lunes, mayo 31, 2004

1982 COLLECTION (Francisco J. Lauriño)

Mexico City Blues,(1959) //Jack Kerouac

PARA CASIMIRO,
después de leer algunos poemas de Jack Kerouac.


En el siglo XX se produjeron
dos grandes revoluciones
el Surrealismo
y luego fue el rock’n’roll.

Ahora mismo me llega música por la ventana,
creo en los oídos que me dictan la pregunta
(del presente.
Todo ha sido tan extraño como miles de años
(de historia
histérica, de preocupaciones absurdas.

En el siglo XX se produjeron
dos grandes revoluciones
el Surrealismo
y luego fue el rock’n’roll.

Breton, Rimbaud, Guillaume, Mallarmé
(o Eluard,
el acontecimiento, el cimiento, ¡qué más da!,
(el nacimiento,
la función, la punción, o la atroz manía de
(minutos consumidos.
Bill Haley, Perkins, Ricardo el Pequeño,
(los grandes,
los tocadores,
Elvis, los Beatles, Rolling Stones,
Jimi, Janis, Morrison,
Dylan,
Joan,
los Pink, Otis Redding,
Purple, los Foghat, Garfunkel y Simón,
(el nacimiento, no miento,
los indefensos; Bruce Spingsteen...,
los interrogados, los exploradores, Alfonso X
(el Sabio escribiendo
cantigas en gallego.

En el siglo XX se produjeron
dos grandes revoluciones
el Surrealismo
y luego fue el rock’n’roll.



FRANCISCO J. LAURIÑO

domingo, mayo 30, 2004

La luz del sol robada

La luz del sol robada



18


Muy cerca del lugar escogido para el nuevo campamento las cuatro mujeres que transportaban el fuego gritaron de desesperación.
Nadie había muerto súbitamente nadie había sido alzado por los aires por las águilas mecánicas que los ocupantes lanzaban sobre los bandos fugitivos.
Pero al apagarse el fuego sucedió la desgracia más temida de todas porque con ella llegaría el tiempo del pavor sin remedio de la negrura gélida de la soledad.
Y la mitad de la horda sucumbiría con seguridad en la tentativa de arrancar una nueva lumbre en las ciudades ocupadas si tuviesen coraje para tanto.
Se reunieron alrededor de las cenizas y allí mismo el jefe fue depuesto y las cuatro mujeres apedreadas pero no hasta la muerte.
Porque los perseguidos estaban tan seguros de morir que respetaban la vida y probablemente por eso morían con tanta facilidad.
Así comenzó aquella primera noche de oscuridad con toda la banda amasada en un nudo de sombra bajo el pálido y distante lucero de las estrellas.
Como siempre hacían al finalizar el día se contaron y supieron que faltaba uno.
Y cuando a pesar de su enorme miseria volvieron a lamentarse por este poco un niño dijo que había visto alejarse en dirección al puente a un hombre de la tribu y que eso fue después de apagarse el fuego.
La noche fue como un lastre de lodo porque las estrellas estaban lejos y ardían fríamente.
Y el día siguiente nació y pasó sin que se moviesen de allí comieron durmieron y algunos juntaron los sexos para no tener tanto miedo.
Otra noche se levantó de tierra y vieron los lobos mecánicos que se llevaron consigo arrastras los diez hombres más fuertes.
Sólo se alejaron cuando el sol comenzó a aparecer y aullaron de lejos con sus gargantas de hierro mientras de las heridas de los muertos goteaba la sangre.
Entonces sobre el disco rojo vieron los hombres y las mujeres sobrevivientes un punto negro que aumentaba y barruntaban que el propio sol se iba a apagar.
Hasta el momento en que distinguieron al hombre que corría hacia ellos el compañero que los había dejado hacía dos noches y que en ese hombre había también un punto luminoso.
Una antorcha que traía en el brazo levantado y que era la propia mano ardiendo de la luz del sol robada.


IN MEMORIAM ALLEN COHEN, POETA.

viernes, mayo 28, 2004

LOS PRIMEROS FRÍOS (por Francisco J. Lauriño)




El conjunto era armonioso, perfecto. Lo estaba mirando y, de repente, viéndolo todavía, la mirada se le colocó más adentro. La figura del viejo, sedente, en un banco de piedra, manifestaba la macilenta carne que conlleva el paso de los años. Desnudo, su universo se formaba en aquel rostro lleno de un extraño rictus. Era dolor, era el no saber, el no tener conciencia de lo porvenir, o quizás sería el tenerla demasiado clara. El estudio de los músculos era en brazos y piernas desmesuradamente realista. El autor, sin duda, se había fijado como meta retratar la fealdad de lo mortal, de la caduca textura que nos compone a los hombres. La niña, sin embargo, parecía pura; su carne era tersa, también estaba desnuda y parecía amar a aquel hombre que la protegía. Su pequeño cuerpo era un esbozo. En ella lo caduco no tenía amparo ni cabida.

El conjunto, niña y viejo, la tranquilidad del rostro de la niña, la incertidumbre, la inefable expresividad del rostro del viejo, le extasiaban ahora mientras se preguntaba dónde estaba la magia de aquella obra.

Ahora, que la había encontrado enseguida, a pesar de pensar primero que le sería difícil, en la amplia galería del Museo de Arte Moderno de Barcelona, recordaba la primera vez que la impresión de aquel conjunto de piedra se había enquistado en su alma.

Once años atrás sus terrores cotidianos habían sido apagados por el hechizo del viejo y de la niña, que eran tan reales. Y que ahora seguían allí, ojos sin pupilas, que le observaban sin mirarle. Ni conocía al autor ni había visto la obra antes de aquella vez primera. Apareció allí por la magia de un encantamiento que creyó inverosímil.

Sin embargo el presente y el pasado pueden llegar a ser incompatibles y ahora, en la amplia sala del Museo se ha de producir la anagnórisis culpable. Así, cuando se dio cuenta de que se trataba de una perfección desmedida, difícil de tolerar, el arrebato fue total. El guarda del Museo no pudo ver la cara resuelta ni antes, al entrar, había visto el envoltorio. Por eso, cuando quiso darse cuenta, ya el martillo había desmenuzado la cabeza marmórea del viejo.

En la comisaría le trataron como si estuviera loco y un veterano policía, conocedor como un psiquiatra de ciertos intríngulis humanos, le preguntó por qué lo había hecho. La respuesta fue tajante, las palabras salieron insensibles de su boca y el trozo de realidad que vivieron entonces los dos se tiñó de extrañeza:

- El viejo no la protegía; no era magia lo que vi, sino espanto. El viejo la deseaba. Iba a avalanzarse sobre ella. Era un viejo verde y se merecía un final así.

*** *** ***

“Els primers freds”, de Miquel Blay, se expone en el Museo de Arte Moderno de Barcelona
(El grupo escultórico “Els primers freds”, de Miquel Blay, se expone en el Museo de Arte Moderno de Barcelona y es imposible que no suscite en quien lo contempla emociones estéticas diversas y la posibilidad de especular fantásticamente con él.)
+ info sobre “Els primers freds”, de Miquel Blay"
*** *** ***





FRANCISCO J. LAURIÑO

jueves, mayo 27, 2004

1982 COLLECTION (Francisco J. Lauriño)



PLENOS DE LUNAS ARTIFICIALES
la noche nos disuelve en su soltura
mientras la amalgama de silencios
infunde a nuestros cuerpos latitudes nuevas.

Surcamos en el vacío
la oscura sed de nuestra sangre
hacia las preguntas sin respuesta
del deseo, de la carne.

La noche, acolchada tarea de algún gato fantástico,
incendio de nubes,
concatenación de soliloquios,
alumbra farolas desechadas, soles mustios
que hiciera morir
la sola orden de nuestra Perséfone –querida
negrura,
ante la palidez argentina
de Selene, la bienamada-.

Plenos de lunas artificiales...



FRANCISCO J. LAURIÑO

miércoles, mayo 26, 2004

Otro poema de la colección blues/beat 1982-83 (Francisco J. Lauriño)

UNDERGROUND

UNDERGROUND

I

Ahora ya no sé nada. Un mundo subterráneo
nos rodea y nosotros aceptamos su consejo,
magna generación de los adoquines en el pelo
-largas melenas que algunos heredaron de
(la nostalgia-,
la capilar libertad casimiriana o los acordes
del rock duro o los recuerdos dulces del rockabilly
y la historia que cada día se cierra más sobre
(nosotros.

Hachís repartido en mil pedazos
como el pan de los judíos barbudos que,
según la leyenda, partió un semidiós.
Y la reyerta de los segundos, intranquilidad
(y fugacidad
de esos minutos preciosos que se escapan río
(abajo
sin haber fletado el barco que nos pueda
(llevar a nosotros.

Continuamos, continuaremos
ahogando nuestros defectos y sacrificando
(nuestras sonrisas
cada vez que el sol salga y se ponga y el alcohol
pueble las venas de quienes crean que la
(subsistencia
está en las manos de la incontención.


II

Reflexionar es cortar los flequillos de tu bufanda,
romper los achicharrados botones de tu cazadora.
Pensar, pensar, solo cuando la tristeza invada
noches, contar, contar las penas en magna
concupiscencia de arte doliente.

Las góndolas de mármol
seguirán surcando los arroyos de la historia
remando luna tras luna el pálido océano
de nuestros sueños,
desilusiones, fracasos, vitalidades.



FRANCISCO J. LAURIÑO (1982)

martes, mayo 25, 2004



ESTOY AQUÍ. Sobre mí
se agigantan las luces
produciendo en su compás
haces de sombras que se agrupan.


Cuento
días,
noches enteras,
poco a poco, el rosario de la historia
que transcurre.


El presente son cuatro cosas
que no tratas de decir.

Mientras tanto alguien escupirá en la calle.




FRANCISCO J. LAURIÑO

lunes, mayo 24, 2004

De una colección de blues y poesía beat, 1982-83 (FRANCISCO J. LAURIÑO)

POEMA DEL PASEO ETÍLICO NOCTURNO (de una colección de blues y poesía beat escrita en 1982/83 por FRANCISCO J. LAURIÑO)

POEMA DEL PASEO ETÍLICO NOCTURNO

Caminamos, avanzamos por las vías,
las mismas que hoy yacen olvidadas, sin tren que con ellas copule,
llegamos al cruce con el ferrocarril principal,
pero un poco antes, pudimos escuchar los sonidos,
músicas, palabras, desde la trasera del local de Fran,
donde hace pocos años se drogaban los primeros incendiarios de la brecha de nuestros sueños de hoy, donde fumaban y bebían todo el tiempo, donde escuchaban música y hablaban de los problemas con la pasma o de un doble cero que estaba para morirse;
después dejamos que las sombras de otro punto nos cubrieran y tragaran y allí nos detuvimos a mear, bajo las estrellas brillantes en un cielo raramente transparente, sintiendo el frescor del frío en toda su lozanía rastreándonos la cara, pensando con fuerza en sueños extraños y presintiendo sobre nosotros el techo de éteres y fantasías, permitiendo que la fabulosa noche beat americana cayera sobre nosotros con toda su fuerza, con su encanto especial y su pureza, mientras la luna menguante -o creciente, que no se sabía a ciencia cierta- se iba desbocando en su órbita borracha, pues eran las tres de la mañana.
Luego fumamos todo lo último que pudimos y afrontamos un vuelo semilargo.
Planeábamos largos viajes al oeste, al norte a veces, llegando incluso a pensar que en las carreteras y autopistas Kerouac había llegado a nosotros haciéndonos sentir aquella pureza de la noche que él tanto respiraba en la gran carretera que cruza América, bebiendo y fumando acostado en su saco de dormir, allí al lado, contemplando las mismas estrellas que nosotros contemplamos aquí.
Pero había que continuar siendo, aunque los sueños y los viajes no podrían morir,
eran nuestros paraísos, lo son aun, cuando vivimos en el tiempo de preguntarnos si somos quienes somos.


FRANCISCO J. LAURIÑO (1982)

viernes, mayo 21, 2004

Otro poema antiguo (de Francisco J. Lauriño)


HECHOS O PREGUNTAS,
Casimiro que sonríe,
paraguas que buscan eternas ausencias.

El tiempo se nos ha desbocado
y la luz consumida ya no va a regresar.

Sobre nuestras crisis, sí,
sabes que hoy la crítica hablará muy mal
de ti
y cualquier día
tus cenizas aparecerán en una esquina.

Sabes que
las escaleras
-de caracol, de oruga, de cucaracha-,
/las escaleras
treparán contigo, a por ti,
en busca
del tiempo,
perdido que decía Proust, y saltarás a la comba
y verás panochas de estrellas desgranadas contra
/el suelo
y tendrás en la memoria el recuerdo de mil besos
-de amor, de odio, de caracol-, mil besos
que sucumbirán contigo.

(1982)

jueves, mayo 20, 2004

El elefante

El elefante

17

El arma más terrible de la guerra del desprecio fue el elefante.
Porque entonces habían diseñado los ocupantes de la ciudad perseguir en los campos a las hordas asustadas de hombres que se arrastraban entre cielo y cielo.
Todos los animales del jardín zoológico fueron paralizados por la acción de mezclas químicas nunca antes vistas.
Y vivos aún abiertos sobre grandes mesas de disección vaciados de entrañas y de sangre que chorreó por hondos canales hacia el interior de la tierra donde apenas salía para ciertos baños de las prostitutas principales.
Transformados de este modo piel masa muscular y esqueleto fueron provistos los animales de poderosos mecanismos internos ligados a los huesos por circuitos electrónicos que no podían fallar.
Y estando todo esto en el cumplimiento de onda del ordenador central le fue introducido el programa de odio y la memoria de las humillaciones.
Entonces se abrieron las puertas de la ciudad y los animales salieron a destruir a los hombres.
No precisaban de dormir ni de comer y los hombres sí.
No precisaban de descanso y lo máximo que el hombre sabía era terror y fatiga.
Esa guerra fue llamada del desprecio porque ni siquiera la sangre luchaba contra la sangre.
Quedó dicho ya que el elefante era la máquina más terrible de aquella guerra.
Quien sabe tal vez porque había sido domesticado muchas veces y ridiculizado en los circos cuando hacía equilibrios con su estatura sobre una absurda bola o se levantaba de las patas traseras para saludar al público.
Mientras el mayor sabio de los ocupantes insiste en afirmar que ha de hacer reír el ordenador hipótesis que no sorprende teniendo en cuenta los hechos relatados.

lunes, mayo 17, 2004

"El Ciclo del Trece" (por Francisco J. Lauriño)


A la memoria de H.P. Lovecraft.


En la calle Fernán Laínez, próxima a la de Los Fueros, se yergue un caserón de piedra. La puerta, grande y mohosa, está coronada por un escudo, tallado en el frontispicio, que representa a un joven guerrero medieval sujetando con evidente esfuerzo una trampilla o pequeña puerta dibujada sobre una pared. El escudo permaneció oculto durante muchos años porque, aunque el caserón fue alzado a mediados del siglo XII y todavía se conservan las paredes maestras, sus propietarios posteriores fueron trastocando los muros con adornos y encalados y revoques que llegaron a cubrir por completo la fachada principal.

A principios del siglo XX un arquitecto catalán descubrió el caserón en un viaje a las profundidades de Castilla, la Vieja, y, adivinando piedras más nobles bajo los infames revestimientos, quiso dejar al descubierto lo que los dueños anteriores se habían afanado en ocultar.

El arquitecto no tuvo más remedio que averiguar el nombre y paradero del propietario, lo que no le fue nada difícil porque residía en una casa, también vieja y de piedra, justo al lado del atractivo monumento. Era un hombre hosco, alto pero encorvado, cetrino y lleno de arrugas que delataban el paso de los años. Al arquitecto, Pere Sants, le hizo entrar y acomodarse en un sillón, al lado del hogar que calentaba la gélida estancia. Era evidente que aquel hombre vivía solo, pero su posición era lo bastante holgada como para estar rodeado de curiosas antigüedades y objetos que bien pudieran hacer las veces de piezas de museo. Después de los saludos correspondientes Sants le habló con claridad y sin rodeos, presentándose como arquitecto y solicitando permiso para intentar pulir el afeitado caserón hasta dejarlo en su original estado.

-¡Ojalá no vaya usted más allá de la imagen que representa al guerrero! -le contestó-, pero el ciclo de los siglos es imparable y hace ya años que nuestra familia le esperaba…

La respuesta fue lógicamente interpretada por Sants como una aceptación de la petición efectuada, a pesar de las extrañas palabras que para ello había utilizado aquel solitario anciano, y que él supuso motivadas por la edad y quizás el poco trato con las gentes, que eran en aquel pueblo poco locuaces y bastante dadas al encierro hogareño, a juzgar por el hecho de que en dos horas de paseo por las calles -bien que invierno y tarde fría-, tan solo había acertado a ver dos perros y un jinete que pasó de largo, al galope, rechinando los cascos del caballo sobre el empedrado de las calles.

Sants le pidió al viejo un permiso por escrito para acometer las obras de limpieza y, a los pocos días, un par de peones ya trabajaban sobre la fachada. En poco tiempo el aspecto original del caserón le fue restituido y el escudo del frontispicio apareció mientras el propio Sants trabajaba sobre la puerta con febril incontención. Fue extraño que, al día siguiente del hecho, los dos peones no volvieran a la obra, aun sin haber percibido sus salarios, pero el arquitecto lo achacó a inconstancia o a la posibilidad de que hubieran encontrado un patrón más generoso. De todas maneras, el trabajo ya casi estaba concluido y él solo se bastaría para dar los oportunos retoques finales. Así, a la semana siguiente, el caserón lucía con toda su contundencia medieval, libre de añadidos ajenos a su factura original.

La presencia del caserón, hoy en día, es exactamente la que Sants descubrió, pero su puerta ha permanecido cerrada durante más de ochenta años, desde que el arquitecto enloqueciera en su interior.

El propietario falleció poco después de terminadas las obras y Sants se sorprendió mucho cuando, en su testamento, el viejo le legó el caserón con “todo su contenido” porque esa, según el abogado que, en Madrid se lo leyó, sería una forma de librar de él a su familia -ahora ya solo compuesta por parientes lejanos, residentes en América- que había estado sujeta a él desde fines de 1657, año en que el duque García Guzmán, antepasado del viejo, se había prendado del ya entonces antiguo edificio, y lo había adquirido a su propietario anterior.

- ¿Qué es eso de “librar de él” a la familia? -preguntó Sants.

- Verá usted: se dice que los tres propietarios del caserón, y los familiares que lo fueron heredando, a lo largo de más de casi ochocientos años de historia, han estado siempre sujetos al maleficio de la construcción. Sucesivas desgracias se cebaban sobre el pueblo, ellos enloquecían y sus parientes eran condenados a vivir en la más completa soledad, no se sabe muy bien porqué ni por quién, esperando a que un nuevo propietario viniera a liberarlos. El caso del viejo, encerrado en las salas de la casa contigua al caserón, parece probarlo. Pero yo de usted no haría demasiado caso a esas leyendas populares ni a los desvaríos de este pobre viejo, que seguramente le ha legado a usted su patrimonio por el interés de hombre culto que usted ha mostrado en él y por ausencia de parientes cercanos. Ya sabe, señor Sants, que en los pueblos las leyendas son algo habitual y ya conoce la tradición enorme que sobre tal existe en los pueblos de nuestra Castilla, la riqueza del Romancero, y todo eso…

- Cierto. Las leyendas populares enriquecen el patrimonio cultural. De todos modos, me alegro de que una de esas leyendas pese sobre el caserón, y más aún, de que haya sido el motivo por el que ha pasado a ser propiedad mía -fue la respuesta de Sants-. Bien, señor Méndez, no le entretengo más. Muchas gracias por todo.

- Vaya usted con Dios, y que lo disfrute.

Sants había centrado los trabajos de limpieza en el exterior. El interior le parecía mucho menos interesante porque las estancias habían cambiado de distribución con el paso del tiempo, o eso se le antojaba a él. El exterior tenía un magnetismo especial; había en él, implícita, una especie de llamada que iba directa a la conciencia.

Durante el tiempo de los trabajos el interior había sido objeto de una limpieza más o menos superficial y sólo una cosa era digna de su atención: la irregular disposición de las piedras en cierta zona del suelo, lo que indicaba, casi sin dudarlo, la posibilidad de existencia de un sótano. Se disponía a levantar el pavimento en ese lugar, ya finalizado el trabajo exterior, cuando le sorprendió el fallecimiento del anciano. Y ahora, que él mismo era el propietario legal, seguía teniendo completa libertad para actuar allí dentro. El horror que, después, se elevaría como fétido vapor envolviendo todo el pueblo, es cosa que todavía hoy se recuerda con recelo y, cuando de ello se trata, los habitantes del pequeño pueblo castellano cambian de tema y comentan con agilidad el último gol del Real Madrid o la corrida que, a las cinco de la tarde, contemplan por televisión mientras juegan un tute y se beben sus cafés.

El arquitecto consiguió levantar las losas que cubrían el suelo en aquella parte y se encontró, como ya esperaba, con el sótano. En realidad se trataba de un estrecho y húmedo pasadizo escalonado que descendía, entre un intenso olor a humedad, hacia un insondable abismo negro. Apasionado por esas circunstancias, se introdujo en el hueco, provisto de un candil, y comenzó a descender los gastados escalones de piedra. La escalera no era tan larga como la oscuridad le había hecho creer, pero después de los tres primeros peldaños un barrillo viscoso y color chocolate le obligó a tomar precauciones para evitar un peligroso resbalón. Descendió unos trece o catorce escalones y se encontró sobre un piso de tierra húmeda y negra, muy distinta de los arcillosos y resecos terronales castellanos, y creyó hallarse en otro mundo, rodeado por aquel olor, cada vez más intenso, que más parecía el de una mina abandonada en la ladera de cualquier monte del norte que el de un sótano de Castilla. Sants no era supersticioso; era agnóstico y los problemas del más allá resbalaban sobre su realidad como el agua sobre el aceite. Pero allí introducido, el corazón le dio un vuelco al sorprenderse pensando en Satanás y en peligros extraños. No obstante, la sensación duró solamente un momento y, enarbolando el candil, dirigió la luz hacia las paredes que le rodeaban. Eran también de tierra, de una tierra comprimida y mohosa, y la inspección le reveló que la oquedad no tendría más de dos metros de ancho por otros dos de alto; a lo largo, el hueco se perdía en las tinieblas.

Avanzó por el pasillo y, al cabo de varios metros, se encontró, de nuevo, con varios escalones idénticos a los bajados antes. Los contó y también resultaron ser trece (antes había creído que eran trece o catorce). La operación de recorrer pasillos y bajar escalones se repitió otras trece veces más; así, en total, Sants había descendido ciento sesenta y nueve escalones que, con el grado de inclinación y la altura que tenían, podrían significar un descenso de unos cien metros. Al final de cierto pasillo no encontró, como esperaba, una nueva escalera que le condujese a otro pasadizo, sino otra cosa que le llamó vivamente la atención.

El pasillo se cerraba con una pared también de tierra apisonada, pero en mitad de ella había una ventana cuadrada de cincuenta centímetros de lado, cerrada por una puerta de madera mohosa y carcomida. Aquella ventana y aquella puerta que a duras penas la cerraba representaban una realidad idéntica a la trampilla que se reproducía en el escudo del frontispicio. Y su existencia estalló en la mente del arquitecto como una bomba de fantásticas resonancias. ¿Qué secreto encerraría aquella ancestral ventana? Probablemente nada, un osario, una bodega, cualquier cripta abandonada siglos atrás, que, históricamente, tuviese relación con el original diseño del escudo. En todo caso, la curiosidad se apoderó de él y evitando el temor que quería producirle el recuerdo de las palabras del viejo propietario (“¡ojalá no vaya usted más allá de la imagen que representa al guerrero!”) tiró de la trampilla.

La madera podrida se deshizo con el tirón cayendo, hecha astillas, a sus pies. El olor a humedad se incrementó entonces y se transformó, paulatinamente, en algo más difícil de definir. Sants se asomó a la ventana e inmediatamente todo el pueblo pudo oír un grito sobrehumano que erizó los cabellos a los más firmes y decididos y valientes moradores de aquellas latitudes. Después solamente el silencio. Sants se retiró hacia atrás y sacó la cabeza del hueco. Su rostro era brillante, como metálico. Tenía la mirada perdida y se movía como un autómata a la luz del candil que había caído, sin apagarse, a su lado.

Aquella noche dos niños de pocos meses fueron degollados en sus cunas y varias personas más murieron en circunstancias muy extrañas; las expresiones de terror reflejadas en sus rostros hacían suponer el horrendo fin que su asesino les había suministrado. También la noche siguiente hubo víctimas. Así, hasta completar el número total y prescrito: trece. Trece muertes violentas que la justicia atribuyó a Pere Sants, arquitecto, que, poseído de un ataque de locura, había asesinado indiscriminadamente a personas inocentes en el añejo pueblo castellano de Vela del Encinar. Así lo escriben los diarios de la época, que llamaron al caso “los crímenes del arquitecto loco”.

Yo he ido a la calle de Fernán Laínez, en Vela del Encinar, porque mi tío, antes de morir en un manicomio de Tarragona, me pidió, con lágrimas en los ojos, que creyera en su inocencia, y me contó toda esta historia, revelándome, de paso, que aquellas muertes habían sido el sacrificio ritual que un espantoso verdugo procedente del pasado había realizado al haber quedado libre del oscuro habitáculo en que un guerrero, en la Edad Media, le había confinado.

Cuando descendí al oscuro averno descrito por mi tío, provisto de mi linterna a pilas, lo encontré todo tal como él me había dicho. Al final del pasillo cerré la trampilla, con una nueva puerta de madera -solo la madera lo puede contener- que previamente había mandado construir, y al hacerlo una fuerza extraña empujaba de ella, con brío, hacia fuera. Me he sentido, entonces, guerrero medieval y he sabido que allí dentro mora un demonio sanguinario, un degenerado descendiente de los Primigenios, que ya ocupaban la Tierra muchos milenios antes de que el hombre apareciera sobre ella, y que fueron desterrados, casi en su totalidad, a vagar por mundos exteriores a la espera de una nueva oportunidad que les permita volver. También he sabido, por la misma fuerza mental, que el caserón fue construido para evitar que los hombres se acerquen a la trampilla y puedan abrirla. Temporalmente, la influencia del mal que se encierra allí se transmite al caserón y éste, como un imán, atrae al viajero y, a veces, le obliga a llegar hasta la trampilla y abrirla. Esto ha sucedido al menos cuatro veces a lo largo de su historia. El ciclo de los siglos exige trece. Trece es su número, no me preguntéis por qué. Y yo ya sé que estoy condenado, de por vida, a la más completa soledad -yo y mis herederos-, a la espera del viajero que, pidiéndonos permiso, quiera adentrarse en el caserón y nos libere.

FRANCISCO J. LAURIÑO



sábado, mayo 15, 2004

Hoxe a brincadeira acabó no chao



Dentro de Lo demás es silencio (la vida y la obra de Eduardo Torres),
aparece recogido el relato titulado Decálogo del Escritor que figura en el índice en la Segunda Parte: Selectas de Eduardo Torres. En realidad son doce los mandamientos tratados. A pie de página se hace referencia a su publicación original en el número 404 de la revista Siempre! dentro del suplemento La Cultura en México y se recogen datos esclarecedores acerca del decálogo que debe tener en cuenta el escritor.

Todo esto lo leí en CUENTOS, FÁBULAS Y LO DE MÁS ES SILENCIO MONTERROSO editado en ALFAGUARA EN 1996


In Memoriam. Augusto Monterroso, escritor guatemalteco.

Verano del 66. El Japón

Verano del 66. El Japón

16
Con mi guitarra eléctrica esperaba cautivar al fotógrafo y sacar de cuadro al mocoso de Ulises que acababa de irrumpir aquel invierno en mi vida para joderme. Pero no lo conseguí. Hacía calor y mi abuela no tardó en volver a mi. Of course.



Podía haber sucedido a cualquier hora del día
Cuando debajo del sol la horda se deslizase sobre la rasa y dura planicie
O cuando la penumbra miserable hiciese desear una lenta disolución en el espacio.
Más fue de noche en la negrura angustiosa de la caverna allá donde sólo el ojo rojo de las brasas tenía pena de los hombres
Donde el dolor de los cuerpos humillados de gases de sudor de descargas de semen
Y donde interminables vigilias se resolvían en suicidios
Que de pronto un hombre descubrió que no sabía leer.
En vano recordaba las letras en vano las diseñaba el mismo en la memoria
Eran rasguños ciegos en la oscuridad de Marte Mercurio o Plutón o incluso la escritura del sistema planetario de Betelgeuse.
Nada que fuese humano y fraterno nada que tuviese el gusto común del pan y la sal.
Cuando el sol nació y la horda salió al aire libre y al mundo prisionero
El hombre se sentó en el suelo doblado como un feto.
Y prometió morir sin resistencia si la lepra que le nació durante la noche no fuese nunca descubierta por los compañeros que tal vez todavía supiesen leer.




viernes, mayo 14, 2004

AFORISMO



DESMADEJADA TÚ, SOBRE EL CRISTAL, BLANDIENDO
escupideras de oro que son lo único que nos queda
.


(Francisco J. Lauriño)

CARNE DE GALLINERO (Una fábula compuesta por Francisco J. Lauriño en un instante de lucidez)

CARNE DE GALLINERO (Una fábula compuesta por Francisco J. Lauriño en un instante de lucidez)


Llegaron los jíbaros y desataron la tontería. Era casi imposible que no nos diéramos cuenta, porque, entre otras cosas, alguien se dedicaba a freír sardinas salonas y el olor inconfundible se extendía por toda la calle. A los jíbaros siempre les habían gustado las sardinas salonas y ninguno de ellos habría renunciado jamás a su manjar favorito. Más aún, no habrían consentido que nadie se las arrebatara.

Pero no eran los jíbaros quienes nos importaban. Sabíamos que por propia definición no podrían con nosotros, ni lo iban a intentar siquiera. La preocupación mayor nos la ofrecían el Gran Devorador de Pollos de Corral y sus Secuaces Matineros; se dedicaban a deglutir tantos pollos como podían y luego le hacían sacrificios al dios de las tabernas sorbiendo ingentes cantidades de alcohol. Casi todos los días acababa sorprendiéndolos la madrugada y terminaban en casa del Gran Devorador desplumando y fagocitando alguna patosa ave de gallinero. Así que, como no queríamos caernos con todo el equipo, nosotros, avezados a una gastronomía mucho más completa, decidimos ignorarlos.

Sin embargo, Pitita, que tenía el día malo, decidió irse con ellos. Yo le advertí que podía caer en las redes del Gran Devorador y que corría el peligro de verse convertida en comedora de pollos a su vez. Pero no me hizo ningún caso. Puede que estuviera harta de mí. Y, además, ya no le gustaba mi fabada. Así que se fue y nosotros nos quedamos boquiabiertos cuando la descubrimos, al llegar la madrugada, sentada en una banqueta, acodada en la barra, bebiendo café y observando atentamente al Gran Devorador de Pollos. Cuando los dos se fueron a su casa ya lo di todo por perdido. Se estaba condenando, a menos que rebobinara y se diera cuenta.

Pasaron las semanas y ninguno de los dos salía del piso. El suministro de pollos para nuestra localidad menguaba de manera ostensible porque casi todos iban a parar a la morada de aquel elemento que, en vez de pelo -yo le vi un día asomado a la ventana-, estaba empezando a cosechar una estupenda capa plumífera. Incluso, al observarle con interés, se me había ocurrido pensar que le estaba creciendo una horrorosa, ridícula y escarlata cresta encima de la frente, justo entre las cejas.

Después de un par de meses de orgía polleril se recibió una llamada en el cuartel de los bomberos. Un vecino del Gran Devorador los alertaba de que el portal estaba lleno de plumas, de la vivienda salían plumas por todas las ventanas y el olor empezaba a ser insoportable. Incluso alguien los denunció por practicar ritos extraños en la tarde con aquellos animales que ningún daño les habían hecho.

Cuando los bomberos echaron la puerta abajo se encontraron con un panorama desolador. El Gran Devorador yacía en el suelo, con una enorme cresta colgándole sobre las narices, semiconsciente y cacareando. Pitita lloraba en un rincón y repetía sin cesar que no era culpa suya y que había intentado reanimarle, pero sin resultado. Un bombero le hizo la respiración artificial y se lo llevaron al hospital en una ambulancia.

A Pitita la admitimos de nuevo en el grupo, pero ella seguía sosteniendo que aunque no estaba del todo bien comer tanto pollo, había sido una experiencia maravillosa.

De los jíbaros nunca más se supo.



FRANCISCO J. LAURIÑO

jueves, mayo 13, 2004

De LA MELODÍA PROMETIDA




FLUYENTE EN MIERDA SILENTE
Baja vil como la nada
Escupiendo rumiando palabras
Ininteligibles pobres robustas soeces
En la hez callada de momentos iguales
El espacio y el todo
Materia
Espíritu
Sueño
Nada


(De La Melodía Prometida. Sonidos nacidos entre ruinas de un imperio)

FRANCISCO J. LAURIÑO

miércoles, mayo 12, 2004

Recuerdo de "ESTA NOCHE: La Cantante Melenuda"

ESTA NOCHE: La Cantante Melenuda.
CON UN POCO DE AYUDA DE MIS AMIGOS.
CADA COSA
TODOS
QUISIERA QUE TÚ
Y LA PRESENCIA DE LOS ÁRBOLES NEGROS
INQUIRIENDO PRETENCIOSOS
AL FIRMAMENTO.
EL REMANSO REFLEJO DE LOS FOCOS (DESTELLOS)
DERRAMA LA PAZ QUE NOS ESPERA
Y PENETRA
Y FORMAMOS CON ELLA UNA COMISURA
INDESCIFRABLE
COMO EL TOQUE DE LAS PIEDRAS.
LOS FUEGOS, LOS PECES
Y ESAS TRIPAS FORRADAS QUE TENEMOS AHÍ
REBOSANDO LAS MESAS, SALIÉNDOSE DE MADRE
A CADA INSTANTE.
ENTRE TANTO
AYUDADME A BEBER
ESTA TAZA DE CAFÉ QUE NO
ES
MI
SANGRE.

Un poema antiguo de Francisco J. Lauriño




Para Severino

I

CEREMONIAS DEL PAPEL,
sangre escrita en los ceniceros
con escuetas pavesas, de resignación no,
agrupamos sombras de actualidad ausente, solitaria.
No nos asustan los globos terráqueos,
ni las pompas de jabón, y a veces,
las pompas fúnebres nos producen risa,
y creemos que las naves histéricas del mar de sal
no saben volar por la vida y que el dios,
que todos han creado,
nos es ajeno y lejano
y se nos hace ajado en su esplendor marchito.

¿Cuántas veces
hemos surcado
mares de gaviotas imposibles
sarcasmos
de felicidades opalinas
que cristalizaron
en errores
de amorfía?
¡Cuántas
veces, sed en la sed, por la sed, o sin la sed,
hemos
cantado en solitario
baladas o himnos
gérmenes
de brujas escrupulosas y enlutadas!


II

Rema.
Rema.
Rema.
Nuestro gondolero rema y queremos
creer
que rema. Y rema. Cuando a la tarde,
frialdad que rezuma mataderos de cobre y de
/metal,
lo pensamos todo perdido;
cuando a la tarde nos invaden
frustración o cordura
herramientas de aniquilación,
a
la
tarde, digo,
rema el gondolero golondrinero
y con sonreimientos de dientes argentinos,
pedaleamos nuestro misterio
remando
otra vez
las góndolas
de mármol.


(1983)

FRANCISCO J. LAURIÑO

Barlovento


15

Todos los vientos del mundo caben en una caja y sin embargo el mundo entero es incapaz de contenerlos.



Pero no debemos olvidar el mar que es el principio y el fin de todas las cosas
Es cierto que en los días de 1993 pocas personas todavía serán capaces de imaginar los primeros tiempos del mundo
Cuando ningún animal recorría la tierra o volaba sobre ella
Cuando nada que mereciese el nombre de planta rompía el suelo inestable
Entonces la enorme caldera del mar elaboraba la alquimia de la piedra filosofal que todo lo convertía en vida y alguna cosa en oro
También por aquellos días de 1993 el futuro más allá del futuro
Parecía imposible.
Cuando el mar cubra los continentes gastados y la tierra relumbre
En el espacio como un espejo helado.
Y otra vez ninguna planta a no ser las algas marinas ningún animal
A no ser los más pesados y ya moribundos peces.
Ahora los hombres apenas buscan el mar para lamentarse
Delante de la gran voz de las olas.
Y puestos de hinojos en línea con los brazos abiertos
Recibiendo en el rostro el azote del viento y de la espuma
Gritan ensordecidos por el estrépito de la miseria extrema
Que por ahora los dispersa por la tierra.
Y cuando al fin se callan asombrados por el pavor que son capaces
De soportar.
El mar súbitamente se aquieta y un lento murmullo de un lado y otro reconsidera los hechos
Que ciertamente no excluyen una mar renovada y un coraje a la medida del tiempo que pasó desde la primera de todas las muertes.
Sin lo que no sería posible juntarse otra vez los hombres y subir el acantilado camino de la tierra ocupada.



martes, mayo 11, 2004

EL BAR (Una escena incompleta, por Francisco J. Lauriño)


A Pablo Antón Marín Estrada

Eran las siete de la tarde. Hacía algo de frío y ya no estaba el tiempo para pasear. Había que inventarse algo para pasar el resto de la tarde. Pocos inventos cabían en aquellos tiempos grises e indeterminados. Estaba empezando a oscurecer y no procedían remilgos extraños. Estaba obligado a ver fenecer la tarde en cualquier bar.

Así que entré. Empujé la vieja puerta y entré. El bar era alargado. Parecía una galería, un corredor largo, estrecho y lleno de botellas. La barra lo recorría todo y daba la sensación de no acabarse nunca. El camarero era bajete y gordo. Tenía la cara comida por la viruela y gastaba gafas gruesas y verdosas. Tenía los ojos pequeños y barba de dos días. No daba confianza. Me entró cierto respeto.

A la derecha del corredor estaba la barra. A la izquierda una línea insegura de vetustas mesas no invitaba a sentarse en el frío que se sentía.

Dije “amén” entredientes y, pese a todo, me senté donde nadie me había invitado. El feo camarero gordo y gafudo se acercó a mí.

Al principio pensé que era homosexual. Y que quería invitarme al sexo, hacérselo conmigo. Pero creo que me equivoqué. No sé si sería homosexual, pero estaba claro que, aunque lo fuese, no quería hacérselo conmigo.

- ¿Qué va ser?

- Chupito “Ballentines” con una piedra yelo.

- ¿En vaso tubo?

- En vaso tubo.

Me lo trajo enseguida y le di un buen trago después de agitarlo un poquitín para que el yelo se derritiese. Estaba bueno el “Ballentines”. Escocés que se puede beber. No me desagrada. Había estado tentado de pedir coñá, pero me dio corte. Es cosa de paisanos, no de melenudos como yo.

Encendí un “Lucky” y le pegué una buena calada. La máquina marcaba 260 y le había metido 300. Me dio el paquete y me devolvió 25. Es decir, me había cobrado 275, luego era una mentirosa. La odié.

No había nadie, al entrar, en el bar.

A los pocos minutos entraron cuatro tíos fornidos y feos como ellos solos. Eran morenos y conocían al gordo de la barra. Parecían no tener perjuicios ni prejuicios. Y yo, casi, ni me fijé en ellos.

Pasaron los minutos y mi whisky se acababa.

Pedí el segundo y el gordito de la barra me lo sirvió con una sonrisa burlona. ¿Qué coño le pasaría? No acertaría a darme cuenta hasta mucho después.

Bebí con gusto. El escocés entraba bien y se dejaba beber, fresco, con aquella piedra de yelo que, en realidad, era mucho mayor de lo que yo habría deseado.

Luego entraron unos con aspecto de macarras.

Pidieron fuego para encender los tres puros que llevaban. El de la barra se lo facilitó de inmediato. Se puso serio. Eran clientes habituales, y le dominaban bastante.

Los minutos iban pasando. Cada vez había más gente, una gente extraña, que parecía de un mundo extraño, de un mundo que no era el mío. De un tiempo por venir, de un futuro imperfecto, quizás de subjuntivo.
Haría un par de horas que había llegado y ya me abstraía en mi cuarto o quinto whisky. Hasta que me di cuenta.

Tenían sus vasos de tubo mediados, llenos, semivacíos. Se relamían al gusto del brebaje. Les gustaba, estaba claro.

Pero había algo que no encajaba bien:

Todos los vasos estaban llenos de agua. De agua mineral. Con gas.


FRANCISCO J. LAURIÑO

lunes, mayo 10, 2004

SU CRIMEN (Un relato de Francisco J. Lauriño)


Catalina subió la persiana y miró al mar. Las olas se rompían en espuma y la playa estaba vacía, pero llena de luz. Una claridad amarilla y azulada conformaba el horizonte. Respiró con fuerza, como queriendo absorber la mañana en sus pulmones, y se rascó el sobaco derecho bostezando después. Aquel hombre que reposaba en la cama estaba muerto y, probablemente, ella no podría justificarse, ni justificarle. Se había pasado toda la noche al pie del cadáver, conjeturando qué hacer, pensando en la zozobra del siguiente día, que ahora mismo comenzaba. Ni antes ni ahora tenía ideas claras, aunque sí sabía que era una situación temporal que habría de resolverse sin dilación.

Catalina ejercía la prostitución en un bar de carretera. El sexo no le producía escrúpulos, pero no la ejercía por eso. Había que tener dinero porque las mujeres como ella, de buen ver y saber discreto, necesitan alimento físico y alimento para la vanidad personal.

El septuagenario había llegado al bar hacia las nueve de la noche, escapado quién sabe de qué manos autoritarias. Él solo quería un poco de juventud. Sus arrugas y su carga de años no le harían olvidar la pulcritud de sus sueños más antiguos. Y si entonces hubiera llegado a conocer las circunstancias de su cercana muerte se habría alegrado enormemente. Los diez minutos que pudo yacer con Catalina fueron para él la evidencia de su ya arraigada poquedumbre. Se notó caduco, falto de todo. Y también constató que esa juventud era imposible de retener y que volaba cada vez más lejos de sus huesos quemados, de sus músculos marchitos.

Ciego de pasión e impotente con su vejez a cuestas, fue precisamente el músculo más vital el que más marchito se vino a manifestar, y cuando su pene, poco a poco blandamente hinchado, se introdujo por fin en la vellosa vagina de la dama de pago, falló y la fibrilación ventricular se transformó en el paro cardíaco que le costó la vida.

Catalina se sacó de los pliegues de la vulva aquel órgano rosado y viejo que ya no iba a palpitar jamás y no supo qué hacer. Se lavó, como para quitarse del cuerpo el miasma de difunto, fumó muchos cigarrillos y se bebió media botella de whisky, pero no se atrevió a abrir la puerta del cuarto y bajar a la salita oscura y llena de humo que hacía las veces de bar.

Ella sabía que su presencia en aquella muerte era, por necesidad, fortuita, pero un más allá de las cosas y un alter ego poco conocido querían hacerla medianamente culpable. Habían pasado ya muchos hombres por su cama de pago. Y muchos también serían los que, a diario, pasaban por camas como aquella, en compañía de las que ejercían su misma profesión. Pero tocarle a ella la china, ¡joder, qué dificultad! Se había quedado sin uñas a fuerza de morder. Y cuando miraba a la cara del hombre se le ponía un escalofrío veloz espina dorsal arriba. Parecía dormido, pero los labios estaban demasiado apretados y un poco lívidos. Después de salir el sol decidió taparle el rostro y ponerse a tararear una canción. Era cosa de minutos, de horas quizás, que Manolo, el camarero, subiese a ver si todo había ido bien, después de una sesión tan prolongada. Temía ese instante y lo ansiaba a la vez. Pero sus manos no podían dejar de moverse y estaba empezando a sudar.

*** *** ***

El juez los condenó, a ella, al propietario y al camarero, a cuatro años de cárcel por ejercer la prostitución. Su abogado iba a recurrir. Pero para ella, que nunca había habido justicia, ni tampoco oportunidades para dedicarse a otra cosa, para ella que solo quería vivir y dejar vivir a los demás, para ella, carne espumosa de hombres sedientos a las tantas de la noche, lejana de formalismos, para ella la sociedad y sus leyes habían diseñado el fatídico sueño que habría de venir después.

Al salir de la Audiencia se preguntó qué había hecho, cuál era su crimen y porqué no condenaban al muerto que, al fin y al cabo, era el culpable de todo.

Y, pensando así, se dejó llevar calle abajo, y quiso morir, pero tampoco fue capaz.

FRANCISCO J. LAURIÑO


domingo, mayo 09, 2004

Aire Muerto


Incesante búsqueda de palabras
Que enmudezcan mis gritos callados
Que asesinen mi desesperada agonía
Que rumien la rabia que retuerce mis dedos

Incesante búsqueda de respuestas
Que me alimenten de tiempo
Que no asfixien mi aliento
Que no marchiten mi cerebro

No quedan palabras ya, sino en los tulipanes muertos
No quedan respuestas ya, sino en el aire seco.

Teresa Martín


Rosa de los vientos


14
No hay poética posible en la destrucción y el caos.



En los cuatro puntos cardinales los vigías defienden el sueño cansado de la tribu o rebaño de gente que vaga por los campos
Un hombre al norte una mujer al sur otro hombre a oriente y a occidente la segunda mujer
Están sentados de piernas cruzadas atentos a todas las sombras y gritan cuando hay peligro
Pero porque los perseguidores odian atacar en la oscuridad la noche discurre muchas veces en una calma apenas fría
Al amanecer la tribu revive y se divide en cuatro grupos conforme a los puntos cardinales y va a agradecer a los vigías la vida conservada
Después el hombre del norte y la mujer del sur el hombre del oriente y la mujer del occidente juntan los sexos porque así fue decidido que debería suceder todas las mañanas
Mientras dura la unión cantan alrededor la única canción feliz que no olvidaron
El sol se levanta sobre los cuatro cuerpos desnudos que son la esperanza inconsciente de la tribu
Entre tanto se enciende la primera hoguera y el humo azul de la leña sube para el cielo


viernes, mayo 07, 2004

POESÍA, por Francisco J. Lauriño




AMISTAD DE BIBLIOTECA

Y ya solo son papeles
con letras en tu mundo
pensando que otro día
tu afición guiabas por caminos serenos.
Fueron paz, fueron rabia, tormento,
alegría,
esperanza,
compañía fiel cuando estuviste solo;
y con tu luz y con ellos
llenabas las noches murmurantes de neblina y de posguerra.
Cuando amor necesitaste amor te dieron
y tú los mimabas con esas atenciones
que pocas veces en la vida se dispensan;
compenetrándoos, correspondiéndoos de veras
en el ritual perenne
del contacto entre tus ojos y sus hojas.
Nada les debes tú y nada te deben,
estaréis en paz eternamente
porque quien ama como tú y como ellos
se contenta, hombre siempre,
en los momentáneos contactos de la mutua compañía.
Y recíprocamente agradecidos
todavía os besáis cada noche,
a pesar de la vista cansada por los años,
a pesar del nuevo olor y de la tipografía nueva.
Y, sí, todavía, todavía son papeles, viejo,
papeles con letras en tu mundo
quienes contigo acaban completando
el cuadro lector que tu propia vida ha sido.


(Este poema está dedicado a un anciano, ya casi sin vista, a quien ayudaban a elegir un libro en la biblioteca pública.)

FRANCISCO J. LAURIÑO

jueves, mayo 06, 2004

EL CRÁNEO PARTIDO (Un relato semirrealista de FRANCISCO J. LAURIÑO)


EL CRÁNEO PARTIDO


El albañil bajó del andamio y, con la vista turbia, se detuvo ante el encargado. Los dos hombres, altos y fornidos, se conocían desde el comienzo de las obras, meses atrás, y la simpatía mutua que sintieron el primer día fue apagándose hasta convertirse en una especie de odio sordo y callado. Pero se sentían mal, como si nada de lo que pasase fuera ajeno a su particular relación de hombres enemistados. El encargado miró a su subordinado con los ojos chispeantes, pero no exentos de un hálito de piedad. No era el odio tan fuerte como para no sentir un no sé qué de compasivo por lo que podrían haberse denominado las desgracias de los otros.

- Sé que no nos queremos bien, Arturo. Así que no te voy a hablar más de lo necesario. No creo que nuestra malquerencia sea culpa de ninguno de los dos. Pero la vida es así. Lo pasado, pasado está.

- Sí. Pero pasado y todo el que se jode, que se joda. No, Anselmo, yo no perdono. Ni, por otra parte, tendría que perdonar. Simplemente no quiero verte más de lo necesario. Entre dos hombres como nosotros queda todo dicho. Relación profesional y nada más. Si te parece.

- Me parece. Me parece. Pero quiero que sepas que no obré de mala fe: yo no sabía nada.

- Yo sí que no sé nada. Solo conozco hechos y a ellos limito mi parecer. Mi odio por ti no se parece a lo que tú sientes por mí. Tiene que ser distinto. El agraviado soy yo.

- Sí. Eso parece. Pero yo tampoco me siento bien y creo que tú no actuaste correctamente.

- Actuaciones correctas... Tú me lo vas a decir. Mira: prefiero que callemos. Que no discutamos ni hablemos más. Tú lo dijiste primero, y estoy de acuerdo. Mándame subir al andamio y llevar la carretilla. Mándame cargar la arena o tirar de la pala, pero nada más. No tenemos nada más de qué hablar. Adiós, Anselmo.

- Adiós, Arturo.

*** *** ***

La zanja estaba casi acabada. Los tres hombres que, con el torso desnudo, sudando a mares, estaban saliendo de ella para echar un trago del botijo, tenían la mirada perdida en su propio cansancio. Pero la labor finalizada era una satisfacción para todos. Y el encargado compartía su complacencia. Porque Anselmo era un capataz entendido y que discutía con todo el mundo: aparejadores, obreros, jefes..., con quien quiera que hiciese falta. Además, les exigía a sus hombres lo mismo que daba él: ser trabajadores hasta la extenuación, pero también honrados en la labor. Había tenido más de un disgusto, tanto con sus jefes, que no acababan de decidirse a prescindir de él por su condición de excelente trabajador, como con sus subordinados, que le tenían por un tirano. Con su fama había ido tirando varios años y saliéndose con la suya casi siempre.

Empinaron el botijo y refrescaron las gargantas. El polvo era denso, tupido, y se posaba en la piel mezclándose con el sudor. Los hombres estaban cubiertos por una especie de barrillo pegajoso que se iba evaporando con la canícula leonesa. Ya faltaba poco para que el edificio y la urbanización de los terrenos colindantes estuvieran terminados. Llevaban un par de semanas de adelanto sobre el plazo previsto, y en esto tenía Anselmo su parte de responsabilidad. La excavadora, por ejemplo, ya no hacía falta: gracias a la premura del encargado, el empresario iba a ahorrarse dos o tres días del alquiler de la máquina, y el palista se quedaría al paro también unos días antes.

*** *** ***

Los tres hombres miraron a Anselmo a los ojos. No dijeron nada. Se encaminaron hacia él. No había nadie más en el tajo.

Ninguno de los tres hombres conocía de nada a Arturo. Le habían visto un par de veces subido en el andamio y se saludaban todos los días al llegar, pero hasta ahí habían llegado sus palabras mutuas. Por eso nada hacía sospechar que la decisión tomada tuviera algo que ver con la malquerencia de Arturo y Anselmo.

Federico sujetó a Anselmo mientras Eustaquio le propinaba una patada en los genitales. Federico no le permitió doblarse tras el doloroso impacto. Otras diez o doce patadas acabaron por hacer perder el conocimiento al encargado. Entre Federico y Ruiz se encargaron de rematarlo, cuando estaba en el suelo, asestándole un par de golpes secos con el pico.

El cráneo de Anselmo se partió en dos como una sandía y el polvo del suelo empezó a chupar la sangre.

Se miraron entre sí y se dirigieron a la caseta. Se vistieron y salieron otra vez.

Antes de irse, Eustaquio se volvió y miró hacia el cadáver. Escupió en su dirección y, entonces, los tres se transformaron en cuervos y echaron a volar.

*** *** ***

El tribunal condenó a Arturo a cadena perpetua por homicidio. El hecho de que Anselmo hubiera seducido a su esposa, eso sí, sin saber quién era, resultó una atenuante que le libró de la pena capital.

FRANCISCO J. LAURIÑO


ACTIVIDADES DE CAUCE DEL NALÓN


1) Continuando con su programación cultural, y haciendo hincapié en uno de los aspectos que de mayor interés considera nuestra Asociación, es decir, la conservación del patrimonio histórico industrial (unido en este caso a otra de las actividades señeras, cual es la de la presentación de libros), este viernes, día 7 de mayo, a las 20:00 horas, se llevará a cabo la presentación del libro El conjunto industrial minero de Solvay-Lieres, seguido de coloquio. Será en la casa de la cultura de La Felguera e intervendrán sus autores, Faustino Suárez Antuña y Oscar Caso Roiz; además, el prologuista, Aladino Fernández García y un portavoz de la Unión Vecinal de Lieres. El acto será presentado por Ramón Felgueroso.

2) Os informamos, asimismo, que el sábado, día 15 de mayo, nos iremos de excursión a Cangas del Narcea. Se inscribe este viaje en el ciclo de salidas culturales y gastronómicas de CAUCE DEL NALÓN. El autobús iniciará su recorrido a las 8:00 en Gijón (Pryca a las 8:20, Oviedo a las 8:30, La Felguera a las 8:50 y Sama a las 9:00), pudiendo inscribirse quienes así lo deseen hasta el día 13 de mayo.
La excursión constará de dos partes, divididas por el almuerzo (gastronomía local) en el restaurante “La Calzada”, de Cangas. A saber: por la mañana visita al Monasterio de San Juan Bautista de Corias (iglesia del siglo XVII y claustro procesional), seguida de visita a la bodega que la marca Pinord sustenta en la localidad. Contaremos con guía y enólogo. Por la tarde efectuaremos un recorrido turístico por la villa de Cangas del Narcea, también asistidos por guía especializado.

3) Aunque por el medio habrá más actividades, de las que daremos cuenta oportunamente, avanzamos la excursión que los días 5 y 6 de junio haremos a Segovia (incluyendo visita a la Granja de San Ildefonso). La fecha límite para apuntarse es el 25 de mayo. Interesados, llamar al 985652230 (Longinos) o al 662017729 (Kiko).



lunes, mayo 03, 2004

Rumores del Este


13
Cielos limpiamente arrastrados
por los vientos.
Coches que se arremolinan
en los cruces. Un cautivo
espera a la hora señalada,
en el lugar indicado.
Una bolsa de papel
rebota sobre el piso alquitranado.
Murmullos de gente sentada.
Brisas en las casas, arboledas
entrechocando sus ramas.
Fragmentos de música electíficada
zigzaguean entre los edificios.
Llegan rumores del Este
que despejan la noche
y apuntan de nuevo en las esquinas
el aire gélido del porvenir.




Todo el sistema penitenciario fue reformado por el ocupante incluyendo los propios edificios
Se acabaron los calabozos subterráneos las mazmorras las celdas oscuras las empalizadas los muros altos los espigones de hierro
En el lugar de los antiguos penales se construyeron edificios de seis pisos todos de vidrio transparente
Los únicos elementos opacos son los jergones y las cerraduras de las puertas
Cada prisión tiene centenas de celdas de forma hexagonal como cubículo de colmena
Todo aquello que un preso hace lo tiene que hacer a la vista de los otros presos de los guardias y de la ciudad sin espectáculos públicos
En la más importante ocupación que es la de pensar nadie repara
Más consonante con los gustos no faltan espectadores para los actos de comer defecar masturbar con perdón de ojos delicados
O para las sesiones de interrogatorio y de tortura que se practican a la luz del día
Como prueba de que el nuevo sistema penitenciario acepta la observación libre y se ofrece al testimonio general las paredes sólo se vuelven opacas cuando todos los presos duermen y no hay nada más que ver