miércoles, junio 30, 2004

ARS POETICA 1993 DE FRANCISCO J. LAURIÑO



Me encontraba yo ante el folio en blanco cuando se me ocurrió -ahora que está tan poco de moda- tomar de la estantería que me contempla frente al escritorio un libro de Lenin -editado en Cuba, además-. Allí, y sin proponérmelo, me encontré con una metáfora y con una apostilla por el uso de esa metáfora. Lo que se desprenda de las declaraciones de literatura dirigida preconizada por Lenin es harina de otro costal y no es momento éste para tratar del tema.

La metáfora: “La literatura debe ser (…) ‘rueda y tornillo’ de un solo y gran mecanismo (…), puesto en movimiento por la vanguardia consciente de toda la clase obrera”.

La apostilla: “’Toda comparación cojea’, dice un proverbio alemán. También cojea mi comparación de la literatura con un tornillo y de un movimiento vivo con un mecanismo. Hasta saldrán por ahí, tal vez, intelectuales histéricos que armen alboroto a propósito de esta comparación, de la cual dirán que degrada, entorpece y ‘burocratiza’ la libre lucha ideológica, la libertad de crítica, la libertad de creación literaria, etc., etc. (…) Sin duda, la labor literaria es la que menos se presta a la igualación mecánica, a la nivelación, al dominio de la mayoría sobre la minoría. Sin duda, en esta labor es absolutamente necesario asegurar mayor campo a la iniciativa personal, a las inclinaciones individuales, al pensamiento y a la imaginación, a la forma y al contenido. Todo esto es indudable, pero sólo demuestra que la función literaria del Partido del proletariado no puede ser identificada mecánicamente con sus demás funciones.”

Hasta aquí Lenin. Lo que a mí me interesa (a pesar de que reconozco la extensión de la cita) es la forma -o la manera, que no quiero abundar en tecnicismos-, la forma en sí, tanto de la metáfora como de la apostilla. “Rueda y tornillo”, engranaje. Mecanismo. Labor humana, artificio humano, con una técnica y con unos desarrollos, con una fuerza impulsora que podría ser la creatividad. Y, desde luego, y siempre, con unos resultados.

Cuando un escritor se muestra ante los demás, ante la realidad, sus desnudeces -que suelen ser múltiples- lo dejan desvalido y en ese desvalimiento es, precisamente, en el que nosotros aparecemos, integrando movimientos, actos, congresos, charlas, revistas, asociaciones, suplementos de periódicos… Que son, a la vez, una salida, un ponerse a tiro de los demás, de los que no son escritores, de los que contemplan la realidad no como susceptible de ser novelada, poetizada, literaturizada, sino como el devenir de lo cotidiano hasta el fin de los días, sin más.

Hace tiempo, cuando las Casas de la Cultura de Sama y de La Felguera no olían a pintura recién echada también hacíamos “actos literarios” (muy entretenidos). También éramos acólitos de nuestra preciada religión. Porque entre las personas siempre ha habido quienes se exponen o exponen sus productos -artísticos- ante los demás, con ese afán exhibicionista que debe caracterizar a todo buen artista.

Y seguramente que esta actividad no cesará cuando nos hayamos hecho viejos. Y todavía después de nuestra muerte habrá quien siga haciendo lo propio a costa, ya entonces como empieza a ocurrirnos ahora, de que le tilden de atrasado por no usar demasiado el cerebro electrónico. Pero es que la realidad, es decir, esos “los demás” de los que vengo hablando, casi siempre han sido la dulce traba que se nos opone. Sin ellos, sin ella, no existiríamos, no obstante su crueldad y el que castiguen a quien abunda en excentricidades, en visiones de las cosas que se salen de lo corriente. Toda literatura, incluida la realista, estará siempre basada en la “personalidad inalienable del artista que crea”, idea que tomo de Juan Luis Alborg en su “Introducción” al tomo I de la Historia de la Literatura Española.

Si Vds. escriben y no están demasiado encerrados en sí mismos, en sus cenáculos literarios, si conocen personas y tienen amigos dentro de esa dulce y cruel realidad, distinta a las tertulias, a los congresos, a las facultades de letras y a los libros, incluso si conocen a personas que no leen, sabrán perfectamente lo que es que le tilden a uno de loco o incluso de inútil y de vago. La última vez que hablé con un adolescente, que no lee -salvo periódicos deportivos-, haciendo alusión a mi condición profesional de funcionario, pero sobre todo, a mi pose de autor de líneas escritas, me llamó “parásito”. ¿No les suena? ¿No se lo han llamado a Vds. alguna vez? Coexistamos con ellos, pero no perdamos la línea conductora -Vds. tómenlo como gusten, pero a mí me lo quiero aplicar decididamente- de la agudeza vital, de la revolución literaria. Si el concepto de vanguardia todavía no ha perdido su vigencia -y yo creo que no, porque es el movimiento por excelencia del siglo que nos ha tocado en suerte- seamos entonces vanguardistas, seamos revolucionarios.

Y pensemos que, pese a quien pese, la realidad también, y sobre todo, es nuestra; que la literatura es la actividad más entretenida en esta caduca sociedad televisual de monos de poco pelo.



(C) FRANCISCO J. LAURIÑO, 1993.

TURÓN BAJO EL TERROR DE LOS ZOMBIES (Argumento para un cortometraje, por Severino García Fernández)





No solo son mías las sensaciones. También he consultado con el teléfono de Rappel y con el de Aramís Fuster. -¿Tendrá algo que ver con los mosqueteros?-). Vivo en tensión, están demasiado cerca. Porque son zombies. No pueden ser otra cosa. Los cadáveres de Turón son zombies.

No cabe pensar que a algún empleado del cementerio se le haya ocurrido, por puro entretenimiento, trasladar los cadáveres a un vertedero de basuras porque no sabían que hacer con ellos. Tampoco había en ellos líquido sexual alguno ni señales de magia de ningún tipo. No, no es cosa de aficionados.

Piensan los periodistas que es una cuestión política (¿que otra cosa podrían pensar los periodistas?). También podrían plantear un criadero de buitres, como extensión del parque temático de Lena, sostenido con los cadáveres de poco alquiler de nicho.

Los muertos se revuelven en sus tumbas y salen incitados por la magia vieja que me ha marcado. Salen de sus tumbas guiados por el olfato, por eso aparecen en el vertedero cuando sus escasas fuerzas se terminan al amanecer. Por eso no les ve nadie. Sólo me buscan a mí.

Eliseo es el otro portador de la maldición. Pero Eliseo está fuera; estoy solo. Cuando me hicieron la magia me dijeron lo de la marca de los pies, lo del olor. Admito que los pies me huelen mal, pero decir que es una pestilencia sobrenatural me parece excesivo.

Había sido un juego de magia con un desconocido, en alguno de tantos viajes a la costa. Nos dijo que nos podría conceder un deseo, pero que, tras unos años de disfrutarlo, vendrían a cobrar el alma en efectivo, es decir con cuerpo y todo. Al parecer tenían un cierto mosqueo en el infierno con los que se arrepentían a última hora. Nos dijo que nos dejaría una señal en los pies y que por ella nos encontrarían para saldar la deuda. También podrían habernos pintado una raya, pero lo cierto es que desde entonces a mí los pies me huelen bastante y los de Eliseo apestan como si se le hubieran muerto los dedos hace meses.

Ya me había dicho Severo, el guardia civil, que lo mío no era normal, pero no me había preocupado hasta ahora. Yo, que entonces era de Camilo Sesto más que de cualquier otra cosa, deseé la mujer de mi vida y una familia... Pero no los he disfrutado nada; el contrato decía que tendría tiempo a disfrutar el deseo.

Sólo me queda comprobar si los zombies se sienten atraídos por mí. Si veo que se me acercan intentaré escapar y sabré que tengo que ir muy lejos... por eso escribo estas notas desde Turón, con mi condena exudando a través de los carapijos.

Creo que antes de emprender la aventura olvidaré esta agenda sobre la mesa de la cafetería.


(Último documento conocido de F.J. Lauriño antes de su desaparición en Turón el 31 de Octubre de 1998.)


lunes, junio 28, 2004

IN MEMORIAM JAMES DOUGLAS MORRISON (1943-1971), por Francisco J. Laurño



James Douglas Morrison nació en Melbourne, Florida, el 8 de diciembre de 1943, hijo de un alto oficial de la marina norteamericana. Aunque siguió estudios en la U.C.L.A. (University of California, Los Angeles), sus dos grandes vocaciones, la música y la poesía, no eran, precisamente, el camino que su autoritario padre habría preferido para él. Conocido como Jim Morrison, fue el cantante y alma de un grupo que revolucionó la música moderna en los año ’60, con puestas en escena teatrales, improvisación de poemas combinados con música en las actuaciones o diálogos directos con el público. El grupo se llamaba “The Doors”, nombre inspirado por la frase de William Blake “There are things that are known and things that are unknown, in between are doors (“hay cosas que se conocen y cosas que se desconocen, entre ellas están las puertas”).

Pero la faceta más desconocida de Morrison es la de escritor y poeta, apasionado lector de Louis Ferdinand Céline y de William Blake. Hace unos años que ha empezado a recuperársele como tal y las compañías multinacionales -mercaderes- se han ido aprovechando de los aniversarios de su fallecimiento (3 de julio de 1971, en que las drogas y el alcohol le llevaron a la tumba que hasta hace unos años ocupó en el cementerio “Père Lachaise” de París, a la temprana edad de 28 años), para revender su imagen mitológica, pues fue ídolo de multitudes, venerado y sacralizado como “rock star” entre los años ’60 y ’70. Pero de ello, los aficionados a sus versos -impresos en papel o en vinilo-, hemos sacado, también, un beneficio: la reedición de discos y poemas, pese al único sentido venal de algunas de esas ediciones, que no aportan nada nuevo.

Como botón de muestra de su creación menos conocida, y a pesar de que en el mercado español circula alguna traducción, me permito recrear (traducir), del inglés al castellano, algunos fragmentos significativos de uno de sus poemas más extraños, extravagantes e inquietantes:



"EL OJO (“Eye”)
(Fragmentos)

……………………………………..
El ojo es una boca hambrienta
Que se alimenta de mundo.
Arquitecto de mundos de imagen
que compiten con lo real.
Hay planetas gemelos
en el cráneo.
El ojo es dios. Y el mundo,
porque tiene su ecuador.”

“Arrancad el ojo de un animal en la oscuridad y ponedlo ante un objeto claro y brillante, una ventana abierta al cielo. El perfil de tal imagen se graba en la retina, visible para el ojo desnudo. Este ojo extirpado es como una primitiva cámara en que la púrpura visual de la retina actúa como emulsión.

“A Kuhne, tras sus éxitos con los conejos, le fue entregada una cabeza de una víctima de la guillotina. Extrajo el ojo rajándolo por su ecuador. La operación se llevó a cabo en una sala roja y amarilla. La retina del ojo izquierdo le ofrece una imagen tan definida como ambigua, indeterminable. Se pasó los años que siguieron en busca del significado, de la naturaleza exacta del objeto, si realmente lo era.

“Las ventanas son los ojos de la casa. Que vuestra miopía mira al exterior de la prisión corporal, otros se asoman al interior. No son miradas de dirección única. “Ver” implica siempre la posibilidad de un daño a la intimidad, porque mientras los ojos revelan el enorme mundo exterior, nuestros propios espacios internos, infinitos, se abren para los demás.

“Saulo de Tarso, en camino hacia Damasco. La ceguera le elevó hasta San Pablo.

“¿Por qué ha de ser santa la ceguera?

“La alquimia le ofrece al hombre un heroísmo original. El Mani enseña que el mensajero del Dios Supremo de la Luz ha creado al hombre como asistente para que contribuya con sus existencia y esfuerzos a reunir los átomos de luz dispersos y débiles y a transportarlos hacia la altura. Porque la luz ha brillado en la oscuridad y se ha desgastado y está en grave peligro de ser consumida enteramente.

“El hombre puede asistir a la salvación de la luz.

“Al proceso de transformar los metales básicos en oro se le llama ‘proyección’.

“En la penumbra, la forma se sacrifica por la luz. En la iluminación, la luz se sacrifica por la forma.

“Código de la luz. El ojo está enfermo. Extraedlo. El médico extirpa el ojo para salvar al cuerpo. Para hacerlo, tiene que cortar el nervio óptico, conexión del ojo con el cerebro. Antes de la anestesia, se ha dicho con frecuencia, el paso del escalpelo creaba luz en vez de dolor.

“Gradualmente, los objetos se construyen fuera del cuerpo.

“El ojo surge de la luz, para la luz. Órganos y superficies indiferentes evolucionan hasta su forma única. El agua le da su forma al pez, al pájaro el aire, la tierra al gusano. El ojo es un animal de fuego.”


(C) FRANCISCO J. LAURIÑO, 1991.

sábado, junio 26, 2004

Un leve aleteo



http://pucheroquitapenas.blogspot.com/

Concurso


Premio Juan Rulfo 2004, de novela corta. (30 de agosto de 2004).
____________________________________

1° Se puede participar con una obra en lengua española, original e inédita. Tema libre.

2° Su extensión: ochenta páginas mínimo y no exceder ciento veinte páginas, veintidós líneas por página, mecanografiadas a doble espacio y de un solo lado.

3° Al ganador se le otorgarán 9.000 euros.

4° Al final de la obra deben figurar nombre, apellidos, teléfono, dirección del autor y su dirección electrónica, si la tuviera. Los originales no serán devueltos ni se remitirá acuse de recibo. Enviar un solo ejemplar.

5° El plazo de admisión de las obras se cerrará el 30 de agosto de 2004. El matasellos de correos dará fe de la fecha de envío.

6° El fallo del Jurado se anunciará a mediados de diciembre de 2004.

Jurado: Juan José Saer, Eduardo Manet,Javier Cercas, Julián Ríos, Manuel Rivas, Paco Ignacio Taibo II, Aline Schulmann, Florence Delay, Michéle Gazier, Raphaelle Rerolle, Claude Fell, Michel del Castillo, Alberto Bensoussan, Jorge Volpi, Patrick Rosas, Fernando Aínsa y Ramón Chao.

7° Los autores de las obras premiadas ceden los derechos a los organizadores para su publicación y difusión. Las obras premiadas podrán ser leídas visitando www.rfi.fr y www.fondachao.org.

8° El envío de las obras deberá hacerse a :

RADIO FRANCIA INTERNACIONAL
Servicio de lengua española
Concurso "Juan Rulfo"
116 Avenue du President Kennedy
75786 - PARIS CEDEX 16
FRANCIA

Más información: premios.rulfo@rfi.fr



Más premios y convocatorias: www.estandarte.com/concursos/certamenes.shtml
Envíanos más bases de premios literarios: editor@estandarte.com




jueves, junio 24, 2004

Estou a seguir



Cinzas, só cinzas,
Intangiveis manifestações de nos.
Zuído no zambujal do desejo.
Acre o sabor de nosso rasto.
Manequím preguiçoso
Fiqué deitado no chão

miércoles, junio 23, 2004

Fico deitado


No chão
Sob a advocação
Da malandrice
E o pequenique.


ENSAYO DEL COMPROMISO (por Francisco J. Lauriño)


BREVE RECORRIDO POR EL COMPROMISO LITERARIO E INTELECTUAL EN LATINOAMÉRICA

Hay veces en que el escritor, el artista o el intelectual se enfrentan a su propia soledad y es entonces cuando se descubren marchitos, tristes, huecos… (“impenetrables, como un cisne de fieltro”, que diría Neruda). Y es en ese momento cuando su ego puede enfrentar la nueva empresa de verse reflejado en los demás y de ser un principio motor en los cambios sociales, políticos…, en la revolución (llamémosla así sin ningún temor).

Cuando pasamos la nómina más usual de los escritores hispanoamericanos (permítaseme el término, con el que pretendo designar a quienes, siendo americanos, escriben en español; por eso mismo no digo “latinoamericanos”, que es, más bien, término geográfico que lingüístico), cuando pasamos lista, digo, a tales escritores, nos encontramos con un potencial revolucionario que, a veces, no se ha diluido del todo en la pura elucubración antipragmática y meramente teórica. Uno de los “héroes” nacionales por excelencia que la Revolución cubana más ampliamente ha exaltado, y hasta hoy lo sigue haciendo, es nada menos que el insigne escritor José Martí. Y no por pura “estética”, no por insufrible “iconografía”, sino con toda la razón del mundo, porque Martí murió en combate, luchando por la Independencia americana y dando una contundente prueba de unidad entre acción revolucionaria práctica y acción mental.

Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Ciro Alegría, César Vallejo, Pablo Neruda o Julio Cortázar, sin desear traer a colación todos los nombres -porque serían demasiados para anotar aquí-, son suficiente botón de muestra para observar el grado de compromiso de la literatura en Sudamérica. Pero el arte puede aun ir más allá; por ejemplo, es fácil recordar las pinturas expresionistas revolucionarias de uno de los grandes difusores plásticos de la Revolución mexicana, José Clemente Orozco, en cuya esencia algunos han visto una relación colateral con la estética de ciertos western.

En la gran novela El Mundo es ancho y ajeno (cuya lectura recomiendo a todos aquellos que crean que ya lo saben todo o casi todo sobre los indios del Sur de América), su autor, el peruano Ciro Alegría (maestro del poeta y comunista César Vallejo, quizás más conocido en nuestro ámbito por razones extraliterarias), asienta claramente las bases de una literatura de denuncia. La estructura narrativa de la obra le mereció premios internacionales y el reconocimiento de autores tan importantes como John Dos Passos, pero es su fuerte grado de lirismo, que se plasma en la descripción de una comunidad indígena, regida por un “comunismo” primigenio, lo que más cala en el lector. La novela nos cuenta la destrucción de esa comunidad y la consiguiente esclavización del indio por el hombre blanco. El desarrollo pormenorizado de la esclavización nos hace asistir, vivéndola desde el punto de vista del autor que denuncia, pero sufriendo, a la vez, con el indio, a sus distintas manifestaciones: los extractores del caucho (memorable capítulo el titulado “Sangre de caucherías”), los recolectores de coca, los peones de las minas de wolframio (primer potencial revolucionario por ser la única “zona” de la novela en la que aparece algo similar a “obreros” con conciencia -cierta conciencia- de clase, que ya no son indios sumisos e inocentes, ni fáciles de doblegar, y que llegan, incluso, a morir luchando y a enfrentarse al imperialismo del Norte cantando “La Internacional”)… La novela, de 1941, si algo tiene de terrible es que narra hechos que aun hoy pueden seguir sucediendo. Por eso el intelectual tiene el deber de seguir comprometido con el pueblo, como Ciro Alegría lo estaba entonces. En cierta medida, y teniendo en cuenta la situación internacional que no toca vivir, las circunstancias siguen siendo, si no exactamente las mismas, tristemente parecidas.

El Premio Cervantes paraguayo Augusto Roa Bastos, también puede ser un buen ejemplo, fuera, claro está, de los más conocidos García Márquez, Cortázar, etc., que por serlo no merecerán tanto mi atención ya que nada novedoso podría aportar. Haré mención expresa de dos novelas de Roa Bastos, Yo el Supremo y, sobre todo, Hijo de Hombre, una impresionante obra en la que la férrea constancia del pueblo, con sus misticismos, sus tradiciones y sus miedos, es el eje central. En ella el símbolo se mezcla con el más puro realismo, la ternura con la atrocidad: pero por encima, y ejemplificada en la peripecia personal del protagonista, Crisanto Jara, aflora la inamovible presencia del pueblo. Ya el inicio de la novela, con unos versos en guaraní, nos lleva, desde esa seña de identidad, a la penetración en la colectividad paraguaya, pues se nos cuenta la resistencia a la dictadura desde mediados del siglo XIX hasta la famosa y absurda guerra del Chaco, ya en los años 30 de nuestro siglo, en la que muchos hombres dieron su sangre disputando un pedazo de desierto. Como nos dice en su Historia de la Literatura Hispanoamericana Jean Franco, “la línea de ferrocarril [es] el símbolo moderno de la rebelión, ya que fue aquí, en la estación de Sapukai, donde dos mil paraguayos murieron a causa de una bomba gubernamental durante la rebelión armada. Cada generación es diezmada, pero la lucha nunca termina del todo”, porque esa es la lucha justa, la que debe llevar, tarde o temprano, al triunfo final.

Escritores-activistas revolucionarios, escritores-teóricos; intelectuales de compromiso… En este recorrido sería injusto no citar a dos grandes desconocidos que deberían ser ejemplo y espejo de activistas y organizadores: Luis Emilio Recabarren y José Carlos Mariátegui, fundadores del Partido Comunista de Chile y del Partido Comunista del Perú, respectivamente. Volodia Teitelboim, que perteneció a la dirección del P.C. de Chile, en un artículo titulado “Los comunistas, la cultura y la revolución”, dice de ellos que “son dos figuras señeras, porque encarnan la fusión del pensamiento político con la organización obrera y la creación de los partidos hermanos en sus países respectivos”. Y ese es el punto clave: saber aunar las dos perspectivas.

Ese morir en la lucha por la razón (que es la Independencia para José Martí, la Revolución en Bolivia para Ernesto “Che” Guevara, la erradicación de la injusticia en Nicaragua para Gaspar García Laviana o en El Salvador para Monseñor Romero, el mantenimiento del orden democrático en Chile para Salvador Allende, etc., etc.) es el reflejo sumo de que la inteligencia debe estar al servicio del pueblo. Esa es la causa de las palabras de Oscar Romero, que han dado la vuelta al mundo: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. (…) Como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad”. Y así porque ese deseo interior que el intelecto ha de tener de justicia no es privativo del comunista o del socialista revolucionario; también aparece en el cristiano que, con la Teología de la Liberación, se vuelve hacia sus orígenes y comienza a creer en un Cristo humano-divino, cuyo discutible mensaje revolucionario aplica él en beneficio de los pobres y en contradicción con una iglesia oficial cada día más derechizada, con la que discute y, a veces, se enfrenta más o menos veladamente. Hace unos años decía en Oviedo Fernando Cardenal, jesuita y, en aquellos momentos, ministro de cultura del gobierno sandinista de Nicaragua, que la iglesia siempre se había equivocado en beneficio de los ricos y añadía que si ellos -los representantes de la Teología de la Liberación- estaban equivocados, ya era hora de hacerlo en favor de los pobres. Esa es la mejor definición que sobre esa doctrina he escuchado; y me parece ejemplar.

No quisiera acabar sin hacer una reflexión de paso. Quien se sienta ajeno a los problemas del Tercer Mundo (y aunque yo ejemplifico en Sudamérica no me olvido de Asia ni de África) es que se siente ajeno a sus propios problemas. La posición de privilegio que el Norte del Globo posee con respecto al Sur no significa que lo que acontezca en los países subdesarrollados no nos afecte a nosotros. Y ya no solo como visión de un problema de humanidad, de moralidad o de simple y llana justicia, sino como una cuestión capital para el destino del mundo.

Como en su día dijera Mariátegui, el futuro de los países del Sur de América tiene que ser socialista. Allí donde la crudeza del sistema capitalista se siente con mucha mayor intensidad, es precisamente donde tiene que rechazársele más. En bien de la justicia.



(Este texto se había preparado para leerlo como conferencia en unas Jornadas sobre Solidaridad celebradas en Gijón el año 1989. Se pasó una copia mecanográfica del mismo, con diferencias con el que precede, a los asistentes a dichas Jornadas, pero no fue leído por indisposición del autor. LO HE REVISADO, PARA ACTUALIZAR ALGUNAS COSAS Y CORREGIR OTRAS, ANTES, E INCLUSO DESPUÉS, DE SER INCLUIDO EN POPNOX.)


FRANCISCO J. LAURIÑO
(C) 1989-2004

lunes, junio 21, 2004

En cada rostro igualdad



Vuestros rostros y los nuestros
No hacen sino uno, yo.
Tan igual a mi mismo
Pero siempre distinto.

UNA NOTA (fantasía narrada por Francisco J. Lauriño)



Cuenta Ambrose Bierce cómo han de ser los sueños. Cómo su consistencia se basa en la omnipresencia del yo, un ego que se puede escindir de sí mismo para permanecer o, al fin, para la extinción.

En una ocasión, agitado, debí revolverme en el lecho con la boca seca, ocupado en aterrarme con aquel desfile de realidades que en el entonces sí que eran tangibles. La luna se estremecía, fría, en el cielo, que era un opaco toldo, como de barraca de feria, que amenazaba caerse. El paisaje era blanco, o no, más bien azul. Yo, solo, caminaba. Tan excesivamente despacio que, a pesar del ahínco con el que impulsaba las piernas, no conseguía sino avanzar pocos milímetros cada vez. Una fuerte sensación de ahogo comunicaba a mi garganta primero, y luego a mis pulmones, la negación de la vida, de mi vida que yo ya anticipaba extinta, y a mí simple fantasma evanescente.

Pero el avanzar pesadillesco, aun lento y aterrador, desembocó luego en un mar de sensaciones, cáusticas esta vez y corrosivas. Mi cerebro estaba a punto de estallar, pero no le era posible. Sabía que solamente esa podía ser la auténtica liberación: morirse para, así, despertar. Porque ni mis propios gritos eran capaces de conseguir el milagro.

La casa era lóbrega y gris. Un empleado del economato me estaba esperando. Era el que manejaba el émbolo del aceite a granel cuando, en la infancia, acompañaba a mi madre a la compra. El hombre, que, a pesar de ser conocido, no tenía rostro, me incitó a pasar a lo que yo ya sabía que eran unas oficinas. Me hizo una mueca extraña con su boca invisible y fue ahí cuando noté que me habían robado el coche. De nuevo, una sensación. Y mi cerebro penaba, deseaba estallar.

La sangre lo ocupaba todo. Y hacía flotar los cuerpos. No recuerdo nada más. Entonces quise despertarme, supe que estaba escribiendo esta nota, que todas eran imágenes del subconsciente, intuí a Ambrose Bierce más allá de sus libros, más allá de los muros del sueño.

Y me dormí, me duermo, mientras escribo, definitivamente. Ahora sí que es cierto. Mi cerebro comienza el estallido. Y los latidos del corazón se van espaciando, más cada vez, más, más: cada vez más. Creo que me he dormido. Definitivamente.


(Esta nota, cuyo original se adjunta, está escrita con muy mala letra y nos fue difícil de transcribir. Aunque el contenido es un tanto enigmático, es una prueba importante porque se encontró justo al lado del envenenado.)


FRANCISCO J. LAURIÑO
(c) 1990


El resto de nosotros



Hoy nosotros
Es apenas
Yo.

Un apenas
Deshilachado.
Un yo
De esa manera.

Arquitectura efímera
Que se vuela.
Restos intangibles
De la inmensidad menuda.


sábado, junio 19, 2004

Sábado


Aún me gusta el viejo y gastado rock'n'roll apesar de esta mierda de mundo

viernes, junio 18, 2004

ÚLTIMA ENTREGA DE "1982 COLLECTION" (Francisco J. Lauriño)



A NEW BEAT GENERATION

Coches, días, la verdad
de unos burgueses estúpidos,
salidos del fondo de la nada;
días, coches, que se suceden
unos a otros, otros a unos,
adoquines que golpean
la suela de los zapatos.

Jack Kerouac muerto,
en su tumba de Lowell
levanta una mano,
rompe su ataúd
y me pasa, riendo, riendo,
una botella de vino de California
que hace años se bebieron
Neal, él, Ginsberg;
sorbo un sorbo, bebo,
silencioso. Lloro. ¿Por qué
lloras? Lloro por ti, Jack.
No, joder, si yo estoy
bien muerto.
Pero quiero
que salgas a comprar
una gran tarta helada
con Sal Paradise, y que te
la comas toda, toda, y que
luego puedas ver esa bola de fuego
que quema la gran América
que contemplaste, Jack.
Y yo quiero
que me acompañes,
y quiero que me regales
tu palabra, tu acento.
Y odio el pedazo de tierra
de Lowell en que te introdujeron.
Y quiero
viajar de nuevo con Dean
hasta Denver, ver los círculos
que frecuentaste, la Costa Oeste
toda llena de luces y de vino,
de gentes, mejores y peores.
Quiero que Japhy me transporte
al Japón de sus entelequias,
vivir el Matterhorn de nuevo
en las candentes palabras
de tu Ray Smith. ¡No!
No me digas que todo, todo
fueron sueños, incluso aquella
noche junto a la estación de El Paso,
tumbado saco arriba
oliendo los vómitos del tren.
Dime que volverá, que volverá a pasar
el Fantasma de Medianoche,
que Ray rezará a Buda,
que Ginsberg no dejará
de recitar Howl! Howl!
siempre, siempre, bebiendo
una gran garrafa de vino.
Y que desde Berkeley acudirán
sones inapagados de una muchacha
a la que gustaban los erotismos
religiosos-orientales del poeta.
No escondas, Jack, de nuevo
tu mano. Sale tras de ella.
Verás como nacemos de nuevo,
como no habrá nadie
que alcance donde nuestra
idea alcanza, donde con el dedo
tocamos el hocico que se encierra
debajo de nosotros.

Coches, días, la verdad
mentirosa, burgueses estúpidos
que se pasean, que pasean
al perro, a la perra.
-Y yo me acuerdo-
Adoquines que golpean
la suela de los zapatos.
-Y yo me acuerdo-
La suela de los zapatos.


FRANCISCO J. LAURIÑO
(c) 1982

jueves, junio 17, 2004

"PISTOLERO"



“Yo le maté. Soy un asesino, pero nunca me condenarán, estoy seguro. Los jueces son para mí mansas palabras que deshacen mi delito, que lo restringen hasta, en palabras también, hacerlo desaparecer por completo. Si yo maté lo hice para asombrar al mundo con la violencia canora de mi valor para traer lo que desde muy antiguo está reservado a los dioses exclusivamente. Mi yo forma parte del engranaje de esta estúpida máquina, soy consciente de ello; pero mis defensas naturales son directamente proporcionales al arrojo instintivo -asesino- que yo demuestre para con algunos de mis iguales a quienes odio. Precisamente porque son piezas también, pero piezas cuyo funcionar obstaculiza el mío. Me han reprochado algunos que mi lucha debería de ser contra la máquina, para así cambiar, arreglar las cosas y poder seguir siendo. Son unos ingenuos. No me sirven sus teorías, sus igualdades metafísicas y materiales. Yo sé que mi poder reside tan solo en la destrucción, en la capacidad que yo demuestre para destruirles. Y eso nadie lo remediará jamás. Hasta tal punto que he podido engañar a mis jueces. O quizás han sido ellos quienes se han engañado a sí mismos. A mí me es igual. Porque lo realmente importante es que la libertad -la Libertad, o sea, Mi libertad- sale triunfante. Así yo soy quien triunfa también, mi yo, mi ego, mis pensamientos, y quienes piensan como yo. Yo -que a la vez soy mis propiedades- valgo más que todo, estoy por encima de la vida, de la muerte, de los dioses, de mí mismo, incluso. Lo contrario sería negar la evidencia. Quienes crean que soy un probo ciudadano, un buen hombre que se dedica a sus cosas, a sus rutinarios quehaceres de cada día, se equivocan de parte a parte. Porque ese es mi disfraz. Es muy cierto. Es nuestro disfraz.

“Hay quienes, dentro de esa evidencia, lo han apreciado claramente. Esos son los que me odian, los que piden mi pena, mi padecimiento. Lo cierto es que tienen razón, lo que no significa que las cosas vayan a cambiar. Todo el mundo sabe que solo triunfan -triunfamos- los fuertes, los duros, los valientes…

“Recuerdo ciertas historias que me hicieron, siendo yo muy joven, ver la realidad mucho más claramente, que me ayudaron mucho. Eran, generalmente, la ley de la pistola, la ley del más fuerte. El arma y el paraíso. Ese sería, desde entonces, mi dios. No me dolió nada comprobarlo y, más adelante, lo agradecí sin limitaciones. Hubo quien al exponerle mis ideas se sonrojó de vergüenza o de ira y me dijo cosas insultantes (igual que ahora los que han comprendido quien soy yo de veras), pero eso me dio más coraje, más fuerza, más valor. Esos serían mis senderos futuros, mi vida, mis ilusiones. Puesto que yo nunca he tenido una imaginación muy fértil tenía que recurrir a la imaginación de los demás para saber lo que podría sucederme. Les preguntaba y el que más, el que menos, todos me decían algo, subrayando siempre sus alocuciones con la frase hecha, tópico repetido, ‘tú estás loco’, benévolamente, por supuesto. Pero no, yo no estoy loco. La prueba es que no soy yo quien escribe estos secretos. Yo nunca escribiría estas cosas, porque ni sé ni puedo ni debo. Alguien que me ha descubierto lo ha hecho por mí. Y si yo mismo lo hubiera hecho no desbarraría sobre fríos y absurdos arrepentimientos porque eso no va conmigo.

“Es muy probable que nunca más vuelva a repetirse un hecho semejante al que he dado forma con mi sublime capacidad -el asesinato-. Que la máquina no me permita volver a hacer algo así. Lo sé. Y eso me acongoja ciertamente porque toda mi teoría se queda en pobre cerebralismo roto que ni yo mismo he plasmado en el papel. Esto mismo es lo que me ha dado orgullo ante lo hecho, fe en mí mismo, saber estar en todos los momentos. Nadie podrá jamás tacharme de cobarde, porque yo soy, sobre todas las cosas de este mundo, un valiente. ¿Quién como yo se atrevería a matar así, con tanto heroísmo? Trasciendo del Todo y de la Nada, y lo sé; trasciendo de la simple provocación. Yo no soy un provocador. Mis motivaciones y mis actitudes llevan otros caminos. Yo soy un soldado, el único soldado del ejército de mi personal integridad moral y de la física de mis bienes materiales. Llamarme provocador, por eso mismo, resulta, cuando menos, vulgar. Lo mío es cimero, es de cumbre, es majestuoso. Estoy por encima de convencionalismos absurdos. Mi yo no los toleraría porque sería dejarse atrapar. Y a mí la vida no puede atraparme. Es así. Ni los hombres tampoco. Tan sólo mi firmeza en lo que pienso.

“Unos me acusaban -justamente, porque todas las acusaciones eran ciertas-, otros me defendían, otros me miraban con lo que ellos mismos llaman ‘imparcialidad’, ‘objetividad’ -jueces-. Al final los imparciales dieron mi solución: la Mía, la que a los ojos de la objetividad resultaría, si la objetividad lo fuese de veras, falsa, más falsa que Judas. He dicho que todas las acusaciones eran ciertas. La cuestión es que ellos, los acusadores, las enjuiciaban como negativas, y yo como positivas. Naturalmente que esto nunca lo he dicho ni lo diré jamás. Ya he advertido que ni siquiera este texto me pertenece por más que la primera persona así parezca demostrarlo. Más aún, no sólo no me pertenece: lo más probable es que ni siquiera exista. Porque si existiera sería insultante y yo hasta podría demandar al autor. Ya digo que siempre negaré, negaré y negaré. No necesito arrepentirme, ni confesar tampoco. Estoy más allá del bien y del mal. Más allá del infinito, de la existencia, de la materia y de la forma. De la virtud; de la culpa, del pecado.

“Un Smith And Wesson del especial es poca cosa. Se lleva bien y se maneja mejor. Cabe en cualquier parte. Me gustaría que todos los que son como yo llevaran uno encima. No se arrepentirían jamás. Llevarían hasta el fin su instinto de matar. Se realizarían como personas, como animales. Verían abrirse la rosa de su placer ante la mirada atónita del dolor ajeno. Asistirían a un baile de máscaras, de fiebre, de sangre, de penas y de rabia de aquellos a quienes más odian en este mundo. Harían, en suma, lo que yo, y después se sentirían, podrían sentirse por fin, hombres, hombres de verdad y no marionetas afeminadas. Un revólver da la vida a quien lo porta a costa de las lágrimas o de la muerte en el prójimo impuro. Y no es defensa, es algo más, un cosquilleo que sube por la espina dorsal y que desemboca en el cerebro, esa rápida y maravillosa sensación orgásmica de quitarle la vida a un indeseable que ha tratado de hacer frente a los valores que tu privada propiedad representa. Sí, fue como un gigantesco orgasmo que se prolongó durante todo el juicio y que todavía ahora me hace entornar los ojos por el placer que siento. Y todo gracias a mi Smith And Wesson del especial. ¡Qué feliz soy!

“Y no se me puede acusar de nada malo. Las calles de la ciudad son tan mías como antes. Y vivo. Yo soy supremo. Tengo facultad para engrandecer el infierno con almas impías de destructores de la propiedad de quienes poseemos. Todavía, no obstante, habría quien no entendiera mis razones. Eso me parece una tontería. Soy muy claro. Muy racional. Muy lógico. Llevarme la contraria sería como tratar de andar por las paredes. Ahora mismo cientos, miles de hombres me darían la razón. Lo que sucede es que, por respeto a la forma, no lo harán. A mí no me importa. Ni siquiera me importa que se me comprenda o no. Yo lo que quiero es que todo esto acabe cuanto antes. Al fin y al cabo quiero que los chicos de la prensa me dejen en paz. Que no me retraten los fotógrafos. Que no me llamen, aunque sea cierto, asesino por la calle. Que los ciudadanos honrados no sufran por mí. Yo lo que quiero es que se acate la sentencia. Yo lo que quiero es sentir el roce de mi Smith And Wesson del especial y vivir en el recuerdo de mi orgasmo objetivado por los jueces.”

(A la memoria de Raúl Losa,
asesinado en la calle.)



FRANCISCO J. LAURIÑO
(C) 1990

miércoles, junio 16, 2004

1982, poesía de la inexperiencia (Francisco J. Lauriño)



Para J. R. Somoza


¿QUÉ BUSCÁIS DETRÁS DE ESA PUERTA?

Guillaume Apollinaire ha muerto
Y nosotros aquí, siendo, como en el espacio.

Y nuestras musas
Que se queman en piras de vanidad,
Y nuestros versos
Que llaman a puertas vacías.

Guillaume Apollinaire, que ha muerto
Y vuelve a cada instante. ¿Qué nos dejas?

Me han respondido desde la tumba,
Ideas viejas que nunca perecen en el desierto.

Los gatos verdes y sus colas
Desparramadas en el silencio.

Guillaume Apollinaire ha muerto
Y nosotros aquí, siendo, como en el espacio.


Francisco J. Lauriño (C) 1982

martes, junio 15, 2004

LA RABIA (una ficción social por Francisco J. Lauriño)



Nunca leí a Cernuda. Pero esta rabia que siento, nadie mejor que él la supo expresar, bien que motivada por una chispa distinta.

A la humanidad le sobra la cabeza que no tiene; ése es el deseo que lleva a querer cortársela. Vil cucaracha, merece que la aplasten por consentir, como un todo, tanto mal que nos ahoga. Se me ha echado encima todo el aparato, todo el sistema. Ayer me quedé en la calle, casi casi con lo puesto. Cuarenta y pico años, trabajador, mendigo de labor con que mantener a los míos. Ayer el mundo se me vino encima. Nunca sospeché que iba a ser así. Ni toda la humillación. Ni la rabia. Y si no les entendía era porque hay cosas que solo se llegan a saber “después”.

Vendo mis fuerzas al mejor postor. Durante toda mi vida soy mano de obra, de sus obras. Ahora sé que no soy nada para ellos. Y que, si me muero, siempre habrá otros. Más todavía: ahora incluso les he sobrado.

Esto que me resbala por la mejilla izquierda debe de ser una lágrima. Tengo que enjuagármela -no es pena, ni temor tampoco: es rabia, mucha rabia-; debo secármela y aparentar que todo va a seguir bien y que conservo la calma. Hay que razonar. Desencajarse solo serviría para ponerles sobre aviso.

Sin embargo estas cosas que me pasan por la cabeza no las reconozco. Nunca deseé matar a nadie -quizás habré sido cándido-. Siempre me conformé con aquello que me daban. Para mí todo estuvo bien hecho. Y si unas veces perdía algo mío, me sacrificaba un poco más y, sin rechistar, acudía al tajo, incluso cuando los compañeros decían que estaba mal visto, y me insultaban, algunos, por ello.

Pero ahora, ahora es distinto. Ahora lo perdido es todo, o poco menos que todo. Habría que castigarles no votando (¡no!, ¿qué digo?: eso sería muy poco; he de buscar más allá). ¿A dónde me llevará, entonces, esta rabia que padezco?

Tampoco leí nunca a Marx. Ni me suena de nada el nombre de Lenin, ni el de Antonio Gramsci. El nombre de intelectuales inconformistas, como Pasolini, me es desconocido: ni de las carteleras del cine de hace algunos años lo recuerdo (nunca me fijaba en el nombre de los directores, tan solo en los dibujos y en las fotos).

Pero la consecuencia medida de esta rabia que siento nadie mejor que ellos la ha sabido expresar. E, incluso, buscarle soluciones. La solución de la chispa.

No sé qué significa “movimiento obrero”. “Lucha de clases” es para mí algo que oí una vez en un coloquio entre canal y canal.

A la humanidad (debería hablar de clases, humanidad no es el término adecuado) le falta el coraje que necesita. ¿Ya no hay “vanguardias obreras” -¿eso: qué es?-? El aparato, el sistema, tienen que ser perecederos. ¿Es que acaso no lo soy yo mismo?

Nuestro motor ha de ser nuestro triunfo. Permitidme una pequeña confesión: quiero dejar de estar tan solo. Haré todo lo que esté en mi mano. ¿Sabéis? Es que, ahora de verdad, sí que no me queda nada, nada, qué perder.


Francisco J. Lauriño (C) 1996

lunes, junio 14, 2004

1982 collection (FRANCISCO J. LAURIÑO)


ASOLAN MIS NOCHES
Papeles abstractos,
Rebasan mis hechos
Libros de piedra
Que anegaron con vehemencia
Las credulidades pasadas.

No hay más que canales y caminos y misterios,
Surcables espacios
Que, presos de la ilusión,
Bogarán un día con nosotros perdidos sones
De gracia completa.


Francisco J. Lauriño (C) 1982

sábado, junio 12, 2004

Apenas dos






Apenas dos
Así tomados
Que parecen muy poco,
Que se tienen que tocar,
Que para verlos
Se necesita enfocar.

Apenas dos
Así tomados de uno en uno
No son nada, son como polvo.
Lenta e inexorable
Avanza la erosión
De lo que nunca fue.

Itinerario

Itinerario



¿Escribirte porqué? Cuando los habitantes tributarios del poema descienden a los márgenes
Sombríos de la ilicitud y la luz gráfica de la amargura teje los hilos dolorosos del sortilegio,
Y el cuerpo arcilloso de la vigilancia exhala la corrupción articulada del doble…

He aquí el porqué ─porque las músicas dolientes navegaron el otoño
Alpino del sueño. Ahí, junto a los afluentes febriles de la vigilia, el río murmuró
Las vocales marítimas de la emulación. Él cantó un cántico
Primitivo. Este río atraviesa los valles
Longitudinales de la vocación. Él tiene el movimiento glaciar de una madrugada
Noruega. Él es el configurador de eternos infinitos, el contacto litoral
Con una erosión inútil ─la transformación báltica de los grandes
Vapores oceánicos en la cordillera votiva de las pulsiones meridionales. Él asombra
El perfil sinuoso de la influencia. Él rescató
La proximidad periférica de la conjunción. El río, descendiendo por los márgenes
Brumosos del exilio.
Se trata pues de dar cuentas. Nací entre el llanto
Ininterrumpido de las hilanderas de efemérides y la sombra adriática
Del deseo. Mi ama, de crin esculpida en los furores
De octubre, me presagió el remordimiento maduro en el litoral estéril
De un fruto melancólico. Estañó en mi cuerpo la memoria de una infancia
Gutural. No volveré a beber, en la grada del muelle, las palabras sonámbulas
De un improvisador de desasosiego. No volveré a los márgenes opacos
De una soledad agitada. Intento coagular el nevero solsticial
Del instante. Sin embargo, sé que la alucinación no volverá a golpear
El silencio ennegrecido de la época. Heme aquí desabrigado─deletreando la acidez
Trágica del poema.
Esta pagina vino a mi espíritu. Desciende, como un río, hacia los largos estuarios del amor.



viernes, junio 11, 2004

MELÓMANO (un relato de Francisco J. Lauriño)



Así como el tiempo se nutre de nosotros, así mismo, nosotros podríamos nutrirnos de él. Oíd, si no, la historia de mi amigo.

Mariano Muñoz era un apasionado de la música. Sus dos ídolos eran Bdrich Smetana y Jean Sibelius. Los nacionalismos musicales, Falla y Saint Saëns incluidos, estaban para él muy por encima de los nacionalismos políticos; le interesaba la emoción, la vibración, no el contenido en sí. Los cuartetos de cuerda de Smetana eran la quintaesencia de la música de aquel checo divino a quien la sífilis desterró para siempre de este mundo. Pero el gran complemento, sin el que no serían nada, porque todo lo que es lo es precisamente por ser susceptible de comparación e interrelación, ese gran complemento eran los poemas sinfónicos de Sibelius, en especial “El Cisne de Tuonela” y la suite “Finlandia”.

Su pasión era tal que, centrada la atención en estas pocas piezas, se pasaba días enteros -incluidas sus noches, en que se valía de un par de auriculares- escuchándolas. Hubo un momento en que su “vicio” le hizo pedir la excedencia en el trabajo. Comenzó a tener problemas en casa y, nosotros, sus amigos, le fuimos dando la espalda. La afición se había trocado en obsesión y su personalidad se transformaba con el paso de los días y de las noches.

Dejé de verle y todo el contacto se perdió. Era una clase de locura tal que huimos de él sin saber muy bien el porqué. Pero muchos años después, en una visita que hice a mi ciudad natal, quiso el destino que me encontrase con mi antiguo amigo “melómano” en la plaza de La Salve. Estaba esperando un autobús para ir a la capital, “al médico”, me dijo después.

Al reconocernos, más canas entre el pelo, los hombros un poco más caídos y la piel más arrugada y reseca, nos saludamos calurosamente. Yo no quería tocar el tema que, pensaba, fuera en otro tiempo la desdicha de Mariano. Pero fue él quien comenzó:

- Aquellos mágicos compases me arrebataban. No sabía el porqué. Poco a poco fui descubriendo que la música es la expresión material del tiempo, que trata de inundarnos con su armonía. Si nos dejamos atrapar manifiesta claramente toda su crueldad. Y ese tiempo manifestado acaba tratando de devorarnos. Eso fue lo que me ocurrió. Lo que os podría ocurrir a cualquiera de vosotros. Pero yo he sido más sagaz que el tiempo. Y le he devorado a él.

Medité mucho sobre aquellas palabras, que me inquietaron, y traté de comprobar que nada de malo puede haber en los sonidos que llamamos música.

Pero, a veces, por las noches, cuando enciendo el compact disc para escuchar a Smetana y a Sibelius -algunas veces a Falla o a Saint Saëns-, siento que hay algo que me arrastra a la perdición, y ahora sé que tengo que acabar con ellos -que son la materia en que se manifiesta el tiempo- para que éste no se nutra también de mí. He de devorarle, pero no alcanzo al éter en que las notas se disuelven y del que vuelven después con fuerza para atormentarme, cada vez con más pasión, hasta el fin de mis días.



Francisco J. Lauriño (c) 1996

jueves, junio 10, 2004

Esperanza


20



Todas las calamidades habían caído ya sobre la tribu al punto de hablarse de la muerte con esperanza
Un poco más y el suicidio colectivo sería votado y decidido
De este modo por la planicie infinita las voces inseguras se iban poco a poco callando como si la próxima parada fuese la última y lo supiesen
A media tarde las nubes cubrían el cielo y una vaporosa lluvia el suelo de lodo y los hombres con mayor desesperación
Espetaron en la tierra las estacas que eran los pilares de sus habitaciones transportadas y sobre ellas los paños que quedaban de los tiempos en que pocos aceptarían semejante abrigo
Este era el miserable rebaño la piara la manada entregada a los pastos naturales a las lomas pedregosas y hoy a la frialdad esponjosa de una lluvia que rascaba los huesos del cráneo
Casi de noche el hombre y la mujer que se habían escogido para alejarse siempre en la dirección de un bosque que cerraba el cielo
Porque la miseria era extrema y la muerte tal vez viniese más deprisa si las víctimas se mostrasen al descubierto
Sin embargo no sucedió así y debajo de los árboles la gran oscuridad redobló el miedo pero no mucho
Entonces abrazados el hombre y la mujer sin una palabra suplicaron
Y el árbol en el que se apoyaban transidos se abrió por una razón nunca explicada y los recibió dentro de si juntando la sabia y la sangre
Todas las aflicciones se acabaron en aquel instante y la lluvia corría por las hojas y por los troncos como alimento hasta el suelo que las raíces lentamente trabajaban
Así pasó la noche sobre esta paz que no conocía pesadillas
Más al amanecer se oyó del lugar donde quedó la tribu un enorme alboroto un estruendo de gritos y alas y aullidos de metal
Y la mujer y el hombre abrazados dentro del árbol supieron que sus hermanos sufrían una vez más el asalto de los ocupantes y de las fieras
En el año 2093 todavía se contará que cien años antes fue visto un árbol salir del bosque andando sobre las raíces y hacer de sus ramos lazos y lanzas y dardos de las hojas agudas
Y también se dirá que después allá donde fuese la tribu el árbol iba caminando sobre las raíces
Y que debajo de él se abrigaban por la noche o cuando el sol quemaba a los otros hombres y a las otras mujeres que en los primeros días todavía recordaban a los compañeros desaparecidos para siempre en aquella noche en que la muerte casi fue el destino seguro de la tribu
Y todo esto se dirá en los más felices tiempos de 2093


POESÍAS 1982 (Francisco J. Lauriño)



LAS RAÍCES QUE LLEVARON AL SUEÑO

Yo no sé si algún día quise de verdad a Marilyn
//Monroe
o si solamente me imaginé su esqueleto desnudo
//y frío
en la noche sinfónica que atiza a América.

Yo no sé si algún jazz calcinante se varó en
//mi memoria
o si solamente sus notas penetraron en
//la atmósfera cargada,
en la noche automática de mis pasiones.

Yo no sé, no lo sé. ¿Cuántas palabras, besos,
canciones o poemas en forma de flor?, ¿cuántas
//miradas,
susurros indiscretos, suspiros ahogados?,
//¿cuántas, cuántos,

hicieron falta?; o más bien, deambular por ese
//camino
señalado previamente y dictaminado en verde y/
/gris,
iluminado por los sueños, por ese camino,
//iluminado por los sueños

y la marihuana ardiente, por ese camino,
//deambular,
y hallar un sendero sin final y una espera
//desinflada,
y un globo tuberoso y grotesco. ¿Dónde estamos,
//por ventura,

en qué piedra, en qué estación, hemos olvidado
//la lenta caminata?
Hay camino y hay quien ande, y hay una
//generación
con adoquines en el pelo y flores en sus
//misterios,

y hay unas góndolas de mármol que serpean sin
//quietud
por la ciudad. Y nosotros, nosotros seremos,
//porque somos,
la sangre de nuestra sangre, el tuétano de
//nuestros huesos

o la guitarra eléctrica de algún hirsuto suspiro.
Nosotros y los árboles, nosotros y la tierra,
//nosotros, el fuego,
la sed, la esperanza, la fe, nosotros, nosotros,
//nosotros,

y un futuro que camina a la par que la vereda
de unos sueños con sabor a sándalo y a yerba,
//a la desgarrada
voz de Janis Joplin, al timbre de Bob Dylan,

el rock and roll, o la impiedad de sentirse vivos,
vivos en los adoquines de nuestra fantasía, y
//vivos,
vivos, vivos, en un paraíso arcano y veloz.


Francisco J. Lauriño (c) 1982

miércoles, junio 09, 2004

POESÍA: 1982 COLLECTION (BLUES, BEAT...). Por Francisco J. Lauriño




AL PASO
(En cuatro pasos diferentes)



I

Caminas,
Caminas,
Vas,
Y paso tras paso
Enfilas los senderos
Que la historia
Fue construyendo.
Será tu tierra la que aparezca,
Los plañideros tus hijos
Y el funeral de la tarde
Tus pecados cristalinos
Arrojados a la vida.


II

Algún día ellos serán tus excrementos
En el vacío de su esencia
Y la nada aullará desconcertada
Vagando por el universo.
Solo nosotros perduraremos
Y purificados en la noche
Saldremos al espacio de unos versos
Turgentes en el silencio
Y consistentes al tacto.


III

En la realidad
Un misterio:
Luces que se pierden
En el tiempo
Que transcurre, nosotros, ellos,
Los pronombres que algún día
Dijimos con dureza
Y enfrentamos,
Sorprendiendo nuestro sueño,
La sed de ser, la realidad de nuevo
Y barcos de papel
Que semejan verdades como palomas.


IV

CAMINO, VOY PASO A PASO,
Y CUANDO LLEGUE
NO ME OLVIDARÉ
DE LOS QUE ESPERÁBAMOS
EL FINAL DEL CAMINO.



Francisco J. Lauriño (c) 1982

martes, junio 08, 2004

EL PEAJE (por Francisco J. Lauriño)



El joven melenudo que hacía autostop se inclinaba sobre la carretera con voluntad y decisión, pero con las ilusiones menguadas. Hacía más de tres horas que se había colocado en el cruce y los automóviles silbaban y zumbaban a su lado sin reparar en él, aunque, en algunos conductores, su aspecto ocasionaba trastornos estéticos que incidían en su indefensión circulatoria. Otros conductores, sin embargo, se limitaban a no hacerle ningún caso. El anochecer caería sobre él irremisiblemente y tendría que buscar acomodo en cualquier lugar de paso.

Como casi siempre, no tenía dinero para un alojamiento, aunque suplía sus carencias con suficiente imaginación como para albergarse con cierta comodidad. Mientras un enorme camión (“Lejías Conejo”, decía el letrero imponente sobre el toldo grueso) hacía revolear sus melenas en el aire denso de la tarde avanzada, el joven pensaba en aquella noche en que se vio obligado a dormir en un gallinero.

En las afueras de la pequeña ciudad de provincias, después de un día entero haciendo dedo, había decidido dar una vuelta por la barriada cercana. Más allá de las viviendas, mientras las luces del poblado se alejaban en la noche y se perdían en la neblina, había llegado a una zona de aspecto falsamente rural. Porciones de pequeños huertos sembrados de patatas y lechugas, sin duda propiedad de ferroviarios con casa a la vera de las vías y los pasos a nivel cercanos, y algunos basureros piratas muy poco disimulados, rodeaban, como protegiéndolo, un confortable gallinero lleno de aves patosas y ya dormidas. Un cobertizo oscuro, tinieblas para corte de cuchillo, al que los plumíferos no tenían acceso por estar separado del corral por una red metálica, y en el que se almacenaban, como supo luego, varios aperos, le invitó a desplegar el saco sobado y a tumbarse a dormir hasta el alba, después de comer con encanto un enorme trozo de chocolate con leche y avellanas que había robado en un supermercado. Y la noche fue tranquila y soñó con una mujer de llamas que le lamía el miembro llenándolo de placer.

El canto del gallo cercano le avisó de que el propietario del dormitorio podría llegar en cualquier momento, así que el joven melenudo se precipitó afuera y respiró el frescor tibio del amanecer del norte.

Pues igual que aquella noche, que tenía estrellas y olores nauseabundos de gallinaza y de abonos orgánicos más indescriptibles, tendría que ir buscando un acomodo. Solo que esta vez el cielo no estaba tan despejado y amenazaba lluvia, problemas acuáticos en lontananza que podrían hacer de él una irrelevante sopa de ropa cuando al día siguiente se volviera a la orilla del tráfico para poner el dedo en el aire.

*** *** ***

El no tan joven Martín Piedrafita Landeiro, gallego de origen y militante ciudadano de la provincia de León (Torrebarrio, por más señas, un pueblo de la Babia leonesa, idílico y bucólico, rodeado de peñas arriba y de prados verdes y ganado vacuno, zona proveedora de estupendas chuletas e inmejorables solomillos), se peinaba con raya al lado su pelo oscuro. La incipiente calvicie, resultado de muchos años de no cuidarse el cuero cabelludo, hacía brillar con saña parte de sus sienes plateadas no. Martín acababa de levantarse y al escuchar con atención el segundo canto del gallo, mientras se afeitaba con presteza y maña no exenta de placer matinal, no pudo hacer otra cosa que recordar aquella otra mañana en que, después de haber dormido en un gallinero a las afueras de Torrelavega, se puso a respirar con fruición, pero sin maquinilla para afeitarse, los aires frescos y tibios de la alborada norteña.

Martín se rasuraba sonriendo. Era de esos hombres que disfrutan cada palmo de su aseo matutino y quizás fuera esa la rutina que más le agradaba. Se afeitaba todos los días y su cutis era suave y terso, como el culo de un bebé, a pesar de sus cuarenta y pico bien llevados. En la cocina Amalia preparaba el café. Los dos niños, todavía muy pequeños, dormían con placidez. El olor de la infusión, olor caliente y familiar, clausuró por aquel día la tarea del rasurado. Se frotó el rostro con “Lucky” y en la cocina le dio un beso a su mujer. Desayunaron juntos y luego Martín se despidió. Cogió el “Renault 5” que guardaba en un cobertizo, cerca de la aldeana casa de piedra, y tardó unos instantes en hacerlo arrancar. El frío de las alturas en una noche otoñal había dejado su huella en los circuitos del automóvil, que ya no estaba en su mejor momento.

Se acomodó como pudo -es decir, como solía- en el asiento, enfundado por su esposa primorosa con una horripilante tela estampada, y puso rumbo a San Emiliano. Desde allí, a pocos kilómetros, enseguida se encontraría a la entrada de la autopista Oviedo-León. En el cruce, después de observar, como todos los días, la grandiosidad del embalse de Los Barrios de Luna y de emocionarse con los brillos del primer sol reverberante sobre las aguas, y de pensar en la cantidad de hectáreas anegadas y de tierras de campo sumergidas, y de vidas cuyos destinos habían sido trocados para que él pudiese disfrutar ahora de aquel estupendo paisaje, Martín tomaría la autopista del Huerna en dirección a Campomanes.

Poco antes de finalizar la empinada pendiente que desemboca en el cruce del pueblo lenense, ya en tierras de Asturias, se encuentra el último puesto de peaje. Luego la autopista entronca con la vía libre que lleva a la capital del Principado. Martín, como cualquier conductor, se detuvo al llegar al peaje, pero no tomó ninguno de los carriles libres que llevaban hacia las cabinas de pago, sino que se dirigió a la vía de servicio que, a la derecha, ingresaba en el aparcamiento que circundaba las oficinas. Paró y se apeó del vehículo. Luego fue hacia la puerta principal del edificio y saludó a Roque con afabilidad.

- Buenos días.

- Buenos días. Otro más, ¿eh, Martín?

- Ya ves. A por el pan de los hijos.

Y ambos sonrieron. La mañana era suficientemente azul y ya estaba tibia. Con el descenso hacia las nieblas de Asturias el mercurio marcaba dos o tres grados más que en Torrebarrio.

- Me voy a la Dos, ¿no? -preguntó, conociendo la respuesta de antemano.

- Parece mentira, Martinín. Me haces la misma pregunta todos los días. Es que la Dos es la tuya entre las ocho y las cuatro, coño -y sonrieron otra vez.

- Oye, Roque, ¿sabes por qué trabajo aquí?

- No lo sé. La verdad es que siendo, como eres, licenciado en no sé qué, y pudiendo aspirar a más, ni me lo imagino. Si fueras como yo, un puto analfabeto, lo entendería, pero así... Tú lo que tendrías que hacer es presentarte a una oposición para funcionario. Allí no darías golpe y también ganarías el pan de tus hijos, como dices tú.

- Suave, Roque, no te me embales. Yo soy un trabajador vocacional. Trabajo aquí porque me gusta. Mis esfuerzos me costó convencer a aquel directivo de la empresa para que me contratasen. Me decía lo mismo que tú. Incluso me llegó a ofrecer un puesto de administrativo en las oficinas de Oviedo. Pero no quise. A mí me apetecía currar aquí, entre el asfalto y los coches.

- Pues tú sabrás, “Martini”. Ni puta idea, amigo. Eres un raro.

- Mira: yo era un hacedor de dedo...

- ¿Un qué...? -cortó el otro.

- Un hacedor de dedo; un jipi, coño -Roque le miró entonces con una sonrisa que quiso ser burlona-. No. No te rías; es verdad. Tuve hecho mucho autostop.

- Anda ya. Qué autostop ni que hostias, Martín. Qué sabrás tú lo que es buscarse la vida.

- Poco me conoces. Pero no te engaño. Yo era un jipi, con melenas y todo, de esos que andaban de acá para allá, con el macuto, asustando a las abuelas en los parques y haciendo dedo para escándalo de automovilistas bien pensantes.

- Bueno, anda. Si te pones serio tendré que creerte. Un amigo es un amigo.

- Pues que nada, que no me paraba ni dios. Siempre me tiraba un montón de horas hasta que alguna alma caritativa me llevaba unos pocos kilómetros más allá. Así que un buen día, cuando “formalicé” (en palabras de mi tía), decidí que ya estaba bien. Y me vine aquí. Aquí tienen que pararme todos, Roque. Aquí nadie puede pasar de largo. Es como una venganza.

- Me cuentas unos cuentos... Qué feliz eres, cabrón. ¡Hala, a currar, que es tarde! Y vaya si te pararán. Todos, absolutamente todos. Y cóbrales. Seguro que cuando te paraban a dedo ni se te habría ocurrido cobrarles -y se reía estentóreamente, el bueno de Roque.

*** *** ***

A las doce de la mañana Martín estiraba los brazos. No había ningún vehículo en su carril y aquel día la autopista estaba tranquila. Los autocares de línea de siempre, a sus horas de siempre, con los conductores de siempre, a quienes ya saludaba como si fueran amigos. Algunos camioneros, conocidos del bar de Sena de Luna, donde algunos domingos compartían partida y café. Turistas despistados que se dirigían a las brumas perennes de los astures. Quizás viajantes, en su paso hacia todas partes.

El sol alumbraba con cierta intensidad, casi como había prometido al principio del día. Pocas horas más tarde regresaría Martín a la mayor tranquilidad de Torrebarrio y a los amantes brazos de su esposa. Leería un poco, vería el telediario y casi, casi sin pensarlo, volvería a caerse de nuevo en el lecho, noche nueva, para ir así completando el ciclo de los días.

Un coche blanco se destacó saliendo de la curva que coronaba la pendiente, como a un kilómetro y pico del peaje. Lo vio brillar al sol e ir disminuyendo la velocidad, a la par que las advertencias de la señalización iban entrando por los ojos del conductor. Unos segundos después el vehículo se detenía al lado de su cabina. Una chica regordeta, de generosas tetas con afilados pezones que se transparentaban sobre una blusa blanca, lució frente a él una espléndida y atractiva mirada azul. Era una rubia que olía a perfume de televisor y que viajaba sola. Le dio el dinero y al tiempo que él operaba para que se izase la barrera, la rubia le tiró un beso rojo con sus labios carnosos.

- ¡Adiós, guapetón!

- Adiós -contestó un tanto sorprendido. Y pensó que le gustaba aquella gordita. En un trabajo como el suyo, a pesar de su vocación, a veces acababa por echar de menos poder tener otros contactos humanos que no fueran los de sus compañeros.

Mientras el coche se alejaba, cuesta abajo, en pos de la libertad circulatoria, se fijó en la matrícula, que era de Madrid. Como si eso tuviera alguna importancia. Nada tenía importancia ya, más que él mismo y su familia. Y quizás también su “vocación”. Cuando se dedicaba al autostop nunca le había parado una rubia como aquella; quizás no existían o no acertaban a pasar por donde él estaba. Pero tenía la completa seguridad de que, de haber pasado, se habría detenido para él.

- No te fijes tanto, capullo -le dijo Roque, adivinando sus pensamientos, desde la cabina contigua-: cuando hacías dedo supongo que serías un melenudo de mierda y nunca te habría parado... Igual hasta te hubiera tenido miedo.

Y era cierto. Pero, ¡qué coño!, ahora había tenido que pararle y hasta le había llamado “guapetón”. Las ilusiones humanas, con el paso del tiempo, acaban adaptándose a sí mismas hasta no parecerse en nada a las que al inicio de la conciencia vital el ser ilusionado se había diseñando para sí. El conformismo no es una tara, es una solución. La claudicación, lo mismo.

Mirando a la gordita, en su coche blanco que se alejaba, Martín se rascó los sobacos y le hizo un guiño a Roque. Luego se fijó en el camión que bajaba la cuesta y se preparó para cobrarle al conductor porque, por muy grande que fuera, él también tendría que detenerse. Y pagar, incluso más que los otros.

Algo raro había en la trayectoria del vehículo. Observaron que zigzagueaba con cierta aparatosidad y pensaron que sería por un mal frenazo al intentar amoldar la velocidad a la que las señales requerían para llegar al peaje. Pero el camión no parecía tomar conciencia de que tenía que parar y seguía su rumbo sin disminuir la marcha. En pocos segundos Martín se dio cuenta de que el camión iba a tal velocidad que no se detendría, que no podría detenerse, porque no tendría tiempo. Pero se dijo que no, que eran imaginaciones suyas, porque allí mandaba él y todo dios tenía que pararse, hasta la misma vida, si viajase en un vehículo a motor. Y confiando en su autoridad esperó, y esperó demasiado. Porque el camión aplastó la cabina justo después de que Roque hubiera saltado como loco de la suya.

Los fallos de frenada, en camiones muy pesados, cuando bajan pendientes pronunciadas, no son infrecuentes. La autopista no tenía carril para frenar de emergencia y el camionero no pudo hacer nada para evitar el accidente.

El conductor colgaba de la ventanilla, metros más abajo. Tenía sangre en la cara y no se movía. Estaba muerto. El vehículo se había quedado empotrado en el talud y la carga se extendía (ladrillos y otros materiales de construcción) a lo largo de la calzada, mezclada con los restos de la cabina. La techumbre del peaje se había derrumbado sobre el asfalto y Roque, a salvo, agitaba los brazos y gritaba confundido, como si estuviera soñándose a sí mismo, revolviendo contra su mente los látigos de la fiebre, en una intensa pesadilla.

Martín fue enterrado en Torrebarrio al día siguiente. Al sepelio asistieron todos los vecinos del pueblo, que nunca supieron que había sido un melenudo cochambroso hacedor de autostop. A sus dos hijos, de corta edad, no les gustaban los caramelos.


FRANCISCO J. LAURIÑO

lunes, junio 07, 2004

1982 COLLECTION (Francisco J. Lauriño)




ESTOS COCHES QUE PASAN, O LA GENTE,
el hombre,
todo lo que otras veces fuera
como insignia inquebrantable,
la ciudad con sus luces apagadas
y la seguridad de los que se creen mejores.

Estoy aquí, sobre ellos,
y solo veo
montones de tiempo derramados de mis manos,
sufrimientos que caen y se deshielan
en el vacío
de tanto ser insuficientes.


FRANCISCO J. LAURIÑO

viernes, junio 04, 2004

1982 Collection (FRANCISCO J. LAURIÑO)


A Jóse Escudero


VAMOS CAYENDO,
desde la nada a la nada,
sobre la historia
de cada día, de cada noche,
comprendiendo un poco más
porqué somos, en quién somos,
abulia de las jornadas,
pálidos a lomos de nuestra luna,
locos
por las calles,
insultados por los burgueses,
desafiados por niños de mamás paranoicas
//y padres idiotas,
destruidos por el todo, por la nada,
conociendo el dolor de cada esquina;
vamos cayendo,
vertederos,
haciéndonos animales oscuros,
velando en el alcohol
transparente en las neuronas, en el humo,
//en la marihuana,
mientras nuestra noche
quiere que continuemos
siendo nosotros mismos
y continuamos y seguimos siendo nosotros
//mismos,
insultados, desafiados y destruidos
por el todo,
conociendo la locura y vibrando
en sones
de jazz y rock’n’roll.



FRANCISCO J. LAURIÑO

SOLO DE SAXO (por Francisco J. Lauriño)


Morían las hojas, pesadas, contra el suelo. Y un tenue vapor, la cortina blanquinegra de las calles, se elevaba convulso desde la acera haciendo invisibles filigranas por el aire, para ir después a perderse en la altura plomiza e integrarse a las nubes añorantes. Alfombradas y veloces, las avenidas se componían con gracia, aunque obnubiladas, para la enésima llegada del ocaso. Sonrisas de pasados chirridos y taconeos fugaces, el asfalto adormilado se desperezaba a los primeros fríos del otoño.

- Recuerdo aquel sábado de enero. Hacía frío y tú me ayudaste a ponerme el chaquetón -ha dicho llevándose el final del cigarrillo hacia los labios; afuera, al otro lado del cristal, el otoño ensombreciéndose.

- Salías del negocio de tu tía y ella me había dicho no sé cuántas veces que debía cuidarte. Para mí que la vieja deseaba…

- ¿La vieja? Es posible. Ahora me da un poco la risa, pero si entonces lo hubiera llegado a sospechar…

- No sé. Lo cierto es que el enero aquél y tu chaquetón fueron los ingredientes de nuestro guiso.

- Quizás por eso nuestra relación ha vivido siempre condenada al frío, al toque respetuoso; al invierno constante -le ha mirado con ojos tiernos pero indiferentes, y, cogiendo el bolso, se ha dispuesto a marchar.

- ¡Espera! ¿Esto es todo, Louise? -parece sorprendido y se levanta, la toma de la mano, la mira, también, con la adecuada dosis de ternura procedente de alguien que ha sido algo pero que ya no lo es.

- Lo siento. ¿Para qué seguir hablando? El tópico será idéntico por siempre y nuestro tiempo pasa de manera ineludible. Hemos hablado ya tanto. Hace tantos otoños que nos observan, testigos indiferentes, estos vetustos cafés… No sé. Es que ni yo misma lo comprendo del todo. Nuestro matrimonio, aquella casa…

- Nuestra casa, nuestro matrimonio, fueron todo lo buenos que podían ser -ha dicho, volviendo a sentarse, soltándole la mano.

- Sí, también nosotros lo fuimos y, sin embargo… Es como el café que había en esta taza: conforme yo me lo bebía dejaba de humear, se enfriaba y se acababa a la vez -toma la pitillera, extrae un cigarrillo-. Me la regalaste tú, ¿recuerdas? Aquel fue un cumpleaños maravilloso.

- Lo fue. Pero ¿no has pensado que no todo tiene porqué tener un fin si tú no deseas dárselo? No es que yo quiera volver a intentar nada…

- ¡Por favor, Mitch!

- No, si es cierto…: nada. Pero creo que, entonces, la solución fue precipitada -le ha dado fuego acercándole el mechero azul al cigarrillo.

- No sé. Pero ahora me voy. No puedo seguirte del todo. Es que estas cosas me parecen tan inútiles, tan carentes de sentido…

- Está bien. Termina, al menos, el cigarro. Podríamos mirarnos sin hablar.

- Cuando éramos jóvenes podíamos hacerlo… ¡Adiós, Mitch, te llamaré alguna vez! -se levanta, se mueve, se aleja.

- ¡Adiós! No pagues, lo haré yo -y baja el tono de voz hasta encontrarse las palabras dentro del esófago, del estómago, del corazón-. Lo haré yo. Nada más fácil. Todo contigo fue siempre fácil. Demasiado. También parecen fáciles la lluvia, la neblina, las hojas y el otoño (este otoño, por ejemplo); pero, al final, como siempre, a mí me resulta complicado en exceso. Y de veras que lo siento. Yo sí que lo siento. Ahora estoy aquí y le pido al camarero otra copa de aguardiente. Es sólo la tercera (esto también es fácil) y hoy como nunca se me vierte la faceta del recuerdo. Esta cita, las anteriores, las futuras, ¿qué son?, ¿a qué obedecen? Recobramos en palabras una relación muerta de un tiempo muerto (distante). Recolectamos cadavéricas anécdotas que solamente salvan nuestra vanidad, nuestro estar en nosotros mismos; con ello nos hacemos peores, a pesar de todo, y estalla en nosotros, como nunca, la innoble idea del egoísmo. ¿Por qué me casé contigo, Louise? ¿Lo sabes, alguna vez lo has llegado a sospechar siquiera? Aquella tarde de enero, aquel chaquetón (que, por cierto, olía a años, a ropero, a alcanfor), el pelo que te ondeaba sin descaro, tus ojos maravillosos que luego he ido perdiendo (has ido perdiendo), no fueron más que una disculpa, pero, ¿de quién? Es demasiado fácil echarle la culpa de las cosas al destino, porque es, precisamente él, el único inocente: siempre lo es puesto que su fingida existencia está demasiado ligada a nuestros intereses, a los intereses de las personas. La tarde y el chaquetón son siempre elementos recurrentes; es nuestra historia que, hecha ya cenizas, se ciñe a nosotros a través de esos elementos… ¿Será posible que ya todo a nuestro alrededor no pueda ser sin ellos? Me sonroja la idea de vivir tan apartado de toda realidad evidente. Esos elementos son, además, el símbolo de su amor, de mi amor, de nuestro amor; pero lo que ahora me preocupa también es saber si lo fue de veras o si solamente nos ligamos por aquello. Si lo fue, debe seguir siéndolo: el amor no puede morir tan fácilmente -su cara triste se ha encendido al resplandor del mechero azul y se ha ensombrecido con las volutas del rubio americano; pasándose la mano por la frente ha decidido, por fin, llamar al camarero, pagarle la nota y levantarse presuroso.

*** *** ***

Hacía fresco. Los automóviles discurrían con la clásica celérica lentitud del otoño, de una época cualquiera. Comenzaba su paseo desde la puerta del bar. Desde tiempo atrás sabía que la había perdido y a pesar de todo regresaba cada año a aquella cita en el otoño -¿era siempre en el otoño?-; recobraban los cadáveres del tiempo, sus propios cadáveres, sus ya idos cuerpos anteriores, su vida común que había pasado presurosa, y les rendían el culto floreado -crisantemos, mármol, humedades- que se les rinde a los muertos.

Ella no. Pero él salía vacío, yerto. Salía transido de aquel espumante cementerio particular que era tan inmenso y tan insondable como la mar. Se le hacía tan amplia la calle… Y regresaba de nuevo al cubículo. Enfrentaba la larga caminata, su paseo, hacia la parte moderna de la ciudad. Tras el descanso, pensaba, volvería a verse en negro ante el espejo, a acariciarse el rostro desnudo, y seguiría renunciando a todo mientras se mordía la lengua contento en su pútrida amargura. Mas no por ella, no, sino por sí mismo, por su tiempo, por sus ideales, por las hojas marchitas en que se le habían convertido los ya inútiles brotes del ayer.

Él era un solo de saxo, una voz quebrada de emoción, como un grito sonoro y cadencioso en el silencio de la noche. Él se dibujaba sobre la ciudad, retrato futurista de un sonámbulo fraudulento y negro, como sobre un espacio virgen de pintor cansado.

Combatía la soledad con más dosis de soledad. Congelaba sus raras victorias sobre los demás en un particular frigorífico de contención y de mesura, de recato. Era el otoño y lo sabía. Sabía que era uno más, pero él mismo, quedándose, desde aquellos días, reducido a su terrible pero querido abismo.

- Este fracaso me ha dado la fe que me tengo. Me ha dado todo el poder que poseo. Todo es por ella; por lo tanto debo apreciarla, pues me vale. Me ha conformado y soy su obra, su robot. Si ella me programara… Pero no llegará a saberlo jamás. Me duele la vida. Sin embargo soy tan bello siendo yo. No, no soy narcisista: me encanta la creación, toda creación. Por eso me “encanto”, por ser creación como hombre que soy. Todo el mundo, no obstante, debe tener su complemento. Destrucción. Esa es, precisamente, la palabra. Destrucción es el sumum (lo perfecto) porque es, a la vez, creación y nada; es muerte, pero lo es por haber sido vida: la destrucción necesita de la creación, como el dios necesita del humano, para poder ser -se ha sentado en el banco apergaminado. La luna ha salido y a él, ya en la noche, le brilla el rostro afeitado. Visto de perfil en la distancia recuerda a no sé qué personajes de whisky y de añoranza, seres de irreales concatenaciones en películas transparentes proyectadas sobre trapos blancos colgados de una pared.

- Este fracaso me ha dado la fe, me lo ha dado todo. Hasta la luna. Yo había perdido la luna aquel enero. Un chaquetón con olor a alcanfor, unos ojos de mirada tierna y sensual, me hicieron olvidar antes de poseer. Después del chaquetón, después de los ojos, después de aquel enero frío que por tantos años se prolongó, he revivido sin haber vivido y por fin soy yo. Sin ella nunca podría haber sido el ser que soy tras haberla perdido. Reconocer que el corazón me dolía no es una falsedad. Pero yo me encuentro entre haces de sombra y luz. Yo la he creado. O nosotros. Por eso yo debo destruirla. Destruirnos. O nosotros. Nunca he podido desvelarle estos secretos en las citas otoñales. Al comenzar a hablar todo deja de ser lo mismo. Desaparezco, quedo anulado. Ella, con su melosa voz, grande y eterna, inaudible casi, educada, elimina mi vozarrón y me moldea, como siempre, a su gusto. Como antes. A eso le llamo yo tiranía, abuso de poder. Pero ella no lo sabe. ¿Cómo será ella ahora? Quiero decir, ahora, a estas horas. En su nueva casa, en su nueva cama, con sus nuevos amantes. (Me ha dicho que no ha vuelto a tener una relación estable, que la perjudicaba.) La imagino aquellas noches encaramada en la buhardilla, guiándome en silencio hacia sus notables caminos. ¿Cómo será, ahora, ella? -se ha perdido y una nebulosa le invade; es como un dulce sopor con voces y con ángeles y con demonios musitándole al oído viejas canciones que cantaban los fuertes braceros de Ohio hace tantísimos años.



Mientras, afuera, morían las horas, pesadas, contra el suelo. Y el tiempo, como el vapor, se devoraba a sí mismo. Las calles, las avenidas, eran negras de nuevo, lluviosas y mezquinas. El hombre no recupera en ellas su felicidad; ni siquiera le brindan un diminuto pasatiempo.

Y el café ya cerrado espera; es la espera de un año cualquiera.




FRANCISCO J. LAURIÑO

jueves, junio 03, 2004

VUELTA AL BEAT (1982)


CAMINOS - VUELTA AL BEAT (1982 )

CAMINOS

Para Manolo


Una vez más:
buenos Hombres,
buenas sombras y quizás
al final de un camino, el amor
que nada puede.

Los valores cotidianos,
ausencia perpetua,
pleno final de la carencia, y
nosotros
en el fondo de la noche
musitando sinsabores que no convencen

ahogando
penas y alegrías en sorbos de agua con cloro y whisky rodante
en caminos,
en carreteras que alguna vez
hicieron autostop con nosotros.


FRANCISCO J. LAURIÑO


miércoles, junio 02, 2004

UN CUENTO RESTAURADO (por Francisco J. Lauriño)



GRIS

A Jesús Hernández,
primer profesor de literatura.



Escandaloso romper de las gotas contra el paraguas. Día negro, encapotado, triste, cegada la luz por un cielo apagado plúmbeamente. Toda luminosidad se ha fundido en difusas ráfagas de rala claridad trémula, vacilante, ingenua. Arrecia la lluvia. Vandálicamente discurre, argentina, entre tibios reflejos de suelo. Noto que mi espíritu se mantiene gris, como el día; su sol se cubre con las nubes del desasosiego: lluvia, llanto del cielo de luto, inquietante compañera de la desazón y la ansiedad.

La ciudad, en otra edad tan mía, hoy se me hace insoportablemente extraña. Ya casi no la recuerdo. Piso los adoquines con poca certeza, con un visceral terror a equivocar el lugar del paso. Entre cortina y cortina, de agua, de tiempo, de olvido, recuerdo los años idos, los años que se extinguieron como mi felicidad se ha extinguido. Recuerdo cuánto llegué a detestar estas calles, cómo mi vida se fue tornando ronca y sin sentido en el continuo deambular. Hoy ya no me parecen las mismas. Rememoro las risas, sus risas, las de los que su júbilo expresaban ante mi dolor agrio y agudo, cómo mi aturdido ser se encrespaba al oír las palabras tantas veces dirigidas a mi persona: el enamorado, el enamorado. Todos se deshacían en risas. Caras anchas, redondas, alargadas, tersas o arrugadas; caras desfilando a mi lado, caras de risa, risas en desfile demoníaco, las malditas risas resonando como un eco trepidante sobre losas, jardines y edificios; las calles, los seres, todo deformado por las risas, antojadizamente deformado, irreal, fantásticamente perverso. Toda la ciudad en contra mía. El orbe entero en mi contra. La humanidad, enemiga, arrojando su pez hirviente sobre mí.

Por fin llego al portal, boca del edificio, gigantesca gárgola del dolor. Entre tejas discurre el agua, desagua en un canalón truncado por la mitad; el líquido se precipita a empellones sobre la acera. La puerta está cerrada, precintada, hermética. Parece desafiarme. Recuerdo en unos instantes toda mi historia. Está aquí, sumida en la sombra que será el interior de este edificio. Extraigo la llave. Un tintineo de alegría. Han sido años de encierro y desea salir, encontrarse de nuevo presa de su propia cerradura. Un escalofrío me recorre, recorre todo mi cuerpo. Gélida la llave desafía al polvo que los años depositaron en el agujero. Chirría, dice crack y cede la puerta a la presión de mi mano. Doy un paso. Oscuridad polvorienta, el premio que los años transcurridos me han legado. Olor a humedad. Podredumbre. Silencio fugitivo y eventual. Aspiro en profundidad, pero el aroma de antaño, mudable por ser de la vida, se ha transformado en este otro de la muerte. Y continúo. Adelante. Y tropiezo. Un escalón. Inevitable. Tantas veces repetido en la memoria. Inevitable. Cierro la puerta detrás de mí. Extraigo del bolsillo rala y amarillenta luz interina. Apunto al suelo. Salvo, por fin, mi escalón. La casa está vacía.

Recorro, uno a uno, sus aposentos. No encuentro solidez que me ampare, exceptuando unos muros que, de puro viejos, amenazan con venirse abajo. Telarañas compañeras, insectos, polvo, suciedad. Olor a antiguo, a olvidado. Alzo la luz al techo de la sala principal esperando encontrar la gran lámpara; en vano. Solamente, desde el cielo artificial, me sonríe desdentado el hueco que su soporte ha dejado. Mi corazón palpita con intensidad. Mi ser se estremece. No puedo ver en su esplendor lo que otrora fue mi vida entera. Mas estoy aquí, en el centro de ella. Recorro con lentitud, chorro de luz que mana de mi linterna, las paredes. Descubro, de pronto, algo que ni los años ni los expoliadores de la casa han podido llevarse. Un cuadro, un retrato, la efigie. ¡Sí!, la efigie, ella. Sus cabellos de oro, su rostro siempre puro, sus hombros, su cuello, ella. Ella, sin aditamentos. Me siento como embrujado: ¡aquellos ojos negros! Aquellos negros ojos que, desde el óleo, tantas veces me han mirado. Estos ojos negros que también ahora me miran.

Y siento. Y siento, otra vez, la misma complicación de ánimo, el mismo fluir nervioso y plácido que ella despertara en mí la vez primera. El mismo estremecimiento, la misma templada sensación, el mismo contento manar del alma, el mismo sonreír del cielo. ¡Porque es ella, plena! Mi idealizada, el objeto de mi todo, de mi yo, la dicha de mi pena, el espíritu de mi material existencia. Cierro los ojos un instante y los mantengo sellados. Siento el cálido e inconfundible discurrir de una lágrima. Siento. Siento deshacerse en lágrimas mis dos ojos mientras besan mis labios sin tregua un retrato apolillado.

La recuerdo. La recuerdo, es lo importante. La recuerdo y siento, siento que la lluvia, trasladada por un silencio a ratos fugitivo, me sigue acompañando, me persigue también. Camino, incierto, el lírico sendero; la vereda, florilegio de actitudes tan mías, que un día fueran mi perdición. Beso al recuerdo. Lo beso. Recuerdo los besos que le daba. Lo recuerdo. Y sello labios y ojos. Sello mente, cerebro que duerme, sumido en sopores inevitables. Sopores inevitables que se aprestan a llegar detrás de una gasa insalvable que el tiempo ha ido tejiendo ante mi vista. Etéreo todo. El todo. Mi todo. Quizás.

Pongo el cuadro en su lugar. Salgo. Dejo la casa, mi casa. No puedo aguantar más. Es el peso de todo lo que mi mente ha querido olvidar en tantos años. Me ha llegado ahora, todo de golpe. ¡Ah! La calle. De nuevo la calle. Benevolencia del agua. Cunetas. Llanto. Cielo y mojadura. Vago observando gotas, adoquines, piedra. Pero no me abandona, el recuerdo no me abandona. Quizás nunca debí haber vuelto.

Ahora ya es muy tarde. Porque me atrae. Endemoniadamente me atrae. De nada sirve decir que no, porque diga lo que diga yo sé que ciertamente volveré al húmedo y oscuro portal, a las estancias desoladas, al retrato y su polilla. Porque su conjunto singular es lo que queda de mi vida. Sí, sonrío; melancólico, sonrío; amargado, sonrío. Y de nuevo me propongo regresar a lo que representa un ayer, un santuario, un escalofrío, una eternidad.

Escucho risas otra vez. Todos me habían creído loco al descubrirse la verdad. Pero ellos no habían amado nunca. No sabían. No podían. Jamás lo habrían podido desear. Mi amor había existido porque sí, como una sencilla flor silvestre que brota entre la hierba, como un dolor intenso que sin búsqueda posible, frenéticamente, ataca al decidido músculo del pecho. Era puro. Y siempre en mis oídos resonarán aquellas carcajadas primeras. Las que ella disparó ante mi vista. Nunca podré olvidar aquella bestial reacción de azotar con el látigo de la burla la pobre espalda de un espíritu. Nunca podré olvidar cómo las carcajadas se fueron extinguiendo paulatinamente, hasta enmudecer, convirtiéndose en risilla nerviosa, en seriedad, en temor, en súplica, en llanto, en grito, en alarido, cuando mi cuchillo destrozó su malvado corazón, cuando la sangre afloró a su pecho como la amapola entre los campos, cuando su cuerpo se hundió en la alfombra bordada, cuando su rostro devino albo. Y ahora lo recuerdo. Y recuerdo el calor. El sofoco. Me llevaron. Me trasladaron. La policía se ocupó de mí. La cárcel fue depósito de mis huesos. Y allí no pude olvidar del todo.

Pero aún en el día de hoy no me he arrepentido de lo que otros consideraron un crimen. Aún cuarenta años después, cuando la vejez me ha llegado, cuando la muerte se encuentra cerca y el juicio final se me hace a la vuelta de la esquina, aún hoy no me arrepiento de aquella muerte. Porque todavía recuerdo, como detrás de grisácea cortina lluviosa, sus carcajadas crueles, cuando le dije que me había enamorado perdidamente no de ella, sino de su retrato.


FRANCISCO J. LAURIÑO

martes, junio 01, 2004

Una cuestión de número



19


Cuando los habitantes de la ciudad se habían habituado al dominio del ocupante
El ordenador determinó que todos fuesen numerados en la cabeza como hace cincuenta años antes se hiciera en el brazo en Auschwitz y otros lugares.
La operación era indolora y por eso mismo no hubo ninguna resistencia ni siquiera protestas
El propio vocabulario sufrió transformaciones y habían sido olvidadas las palabras que expresaban la indignación y la cólera
De este modo los habitantes de la ciudad se encontraron numerados del 1 al 57229 porque la ciudad era pequeña y fue escogida para la experimentación entre todas las ciudades ocupadas
Dos meses después el ordenador registraba valores de comportamiento y diferentes estados de espíritu consonante con el número correspondiente a cada habitante
Entre 1 y 1000 estaba el perfecto éxtasis del yo propio aunque dividido en mil exactas y pequeñas parcelas
Nadie reconocía autoridad a quien tuviese un número superior al suyo lo que explica que el 57229 comiese con los perros y tuviese que masturbarse porque ninguna mujer quería dormir con él
Los habitantes del 1 al 9 se consideraban jefes de la ciudad y vestían según las modas del ocupante
Pero el primero de ellos mandó hacer un aro de oro que suspendía sobre la cabeza como señal de poder y autoridad y hoy basta esa señal para que todas las cabezas se curven a partir del 2
Sin embargo sólo el ordenador sabe que estos números son provisionales y que dentro de veinticuatro horas todos se apagarán para reaparecer en orden inverso
Proceso tan bueno como los animales mecánicos para proseguir con el exterminio de la población ocupada
Pues todas las humillaciones serán retribuidas al cien por uno hasta la muerte
Mientras tanto los ocupantes se distraen en los espectáculos que para su uso todavía funcionan






POESÍA 1982: BEAT, BLUES... (Francisco J. Lauriño)


Salí al amanecer puro: pero, por qué debería alegrarme
ante un amanecer que levanta otro rumor de guerra,
y por qué debería estar triste: ¿no es por lo menos el aire puro y fresco?
(JACK KEROUAC)



Todos queremos ir al perfil de los amaneceres,
ser flores abiertas o que se abren y mirar

el cielo indiferente,
el trabajo distinto de otros.

Y renacer con inconstancia constante,

sonante,
gritar en el silencio

y ser sin miedo la alocada disyuntiva de un
/comienzo.
He visto gatos aguzando las pupilas
copular indiferentes en la sombra del presente;

la tristeza o la alegría,
el placer o el padecer, los que

en el alcohol o la marihuana, o al componer
mares de girasoles, enlazan la cantiga del
/reposo.

Al amanecer, saliendo
entre gotas de cristal partido.



FRANCISCO J. LAURIÑO (1982)