuda hila tus horas con un algodón de zurcir que no resiste muchos tironeos. A quién se le ocurre que las riendas de acero trenzado del aparejo de la jaula le puedan ganar una cinchada a esta vieja puta desdentada. Más confiara yo en la seda de las arañas, guaje. En estos socavones todo pende de tientos resbaladizos y débiles piolines. Unas tristes marionetas, guaje, eso nomás somos. Como aquellas que tanta diversión te dieron el otro invierno en la función de la sociedad obrera. Los Piccoli de Podrecca. Ni el burro ni el pianista ni la bailarina rusa movían una mano ni volvían sus cabezas sin el gobierno del titiritero. Falso el martillazo del herrero forzudo sobre el yunque. Fingido el cachiporrazo del rata de la Gran Vía sobre la gorra del borracho. De mentirijillas las sacudidas del sacristán para mover los badajos de su campanario. Todo manejado por invisibles sedalinas que terminaban allá arriba en las manazas del director. Eso somos de verdad, guaje. Marionetas manejadas por hilos. Personajes de pacotilla, muñecos de ánima prestada. ¿Cuánto llevamos aquí abajo? Segundos... horas.. años... toda la eternidad. El mundo son las galerías y el pozo es el camino al cielo... cuando subes... Hoy (¿ayer?) nos ha tocado bajar. Esas cosas de la gravedad, guaje. El titiritero abrió sus manos y caímos. Arriba como todos los días el sol, el perfume de los perales y el telégrafo de los picapinos. Aquí la negrura y el encierro, escatimando un aire enrarecido y maloliente a causa del gas y la falta de ventilación. La boca y las narices resecas de respirar un tufo de orines y excrementos mezclado con el polvillo de carbón que nos va ganando ya garganta, estómago y pulmones. No desesperes guaje y trata de ahorrar el aliento. Ni te empeñes en moverte de este hueco donde al menos estamos a resguardo entre la viga partida y el muñón de los puntales. Y no llores, que el amasijo de lágrimas y mocos has de acabar tragándolo junto con este polvo de mierda que nos embarga las entrañas. Mejor piensa en los boniatos que tu madre ha puesto en el rescoldo para esta noche. Puedes tomar también mi parte, porque tengo el estómago revuelto y no me va a caer bien. Deja ya de lloriquear, guaje, abre bien las orejas que estoy oyendo movimientos arriba. Ha de ser la cuadrilla bajando con cabos por el pozo. Claro que sé que la jaula ha quedado abajo, niño. Ni tonto que fuera. Pero habrán echado escalas y estarán llegando. Estamos a menos de trescientos pasos del pozo. Les llevará tiempo avanzar hasta encontrarnos. Pero han de llegar, no llores ya. Guarda el aliento para gritar cuando les escuchemos cerca. Entonces sí grita con fuerza, guaje. Gritas y me despiertas, que siento pesada la cabeza, creo que me estoy quedando dormido. Tú tratarás de no dormirte, guaje. Abre esos ojos, no seas lelo. Que si te duermes: ¿quién habrá de gritar para que nos saquen?
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ACCÉSIT ASTURIANO
Vicente García Oliva: Carta de Cuba
¡Pon otra pinta, Corsino! ¿Nun ves qu' esti señor y yo tamos secos? Pues, verá. Como-y dicía enantes, a mí eso de los muertos nunca me dio nengún resquildu. Claro, que la mio profesión tampoco nun me lo permitiría. Fíxese, trabayar nun depósitu recibiendo los calabres, llimpiándolos, afatándolos, nalgunos casos, cuando lo manda la familia o'l casu lo requier, maquillándolos... Como digo yo, dalguién lo tien de facer. Y, amás, pa se-y sinceru, a min ye un trabavu que me presta. Y ye qu'ellí, enriba la mesa, cúmplese de verdá'l dichu de que "toles persones somos iguales". En vida, non. Ya sabe, unos ricos y otros probes. Unos bonos y otros unos sinvergüences. De too hai na viña del Señor. Pero ellí, desnudos, desprovistos de tou grandonismu y babayonería, toos parecemos igual d'insignificantes. Pero aquel muertu yera distintu. Nun sé lo que había n'él, pero nel intre pescancié que yera especial. Un accidente na mina. Nada nuevo, viviendo onde vivimos. Los que lu trayíen lo dixeron: una cosa fata del tao. Pegó-y una vagoneta un poco, como delláu. Cuando cayó creyímos que taba faciendo'l tonto, fasta que vimos que nun se llevantaba. Llueu ya vimos que tenía un guelpe na nuca. Taba muertu. Mandé que lu posaran enriba la mesa. Mirélu. Paecía un guahe. Nun tendría más de dieciocho años. La cara tiznada pol carbón. El flequillu pegáu a la frente. Les manes, coles uñes mordíes, negres del polvu y el mugor. Dixeron que se llamaba Colás, y que llevaba pocu tiempu trabayando na mina. Depués me daríen los demás datos. 
Cuando quedé solu principié a desvestilu. Y, ¿sabe usté?, anque nesti mundu tenga vistes munches coses, nunca pensé que diba ver aquello. Baxo la camisa, llevaba unes vendes mui apertaes. A lo primera nun supe'l motivu, pero en cuantes que-y les quite comprendilo too. A la mio vista apaecieron unos pequeños pechos de muyer. Unos pechos adolescentes, como d'una guaha. Y ye que, usté ya lo comprendería, baxo aquella apariencia de rapaz, tapecíase una mocina con tolos sos atributos. Agora que ya los muyeres puen trabayar na mina, nun fadría falta l'engañu. Pero daquella yera imposible y les coses taben tan mal que nun m'estraña que daquién intentara facelo. La desplicación túvela llueu, cuando al recoye-y los oxetos que llevaba saqué-y una carta del bolsu'l pantalón. Taba empobinada a una direición d'un pueblu de Ribesella. Entovía recuerdo daqué del so conteníu: "Madre, cuando reciba esta carta sabrá que toi bien, equí en La Habana. La señora ye mui bona comigo y me trata como si fuera de la familia. Tengo muncha gana de volver a vela y cuido que, si sigo ganando dineru, pronto podrá regresar. Ya sé que nun-y presta la idea de teneme tan lloñe, pero sabe qu'intenté alcontrar trabayu por tolos medios y nun me fue posible. Cuide eses piernes y esi corazón. Axúnto-y la paga d'esti mes pa que se vaiga arreglando. Un besu. Clara." Sí, de tolos muertos que pasaron poles mio manes, es¡ ye'l mio favoritu. Nunca tuve otru como él. Y ¿sabe?, yo nun so¡ un sentimental, pero dientro'l sobre, amás de la paga de... Colás, meti-y dalguna perra mía. Anque yo tampoco tuve nunca en Cuba...


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ACCÉSIT TESTIMONIO HISTÓRICO
Andrea D´Atri: A ver si se saca el sombrero, señor...
En memoria de las catorce víctimas de la mina de Río Turbio, Argentina
¿Y a quién reclamar, señor? Ellos dicen que fue un accidente. Pero yo creo que fue un asesinato. ¿Cómo que quién es el asesino? ¡Si está clarísimo, señor! ¡Los obreros tenemos una larga lista de nombres de asesinos, responsables y cómplices, para el que quiera escucharnos! ¿Pero hay alguien dispuesto a escucharnos? Mi padre fue minero. Se vino desde lejos, porque aquí había trabajo. Sí, aquí, en el fin del mundo, lejos de todo, un lugar que parece que se cae del mapa. Ya hace sesenta y dos años que se inauguró el yacimiento minero de Río Turbio. En esa época había italianos y españoles, también. Después empezaron a llegar trabajadores chilenos, bolivianos, Pero acá somos todos mineros, ¿entiende? No hay diferencias. Yo estaba trabajando aquí en el '75, cuando la explosión se llevó a once compañeros. Justo ese día tenía franco, no mee olvido más. La explosión se sintió tan fuerte que todo el pueblo corrió a la mina. En esa época éramos cinco mil y teníamos record de producción. Eran otros tiempos. Después vinieron los '90 y parecía que se cerraba. Cuando no quedaban más que mil obreros, el gobierno la privatizó; pero el nuevo dueño no cumplió el contrato, jamás hizo inversiones. Acá no había mantenimiento, por eso pasó lo que pasó otra vez... ¿Y que quería que hiciera mi hijo, señor? No lo quedó otra que ser minero, también, corno su abuelo y su padre. Para nuestros hijos no hay universidad, ni trabajos en escritorios bonitos. Murió en su ley, señor. Pero no fue un accidente, a mí que no me la cuenten. Lo encontraron con la cabeza adentro de un pozo que había hecho él mismo, en su desesperación por tomar un poco de aire. Imagínese los gases consumiendo el oxígeno en el corazón del cerro, sin esos aparatos que compraron, ahora que te permiten respirar veinte minutos más en situaciones extremas. ¿Pero ahora para qué nos sirven, dígame? Ahí, al ladito de la Santa Bárbara está la foto. ¿La vio? Las mujeres pusieron las flores y las cartas para sus esposos, sus padres, sus hijos, sus hermanos, sus novios. Ellas no pueden entrar, sabe. Pero ahí nomás, en la puerta del socavón, al lado de la santina; lloran su pena... El dueño se llevó casi doscientos millones de dólares en ocho años. ¡Doscientos millones de dólares, señor! Pero, además, el Estado le daba otros doscientos millones de dólares en subsidios.¿Sabe quién gobernaba la provincia cuando se privatizó la mina? Sí, ése mismo, el que ahora es presidente del país. Entonces, ¿no es cómplice del patrón en este asesinato? Y los otros cómplices son los del sindicato, señor. Porque ellos nunca dijeron nada, aceptaron que trabajáramos hasta diez horas ahí abajo... y esto se veía venir. Si, doblemos por acá. Allá en la otra cuadra es la iglesia. Mire, si casi no vamos a poder llegar a la puerta de tanta gente. Los obreros cargaron los catorce féretros sobre sus hombros y se encaminaron en dirección al cementerio. Un paisaje duro, como los mineros, enmarcaba la procesión de todo el pueblo de Río Turbio. Alguien gritó los catorce nombres de los muertos al viento. El cantor, con la voz entrecortada por la emoción, arrancó con su copla: "A ver si se saca el sombrero, señor, que va a pasar un obrero... a ver si se saca el sombrero, señor, que va a pasar un minero."
(Todos los hechos que se cuentan aquí sucedieron verdaderamente.)
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ACCÉSIT JOVEN
Irma Fernández Vázquez: Tu niña valiente
-Hola papá, soy Valeria, tu niña valiente... No sé cómo decirte todo lo que tenía pensado,... no es fácil estar aquí, ante tu tumba. Sabes bien que ya he venido antes pero nunca he estado, no quería estar porque no sabía cómo estar... y hoy sigo sin saberlo pero nos merecemos estar juntos otra vez. No sé por dónde empezar, no sé por qué estoy llorando, ya hace 33 años, ya debía haberlo asumido pero nunca pude, no me merezco ser tu niña valiente. Tengo pocos recuerdos de cuando era niña pero recuerdo un día en casa, cuando aquel señor te preguntó cuál era tu trabajo y tú contestaste lleno de orgullo que eras picador, y yo me sentí aún más orgullosa de ti porque como tú lo dijiste parecía que era la profesión mejor y más importante del mundo. ¿Sabes? Mamá me explicó que esperabais un varón y que se hubiese llamado Valentín y como fui una mujer, tú elegiste Valeria. Ella se afanó en que yo no olvidara que con el mismo orgullo que gastabas cuando se trataba de tu profesión, decías cuando te preguntaban mi nombre, "Valeria" y como si fuera mi apellido añadías "mi niña valiente". Yo no me merezco ser tu niña valiente, no por el hecho de que no pueda dejar de llorar cuando por primera vez me estoy sincerando contigo sino porque nunca tuve la valentía de ser yo misma, no soy valiente para la gente que me rodea, ni tan siquiera para mi propio hijo... Se llama Juan, como tú y se parece a ti. En noviembre el curso de Juan tenía una visita al Museo de la Minería y desde el colegio pidieron que los padres que quisiéramos acompañásemos a los profesores como monitores. Juan me insistió mucho para que yo fuese, es tan cabezota como tú, pero yo me inventé mil excusas para no ir, perdóname papá, yo no quería estar en un entorno minero otra vez, no sé si no quería o no podía, pero es que no quiero oír hablar de la mina, no puedo oír hablar de esa maldita cueva negra que mi quitó a mi padre, y me siento mal por ti porque no debería sentir esto hacía lo que tú amabas. Papá, yo sé que Alfonso era tu mejor amigo, sé que cuando erais pequeños siempre estabais juntos aunque para su familia tú eras el niño pobre y él el niño rico, y sé que intentasteis mantener la amistad cuando crecisteis, y sé que cuando se convirtió en patrón tú trabajabas aún más duro porque él estuviese a gusto, pero es que no puedo evitar sentir asco cuando lo veo, no puedo ver su cara sin recordar el rostro de fastidio que puso cuando te sacaron muerto y dijo: "ya perdimos a otro". No soy tu niña valiente, papá, no puedo evitarla... cada tarde de Reyes a las siete..., no puedo evitar llorar cuando se habla de accidentes mineros, ni de derrabes, ni de la Primera... Generala Derecha... de la tercera planta... del Pozo María Luisa... 

-Disculpe, señora, ¿se encuentra bien? 

Valeria miró a aquel hombre que había puesto la mano en su hombro aquella tarde del 6 de enero de 2005 en que ella por primera vez en 33 años volvía a estar junto a su padre después de 33 años. Le miró con respeto agradecido y exultante de una nueva paz interior replicó un profundo y honesto:
- Mejor que nunca.
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MENCIÓN ESPECIAL (CASTELLANO)
Roberto Rodríguez Gutiérrez: Mineras
De negro. O de blanco. Siempre de negro o de blanco. De negro cuando visitabas a padre en Oviedo, en la cárcel, y, también, cuando aún dormíamos y te levantabas poniendo buen cuidado de no hacer ruido -como ahora no lo haces, Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea blablablá, blablablá-. A seis kilómetros, la mina de talco. La mina de Puebla de Lillo. La mina que te vestía de novia, como en aquella foto copada de una escarpia roñosa, excesivamente larga. Padre con el traje limpio y los zapatos ajados, polvorientos. Tú, niña y mujer, tímida y orgullosa, de su brazo. Ambos, callados para siempre en la foto inclinada y callada -como ahora callas, Dios te salve María, llena eres de gracia blablablá, blablablá-. Cuánto silencio. Silencio en las bombas que mataban al ganado. Silencio en tus lágrimas desveladas. Silencio en los cacharros que golpeabas, sin querer, en mitad de la noche. Silencio en la nieve frenada e inoportuna. Silencio en el talco para la piel de niños tan diferentes a nosotros, para la piel de mujeres tan distintas a vosotras. Silencio en tus risas, en las de tus compañeras, de regreso a casa, con las caras tiznadas de blanco, con los vestidos ennegrecidos de blanco; novias que os rebelabais de vuestra viudez con carcajadas inútiles, tristes; que recogíais, en el camino, flores de recuerdos, para depositarlas, el domingo, en los nichos enrejados de la cárcel de Oviedo. Si, cuánto silencio. Entonces y ahora, cuando después de tanto ir y venir -seis kilómetros de ida, seis kilómetros de vuelta- por fin has conciliado el sueño. Amortajada de negro sobre raso blanco. De negro. Y de blanco.
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MENCIÓN ESPECIAL (CASTELLANO)
Jesús Manzano Cano: La sirena
- Lo mejor es que en el Instituto habrá muchas chicas -dijo Enrique. Estábamos recostados contra el ribazo de arena de "la balsilla", desnudos y con los ojos cerrados, sintiendo el calor del sol en los párpados. Los dos habíamos pasado, la semana anterior, el trance del examen de ingreso, en un pueblo del valle que nos había parecido enorme. Acabábamos de bañarnos y fantaseábamos sobre las aventuras que nos traería nuestra nueva situación de estudiantes internos, fuera de casa. 
 A lo lejos, en el pueblo, sonó la sirena de la mina. Era temprano y sonó insistente, de un modo que, además, no podía confundirse con el toque de salida de las seis de la tarde. Abrí los ojos y Enrique ya se había calzado las sandalias. Estaba poniéndose los pantalones cortos, haciendo equilibrio sobre una pierna. 
 - Ha debido pasar algo -dijo, y de inmediato cogí yo también mis ropas y comencé a vestirme. Recordé que sólo en una ocasión, años atrás, habíamos oído ese mismo toque de la sirena, el día del derrumbe en la mina "Necesaria". Don Francisco entonces interrumpió la clase. El pequeño hospital estaba cerca de la escuela y todos nos arremolinamos en la puerta, donde ya había un grupo de mujeres con el cabo de la guardia civil, que trataba de calmarlas. Aquella vez doce mineros resultaron heridos de gravedad. Después, mientras comíamos, mi padre dijo que en el Casino habían hablado, que se comentaba que la Compañía llevaba demasiado tiempo descuidando el mantenimiento de las galerías, y que no sería de extrañar que pronto los jefes plantearan el cierre. Tomamos en silencio el camino de regreso. Enrique iba por delante, todavía con la camiseta en la mano. Yo le miraba el cogote recién pelado, blanco sobre sus hombros morenos. Mientras tanto, trataba de evitar un pensamiento inevitable: mi padre trabajaba en el economato, fuera de peligro, mientras que el suyo trabajaba a destajo en la mina, aunque también se encargara de servir tapas en el casinillo, el bar de los mineros, por la tarde. Avancé y me puse a su altura, a pesar de que el sendero se estrechaba y nos rozábamos los brazos al andar. El silencio era angustioso, y pensé que debía ser yo el que dijera algo. Que tal vez la sirena sólo avisaba de una avería importante, o de algo que tenían que comunicar a todos en la oficina, o de una visita del gobernador Civil o del Obispo. Pero todo eso no eran más que tonterías. Lo único que podía decirle es que no se preocupara, que a lo mejor esa vez tampoco había muerto nadie, y que además, entre tantos mineros como entraban en la mina, seguro que no le había tocado a su padre... Pero nada le dije. Sin querer, casi sin darme cuenta, un pensamiento absurdo me estaba jugando una mala pasada. Me imaginé que yo estaba en el Instituto, los primeros días de clase, pero yo solo, sin mi amigo. Habíamos cruzado el barranco y estábamos a punto de girar en el recodo desde el que se veía el pueblo, extendido en la ladera, recostado bajo la montaña pelada, en cuya base las bocas de mina permanecían siempre negras y abiertas, heladas, mirándonos. Al borde, en la alta explanada del campo de fútbol, una figura inmóvil esperaba. Aceleramos el paso. Don Francisco también echó a andar, bajando hacia nosotros. Enrique, al verlo, fue poniéndose lentamente la camiseta, con una torpeza un poco extraña.
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MENCIÓN ESPECIAL (ASTURIANO)
Elisabet Felgueroso López: Na playa
Sentóse nun rincón de la galería a comer el bocadillu de carne guisao que-y ficiera Marisa. "Esta muyer siempre fa¡ comida como pa venti y lluéu tócame traelo tres díes siguíos", pensó mientres desliaba la fueya de periódicu. Tiraba un airucu frío y acordóse de Velino, que taría en casina pasando la gripe abrigáu. Pegó-y un bocáu a la comida y un saborín familiar sorprendiólu gratamente alegrando-y la mañana: "La mio Marisina llucióse. ¡Pixín con amaxueles! ¿Será'l nuesu aniversariu de bodes? Non, entovía queda muncho pa Xunetu..." Perdíu taba nuno d'estos pensamientos cuando una musiquita de flautes y violines devolviólu a la realidá. Aquello nun podía ser. ¿Taríen los compañeros gastando-y dalguna broma? "Xuan, ¿tas ehí?" Anque glayó con toles fuerces la única respuesta que-y llegó a los oyíos foi un silenciu sepulcral. "Bah, pues si se quieren rir que se rían. Toi equí demasiao a gustu pa moveme". Quedóse disfrutando del rumor de la música y del pixín, sintiendo como si tuviere una fola de mar ente los llabios. L'aire facía-y de cuando en cuando un cosquilléu na nuca, como la brisa fresca que de guah.e-y enredaba'l pelo a la oriella de la playa de Celorio. Podía sentir l'arena debaxo los pies, como la sentía al correr cola so hermana pente les roques buscando plumes de gaviota pa xugar a que yeren indios. Cuando naciera la so neña, diba llevala a la mesma playa y enseñala a descifrar la forma de les nubes y la llingua secreta del agua: lo que diz cuando entra nes cueves o cuando llega cansada a perdese gente la arena... 
 Prestaba-y tanto imaxinase naquella playa que poco a poco notó l'agua resbalando-y peles manes y el golor a ocle perfumó-y el monu la mina. Tenía qu'abrir los güeyos y llevantase, que un pigazu pasaba pero como lu pillara'l vixilante diba arma-yla buena, y lluéu a ver que-y dicía a Marisa que colo del embarazu nun se-y podía nin tupir. Intentó espabilar, pero la playa lu retenía col poder d'una vieya amante que te conoz bien los secretos. Quixo ponese en pie, y nun dexase arrastrar pela corriente que lu mecía nun vals de flautes y violines, de nubes cola forma de les caderes de Marisa, d'algues que lu atrapaben como la melena de la so muyer la primera vegada que se buscaron a tientes nel asientu traseru del Seat Panda. Lluchó por espertase pero les algues envolvíenlu; envolvíenlu emburriándolu al abismu. Nesi momentu, una mano tocó-y suavemente l'hombru. Yera un home vieyu cola piel negruza y güeyos de sabiu. "¿Qué tal el suañu? ¿A que nun ye tan malo?" El mineru incorporose ensin acertar a comprender del too. "Perdona, compañeru, nun te conozo asina con tan poca lluz, ¿quién yes?" "Llámome Plutón. Digamos que soi un espertu en mines" "Qué nome más simpáticu. ¡Mira que llamase como un planeta!" "Ven conmigo anda, qu'a Perséfone entovía-y queda un poco más de pixín. Tas de suerte, toca-y tar nesti mundu y cocina meyor que yo" "Pero..." "Nun-y deas vueltes y tate tranquilu. La neña va llamase Xana como tu queríes. Agora vamos que tu ma ta lloca por vete." 
 A Marisa los compañeros dixeron-y que morrió en paz, sin sufrimiento; que'l gas dormiéralu como un paxarín. Lo que nunca supo ye que la galería quedo pa siempre perfumada per un estrañu golor a salitre.
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MENCIÓN ESPECIAL (TESTIMONIO HISTÓRICO)
María Begoña Herrero Pérez: Carta abierta a un minero
¿Sabes?, cuando era niña pensaba que el ojo redondo de la cocina bilbaína, rojo, vivo, incandescente, era la entrada al infierno, una pequeña rendija que dejaba entrever el fuego que allí se fraguaba y nos daba, sin embargo, ese calor imprescindible para que el hogar fuera cálido y apacible. No entendía, entonces, de carbones, ni del sudor negro que sobre las anchas espaldas de los mineros, corría como ríos de tinta al arrancar el preciado mineral. Pero a los quince años, después de acabar los estudios primarios y formarme en una academia como administrativa, entré a trabajar en las oficinas de una antigua carbonería de mi ciudad. En aquel tiempo fue cuando aprendí a distinguir la hulla de la antracita y los distintos nombres que se les daba a los carbones al partirles: granza, galleta, galletilla, etc. Las minas del norte palentino eran, allá por la década de los setenta, las mejores. Su producción y la alta calidad del carbón, brillante como el azabache, una vez pasado por los lavaderos, un tesoro que llenaba grandes calderas de comunidades de propietarios y humildes cocinas donde se creaban, a fuego lento, los sobrios guisos para alimentar a miles de familias humildes, trabajadoras: el corazón de una sociedad que hizo posible el desarrollo industrial, económico y social de España. No olvidaré las barreras peligrosas que ponían la nieve y el temporal a los camiones de la empresa por aquellas carreteras llenas de baches, en las que tantas veces debían parar durante horas para poder llegar con la carga al almacén. Sin duda el trabajo se convertía en toda una aventura nada grata, peligrosa y triste como la niebla que nos envolvía los meses de Diciembre y Enero. Y ahí empecé a admirar a los mineros, por su valentía, por su arriesgada forma de ganarse la vida. Nadie les colocó ninguna corona de laureles, ni les concedió la Medalla al Trabajo, ni les aplaudió por su faena de la que tantos dependíamos para calentarnos en las largas noches invernales. Pero el pueblo, como siempre, alabó la honradez de sus blancas manos negras trabajadoras, que nunca serán suficientemente pagadas porque de ellas dependió, en gran parte, el futuro de una país. Pero llegó la decadencia. El carbón se está acabando. Parece ser que hemos agotado una energía que, como el resto de las materias primas, nos dio las entrañas de la tierra, y con ella se nos van de las manos, también, varias generaciones. Ahora debemos buscarnos la vida por otros derroteros, y la figura del minero su diluye en el recuerdo, en el tiempo y también con los contratos precarios que algún avispado empresario intenta imponer aprovechándose de las ayudas, estatales. No es ésta la minería que yo conocí. Ni mucho menos aquella que se está imponiendo en la cuenca norteña palentina, "a cielo abierto". Oí hace cuatro años el grito desesperado de un pueblo que se quejaba, porque estaban masacrando sus montes por esta actividad devastadora. Miles de robles arrancados, fauna desahuciada de su hábitat, un paraje idílico convertido en árido, sombrío, muerto, que no se regenerará durante cientos de años. Pues bien, nadie, por muy ruin que se comporte con este colectivo, va a cambiar mi opinión sobre una de las profesiones más duras, "limpias" y honradas que he conocido desde muy temprana edad. Compañero en la distancia, minero de frente noble, que Dios te bendiga.

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MENCIÓN ESPECIAL (JOVEN)
Jara Gil Fernández: Cuéntame...
Y al poco los hijos. Joder, qué puntería. Empezamos con David, el más grande, al año la Rosa. No nos habíamos recuperado del susto y vinieron la mellizas. Teníamos una casa como la de casi todo el mundo por entonces, una habitación y piedra fría. Nos calentaba una sopa aguada a la noche. De las minas me han quedado muchas cosas, un frío en los huesos, que no quiere salirme. Los dedos torcidos. Miedo a la oscuridad, el recuerdo de un olor que no me gusta. Mucha camaradería. Yo he tenido compañeros, que los llevo aquí, como llevo el frío. A mi mujer la conocí en mi casa, mis padres tenían tres hijos y compartían casa con una familia de seis. La Julia y yo fuimos al colegio cuatro días contados, aprendimos unas letritas, y dejando las que no sirven de nada, las que no suenan o suenan iguales, empezamos a escribimos cartas. Por entonces yo tenía nueve o diez años y era pastor de ovejas. En las épocas que no había pasto, me liaba a andar hasta que lo encontraba, y pasaba muchos días fuera de la casa, con el buche vacío y más miedo que hambre. 
Luego me metí en la mina, qué lo voy a contar... La Juli siempre tuvo buenas piernas, suaves y finas, pero duras como fierro. Me encantaba verla irse al río, con el canasto parao en la cabeza, caderazo va, caderazo viene, y ni una, oye, ni una sola vez se le cayó una prenda. También ha currao la Juli...; Y también ha pasao miedo. Antes las cosas eran distintas, no había quejas. La Juli y yo no os hemos reprochado nunca nada, ni nos hemos preocupao de querer más que vivir y darles lo mejor a los chicos. Mi hija, la Rosa, se está divorciando, dicen no sé qué de la rutina, ... no sé, yo entiendo poco. La Juli y yo, nunca nos hemos preocupado de eso, ya le digo. Me pesa no haberla llevado a conocer el mar, fíjese, más que nada. Ella decía que no se hacía a la idea de algo tan grande. Años más tarde fui con las mellizas, los yernos y los nietos a Torrevieja. A mí el mar... me gustó, tan azul, tan grande, pero no crea, yo entiendo de olivos, será eso, que sólo entiendo de tierra. Aunque la pensé mucho, a la Juli. Mira que me pesa. Ese mismo verano sin sol, Julia, al pequeño de nuestros nietos le crecía algo dentro. Se enamoró, si lo hubieras visto. No paraba el culo quieto, de repente se le cerraba el estómago, se le quitaba el hambre... Ese andar distraído, nervioso cuando la sabía cerca. Era de risa. Fue lo único que me alivió las pesadas charlas de yerno a yerno. Yo ordenaba mentalmente el huerto, le pedía al Marcelo cada noche, como a Dios, como si me oyera, que recogiera aquella patata, que regara esa lechuga... estuve preocupado. De vuelta al pueblo todo estaba bien, el Marcelo se había portado. Él también tiene la costumbre de charlar con las gallinas para que pongan cada día. Si por lo menos hubieras estado, No así, como estás, sino hablando, haciendo y deshaciendo, así, dirigiéndolo todo, como siempre. Te habría llevado a pasear, a escucharte, a que me hablaras sin parar. Te habría enseñado el mar, y me habría preocupado menos el huerto. Y a lo mejor tú habrías sabido decirle al niño, qué hay que hacer para acercarse a una chica y no asustarla. Yo, cuando le veía dejar el plato entero, lo miraba y le decía, "si supieras cómo te entiendo...". Cada vez que me asalta el recuerdo de un olor tuyo Julia, a mí también se me cierra el estómago. Pero, perdone usted, estoy mayor y se me va la cabeza, quería usted que le hablara del trabajo en la mina. Es que empiezo a hablar...
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MENCIÓN ESPECIAL (JOVEN)
Antonio Bazarra Maneiro: Volframio
Ah, los nuevos ricos, suspira el abuelo, se toca la frente como palpando una linterna y ríe, cuenta contando años e historias, el abuelo. Sé por él que la primera radio del pueblo llegó durante la segunda guerra mundial a esa casa de estilo colonial que imprimía un gótico suave a las noches de agosto junto a la fuente y recibía en su jardín siempre oculto e inaccesible los sueños de las muchachas que llenaban la jarra en otro siglo y volvían luego, el agua en las manos, a sus casas pequeñas con la grande en los oídos. Cuenta que contando la guerra llegó la primera radio a ese palacete construido por uno que apareció rico de buena mañana merced a una presunta venta de víveres -¡Ahí vienen los de la hambre! ¡ Ahí vienen los de la hambre!- o lo que fuera a un buque extranjero en contienda. Y de pronto las paredes temblaban contando un eco de las incomprensibles arengas oficiales y afilaban su gótico en el fragor de las voces del parte. Siguieron allí el conflicto por las ondas cuatro privilegiados -cura, médico, notario y anfitrión, feliz jubilado precoz- que no eran marinaros pero sí depositarios a ojos de muchos de lo que debía saberse y recibidos asimismo con gran expectación en las tabernas donde se olvidaba el hambre, sedientas siempre de una última hora que multiplicara las otras. Hoy la casa es un edificio de pisos recién vendidos. Ah, los nuevos ricos. 
 A algunos tanto dinero les quemó hasta las manos. No estábamos aquí acostumbrados a ver tanto billete junto. Ah, los nuevos ricos del volframio. Descubrían de repente el gran comercio en un mineral y en el bloqueo a los nazis, que se acercaban no sin riesgo de ser torpedeados por submarinos aliados a comprar en los montes gallegos el revestimiento de su flota y sus aviones y sus cañones. Los mismísimos alemanes llegaban buscando aquí el ingrediente que faltaba a la dureza de su maquinaria militar. Y pagaban bien; en negro, claro, en gruesos fajos que brillaban como un sol verde en una tierra lluviosa donde se vivía la paz hambrienta de la guerra anterior, la eterna posguerra, un eco de hambre y de ideas que sigue vigente aún hoy en los platos de los niños que no quieren más. Comer era entonces un lujo, pero los nuevos ricos del volframio bajaban con sus billetes frescos desde aldeas lejanas para comprar la gabardina más cara, que era indefectiblemente la que buscaban. Si cuesta mil pesetas, mejor, solía decirle alguna, cuenta el abuelo, en la puerta de la mina. Una vez bajó uno alardeando de ir a comprarse nada más y nada menos qie una radio, y al día siguiente se vio obligado a volver a la tienda para quejarse de que no funcionaba. Y en la tienda funcionaba, como a buen seguro funcionaría también en la casa de aquel hombre si supiera que había que enchufarla y que para ello había que tener primero electricidad en la casa.

Fuente Benigno Delmiro Coto