martes, agosto 31, 2004

Ciges Aparicio. Una Visión de Mieres


El escritor valenciano se trasladó a Mieres para informar sobre la represión que siguió a la «Huelgona» de 1906 y retrató la sociedad local en «Los vencedores»


Yo no sé si la clase de literatura que quiero firmar es ésta, pero la vida me está convirtiendo en testigo de unos acontecimientos que me siento obligado a escribir para que no se olviden, y así debo dejar apartados otros proyectos más ambiciosos. España está llena de injusticias y es necesario que cada uno de nosotros colabore con lo que pueda para regenerar la situación.

Soy escritor y periodista y a veces me cuesta diferenciar lo uno de lo otro porque todo debe ir destinado a la información del lector, aunque las crónicas de los diarios envejecen pronto mientras que los relatos más largos permanecen en el tiempo; por eso me gusta convertir mis recuerdos en novelas.

Cuando el periódico «España Nueva» me propuso ir hasta Asturias en 1907 para cubrir la situación que se estaba viviendo tras el fin de una huelga minera, me encontraba ultimando la serie de cuatro narraciones autobiográficas sobre la cárcel cubana de La Cabaña. Estuve encerrado en ella siendo soldado con la acusación de rebelión militar por criticar la actitud de los mandos coloniales en la isla.

También acababa de publicar «El vicario», una obra en la que trato de narrar la miseria y la pobreza de nuestras zonas rurales. Así que la idea de cambiar de ambiente y conocer el mundo de la industria me pareció buena.

Y fue verdad que lo que encontré en Mieres era diferente a todo. Nunca había visto un lugar tan lleno de recelos e intrigas, todos desconfiaban de todos y el miedo a perder el trabajo hacía que se viviese en un ambiente cerrado y hostil. Después de buscar una habitación -lo que no fue sencillo- la labor más difícil fue que alguien quisiese contarme lo que estaba sucediendo.

Así supe que todo había comenzado el 7 de febrero de 1906 cuando los obreros afectados por una reducción de salarios decidieron abandonar el trabajo en una mina de la omnipresente Fábrica de Mieres, llamada Baltasara, y que desde allí el conflicto se fue extendiendo a los demás pozos.

Según me explicaron, lo excepcional de la situación vino por la duración del paro que sobrepasó los dos meses llevando el hambre a los hogares que vivían al día. Entonces se vio quién era cada cual: unos resistieron como pudieron, formando incluso piquetes para impedir la entrada al tajo de los demás, mientras otros, controlados por un llamado «gabinete negro», se infiltraban en las reuniones elaborando listas de revoltosos que luego entregaban a la empresa.

Yo acabé sufriendo en mis carnes los métodos de aquel «gabinete», que aún funcionaba cuando llegué y a quienes lógicamente no les gustaban los artículos que se fueron publicando desde Madrid y después de varias amenazas tuve que abandonar el pueblo; pero para entonces ya tenía todo el material que precisaba.

La sociedad de Mieres es un reflejo de lo que ocurre en otras zonas industriales de Europa: hay una masa de obreros que malvive enriqueciendo a unos pocos y perdiendo las pocas fuerzas que les deja el trabajo en las tabernas mientras a su lado un pequeño grupo de personajes lo controlan todo como verdaderos caciques.

La Fábrica es propiedad de la familia Gilhou desde que la compró, cuando era un negocio ruinoso, el abuelo de los dueños actuales, un judío francés que llegó a España negociando en lanas. Luego su hijo se hizo protestante y se casó con una católica, ahora los descendientes no creen en nada aunque viven rodeados de curas y frailes. Junto a ellos, otros personajes conocidos como el presidente del consejo de administración, don Alejandro Pidal, o el conde de Guadalhorce, fomentan esta situación de la que obtienen grandes fortunas.

La otra gran empresa del concejo es la Hullera Española, que está en Bustiello, donde todo funciona como se le ocurre al segundo marqués de Comillas, que va para santo, pero que quiere llevar con él al cielo a todos sus trabajadores. Su padre hizo un imperio comercial llevando esclavos a Cuba y él es amigo del mismísimo Rey y uno de los hombres más ricos del país.

En su coto el poder del clero es absoluto y se intenta desarrollar un modelo de relación social que algunos llaman «paternalismo» y en el que el amo es considerado más como padre que como patrón.

Precisamente en estos meses ha traído a los hermanos de las Escuelas Cristianas para que se encarguen de la enseñanza de los hijos de los mineros y a las Hijas de la Caridad para llevar el sanatorio de la empresa, construido en 1902. Mientras tanto, en todo el concejo las asociaciones obreras permanecen cerradas y se ha dejado de financiar a las escuelas obreras.

En el otro lado, tras la huelga, las organizaciones que empezaban a crear los trabajadores han desaparecido. Algunos se han vuelto a sus provincias de origen y otros, como Manuel Llaneza, un joven socialista, que ya tenía alguna fama, han tenido que exiliarse en Francia.

Ahora, por fin he logrado que la novela en la cuento todo esto, «Los vencedores», esté en la calle. El editor Pérez de Villavicencio ha accedido a publicarla y acaba de salir en Madrid; quiero pensar que cuando la lean los mierenses vean en ella el retrato de esta época negra que debe dejar de serlo. Yo, sinceramente, ahora que voy conociendo otras esquinas de España, veo por delante un siglo lleno de violencia.

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Manuel Ciges Aparicio nació en Enguera (Valencia) el 14 de enero de 1873 y falleció en Ávila en agosto de 1936 cuando era el gobernador civil de aquella provincia.

Escritor de numerosas novelas y trabajos históricos, entre ellos una biografía de Joaquín Costa, se trasladó a Mieres para informar acerca de la represión que siguió a la «Huelgona» de 1906 y tras residir aquí unos meses escribió la novela «Los vencedores» en la que retrata la vida de las diferentes clases sociales de la villa en estos años.

La implacable crítica que se hace en sus páginas a la familia Gilhou, propietaria de la Fábrica de Mieres en cuyas minas se había desarrollado el conflicto, determinó que fuese perseguido y amenazado por el llamado «gabinete negro» hasta que tuvo que abandonar la región.

«Los vencedores» se publicó en 1908 y todos los ejemplares que llegaron a Asturias fueron adquiridos por los dueños de la Fábrica. Dos años más tarde vería la luz «Los vencidos», donde el autor retrataba la vida en otras dos cuencas mineras: Río Tinto y Almacén.

Amigo personal de Manuel Azaña, durante la II República Ciges Aparicio fue gobernador civil de Baleares y después de Ávila, donde fue fusilado al comienzo de la guerra civil.

Otras obras suyas son «España bajo la dinastía de los Borbones», «La romería», «El juez que perdió la conciencia», «Circe y el poeta» y «Los caimanes».

La reedición de «Los vencedores» es una deuda histórica para la cultura mierense.

Este artículo pertenece a Ernesto Burgos y aparece publicado en el diario "La Nueva España" en su edición del Lunes 30 de agosto de 2004. En el intento de rescatar del olvido a determinados autores POPNOX no duda en colaborar a la extensión masiva de todos los trabajos que tengan idéntico propósito.

sábado, agosto 21, 2004

QUINCE AÑOS SIN JOSÉ DOVAL, UN INTELECTUAL ÍNTEGRO (por JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ)



Tres lustros hace ya que la cultura asturiana perdió, en la flor de la vida (había nacido en 1948) y de un día para otro, de modo fulminante, al profesor de Literatura José Antonio Doval Liz. Cuando nadie se moría joven en la Facultad de Filología de Oviedo, tenía que tocarle la china a la cabeza mejor amueblada del vetusto edificio de la plaza Feijoo. Cuando tanto docente revoloteaba por los pasillos cacareando sus viejos apuntes tomados en años de estudio sin provecho, tenía la señora de la guadaña que reclamar a quien con sólo su talento estaba llamado a brindar su magisterio a las sucesivas promociones de filólogos. Pero Doval, la discreción y humildad en persona, «la debía», como se dice en la Asturias popular, y ese recibo le fue cobrado. Era la mejor presa, la más desprendida, la que iba esparciendo la semilla que germina robusta; era aquel cuya permanencia se hacía irrenunciable para el vigor de la fortaleza universitaria. Frente a la incompetencia y las zancadillas de alguno de sus propios colegas, que no soportaban su portentosa capacidad intelectual, y que indujeron a Doval a plantearse el cambio de Universidad; frente al irrespirable hedor del compadreo y la ineptitud, José Doval constituía la esperanza y los buenos y nuevos tiempos que se avecinaban. Era el hombre forjado en el espíritu del 68, insobornable en sus juicios pero comprensivo ante los novatos, lector y guía enteradísimo, aunque en absoluto exhibicionista de sus muchas y compartibles erudiciones. Doval dejaba a todos encantados, perplejos ante las cimas que nadie dudaba escalaría con el brío de un francotirador del pensamiento cien por ciento intuitivo. Charlar con él resultaba una aventura a la que no se le quería poner punto final, pues los asuntos que nos eran de afición común se engarzaban en su deliciosa locuacidad. Tal era así que lo que de Doval aprendí en esos improvisados «tête à tête» prendió con semejante garra que luego no se fue al reino del olvido, lo contrario de tanta «forgaxa» como se daba en las asignaturas regladas. Con Doval eso era impensable, ya que representaba el prototipo de enseñante que no se había distanciado de su entorno: cordial, atento, siempre condescendiente, despertando simpatías por doquier, huyendo de la pose encapirotada de la tarima, jamás imponiendo sus ideas sobre las que el alumno pudiera tener, consciente en todo momento del material humano con el que se enfrentaba, reviviendo quizá sus años de estudiante y supliendo las carencias que él seguro padeció. Por eso su fortuita muerte, en la primavera de 1989, cayó sobre mí como una dura losa de inexplicables e irresolubles enigmas, y aún hoy la revivo como uno de los primeros zarpazos acongojantes con que nos regala el fin de la adolescencia. Siempre consideré su fallecimiento una pérdida irreparable porque la talla de Doval fue algo irrepetible en la comunidad educativa, ya que, sin pretenderlo, daba lecciones hasta a sus maestros, como así sucedió cuando en 1985 defendió, en acto académico y con multitudinaria presencia de alumnos (¿cuántos con mando en plaza pueden decir lo mismo?), su tesis doctoral «La obra narrativa de Álvaro Cunqueiro: "El año del cometa"», en la que algún catedrático miembro del tribunal, al no poder refutar o puntualizar su sólida argumentación, se dedicó a observaciones risibles para el auditorio allí presente, como que en la página X faltaban dos comas, que en la numeración de las notas a pie de página había una repetición, que en tal sitio se le había escapado un acento, y menudencias de esta catadura que no iban a parte alguna y que en nada afectaban al enfoque que Doval había hecho de la obra de su admirado autor de Mondoñedo (también le fascinaba Joan Perucho, al que dedicó artículos esclarecedores y densos) desde la perspectiva de la psicocrítica, es decir, de aplicar el psicoanálisis al estudio y desentrañamiento de las creaciones literarias. Cuando terminó la lectura de su tesis y se le concedió la máxima calificación, el aplauso de la sala fue atronador, y el contento general de los allí congregados, unánime hasta el grado de dejar con cara de póquer a algún envarado componente del tribunal, que se preguntaba qué era lo que pasaba allí con ese flamante doctor llamado José Antonio Doval Liz. Lamentablemente, la versión definitiva de esta tesis nunca se editaría, pese a que la propia Universidad ovetense cuente con un servicio de publicaciones orientado a tales propósitos, y sólo dispongamos de fragmentos del trabajo de Doval dispersos en forma de breves ensayos en publicaciones académicas como la pontevedresa «Grial» o la asturiana «Archivum», donde resplandecía lo que el filósofo Lluis Álvarez definiría como «l'enclín filosóficu de Doval y esa aposentada distancia crítica que lu caracterizaben». Dos años más tarde, en 1987, Doval daría otra muestra de su innato poderío al ganar con limpieza, rotundidad y hondura sapiencial las oposiciones a profesor titular de su Universidad, en la que llevaba enseñando una década: al margen de las pruebas obligatorias, ofreció una disertación ejemplar sobre el período que va del Modernismo a la Generación del 98, que Martínez Cachero, que presidía aquel tribunal y le había dirigido la tesis doctoral, calificaría como pieza «magistral por documentada, ponderada y bien dicha». La carrera ascendente de Doval se materializaría también en su designación como director literario de la editorial catalana Alta-Fulla o en la preparación de algunas ediciones críticas modélicas, cual fue la que para la casa Laertes dispuso de la obra dieciochesca de Leandro Fernández de Moratín «Viaje a Italia»; actividades que compaginaba con su propia producción como narrador anticonvencional, con relatos diseminados por diferentes publicaciones -que habría que reunir sin más pérdida de tiempo- y su novela corta «Los caminantes en la Corte del Rey Dormilón» (Gijón, Noega, 1982), atípica fábula mitad fantástica mitad irónica sobre cuatro curiosos peregrinos. José Doval fue un peso pesado de la literatura asturiana, una rara esmeralda pulimentada, y sus innovadores y complejos conocimientos de la materia sobre la que trabajaba se asentaron en sus abundantes colaboraciones -tocadas por una perfección estilística que se da muy de tarde en tarde-, que acogieron periódicos y revistas como «Juan Canas», «Asturias Diario», «Ábaco», «La Voz de Asturias», «Papeles de Cine», LA NUEVA ESPAÑA (amén de sus artículos firmados con su nombre o con el seudónimo Perfecto del Viso en el suplemento «Cultura», escribió un extraordinario recorrido por los entresijos poéticos de José Ángel Valente cuando se le concedió el «Príncipe de Asturias») o «Los Cuadernos del Norte», donde fue mano derecha de Juan Cueto y en los que tradujo ensayos del francés, algo que ya había hecho, años atrás, con la obra del filósofo M. Blanchot «La risa de los dioses» (Madrid, Taurus, 1976) o con la de Calvet «Lingüística y colonialismo. Breve tratado de glotofagia» (Gijón, Júcar, 1981). Hace 15 años se fue el profesor amical, el conversador envolvente; perdimos al investigador inquieto, brillante, al narrador entretenidísimo y cómplice, a uno de los últimos intelectuales íntegros que pasó por la Facultad de Letras de Oviedo.

(Este artículo fue publicado en el diario "La Nueva España", de Asturias, el día 20 de agosto de 2004. Lo reproduce POPNOX, con gracias anticipadas al periódico y a su autor, nuestro amigo Campal, por el enorme interés que la figura de José Doval tiene para nosotros, y especialmente para Casimiro Palacios.)

En recuerdo de Doval Liz



Acabamos de llegar, mi señora y el que suscribe, de las antaño soleadas tierras de Ledesma y al abrir el diario me encuentro con un artículo entrañable de José Luis Campal, en remembranza de un inolvidable maestro: José Doval Liz. Vivo para siempre en la memoria de cuantos tuvimos la suerte, la inconmensurable fortuna de cruzarnos con su magisterio y su persona por esos azares tan funestos unas veces, otras tan maravillosos. Vivo para siempre en su escasa, y más valiosa si cabe por este motivo, obra. De mi breve paso por el edificio histórico de la Universidad Literaria de Oviedo pocas cosas dejaron huella; el compañero Pendás y su epistolario en los periódicos asturianos, Magdalena y José Doval. Son un tesoro que guardo en mi imaginario. Gracias.

domingo, agosto 01, 2004

Poesía en agosto. Poesía siempre



El bobo (*) pronostica:
no ganará el Madrid si juega Santillana.
Ya sabemos que los bobos (*) andan
continuamente pronosticando.
¿Quién no ha oído a algún bobo(*) predecir la tormenta
desde el retrete? ¿Aciertan?
No lo sé con certeza, pero he visto,
cuando lo bobos (*) sufren de diarrea,
que el ayuntamiento repara los pararrayos a toda prisa.


(*) ambas bes, oclusivas.

Poema de Felipe Nuñez del libro "Balizamiento para un aterrizaje nocturno.Poemas 1975-1985" Madrid Calambur Editorial 1998